Azules papos búlgaros. El camino amarillo del jazz

El Imperio Austro-Húngaro, el Mago de Oz y Elton John con Carl Perkins y Elvis Presley, toman por asalto mi cabeza- diríamos bajo el cerro de la Bufa: “se me reborujan”- mientras en la Sofía del cuarto día pienso en mis doloridos pies. Difícil caminar esta noche al Teatro de la Armada Búlgara si las condiciones de calzado son las mismas. Pero tú te lo tienes -ya oigo la voz de mi prenda amada reprendiéndome- por entregarte a esos cacles Medura o Ten-Pak de ocasión y llevarlos puestos como si enchílame la otra se pudiera en la Europa del Este así nomás.

Todo octubre es mi cumpleaños

¡Tómala!, respondo y cojo al toro por los cuernos al pasar arrastrando la cobija frente a esa tienda expende borceguíes “za obuvki”. Todo octubre sigue siendo mi cumpleaños -me digo con el tono de quien se recomienda a sí mismo un libro de autoayuda– y además, según entiendo el letrero, hay descuento y el leva (moneda local que quiere decir león y equivale a cien “stotinki” es mucho menos doloroso de gastar que el inchi euro irredento.

Festival de Jazz de Sofía. Foto: Alain Derbez

Pero, voy por partes: el Teatro de la Armada Búlgara está en el centro de Sofía y esta noche de viernes abre ahí el Festival de Jazz local un trío dirigido por el pianista israelí Yaron Gottfried (¿si Emerson, Lake & Palmer lo hicieron con el rock progresivo, porque este exponente de la síncopa de Jerusalén no iba a llevar los Cuadros de una exposición de Modesto Moussorgsky –la orquestación es de Ravel- al arreglado jazz?)

La dupla de zapatos negros que me ha acompañado desde hace tiempo en suelo mexicano no había dado muestras de añorante flaqueza ni mucho menos de baratura sino hasta hace un par de días en que, regresando de la catedral de Alexander Nevski (supongo que tanto icono que me recuerda a un monje que cayó años ha por mi zacatecano cantón, tuvo que ver), ampollas me sacaron como lágrimas al Jamaicón Villegas hace décadas en Wembley. ¡Ay!, dije y recordé la palabra sanguaza para olvidarla en el acto y limpiar lo reventado.

Por el camino amarillo

Elton John publicó precisamente un día como hoy, 5 de octubre, pero en 1973, el disco Goodbye Yellow Brick Road para que fuera su álbum más vendido si es que treinta millones de copias puede considerarse un “buenas ventas” (nótese que ando hablando como si me tradujeran en Anagrama).

El festival que abre hoy y en el que seguirá un grupo holandés con la intervención también de un par de exponentes del jazz local, se llama en inglés precisamente “el de las Piedras Amarillas” y ahí es donde entra el imperio austro-húngaro al asunto.

Viéndolo bien Elton John en la letra de su canción no se refiere demasiado a los personajes que escribió Frank Baum (quien por cierto nació en un lugar de Nueva York que podría haber sido por el nombre mexicano o guatemalteco: Chittenango). ¿Acaso se oye el nombre de Dorothy, el del mago de las engañifas, o el del león, el espantapájaros, el hombre de latón o alguna referencia a las brujas del Este o del Oeste y mucho menos a Toto, el diminuto can que lo dispara todo con su impertinente huida ante el tornado? ¿O sí, Sir Elton? ¿Será que al británico de las mil gafas y otros tantas cachuchas habrá que leerlo entre líneas? Anoche, por cierto, toqué una versión de “Over the Rainbow”, pero eso es otro ingrediente en la mental coctelera que puede quedar en reposo por ahora).

Procrastinar y los misterios de la creación

Apunto de una vez que en Sofía hay mucho perro enano. Sólo he visto uno o dos ejemplares callejeros de tamaño respetable. En el piso tres del edificio que habito temporalmente se oye el agudo ladrido clásico de un exponente de esas razas diminutas sólo cuando te aproximas demasiado enfrente de la puerta. Alguien comentó que el perro no existe en realidad sino que se trata de un adminículo puesto ahí por la tecnología. No lo creí. ¿Qué fin tendría? Tampoco lo tiene acercarse a donde ladra el animal virtual o no.

Paso ahora en mi desconcentración que busca hallar respiro con Budapest y con el Kaiser: quien haya venido a Sofía sabrá que el centro luce en el pavimento unas baldosas amarillas que fueron obsequiadas años ha por el imperio Austro-Húngaro a la entonces joven capital búlgara. Con sietemil años de historia no fue sino hasta el 3 de abril de 1878 cuando así se nombró a esta ciudad. Por las sufrientes baldosas que me parecen hepatíticas en ese instante voy a media mañana para llegar al Museo Arqueológico que me permitirá hallar de la prehistoria y de Tracia y Grecia y Roma y Bizancio varias piezas antiguas y luego cantidad de iconos de aquí y de allá recogidos (y el monje aquel vuelve a la historia con su acento francés regiomontano).

El Ángel Mocho. Foto: Alain Derbez

¿Te has dado cuenta -me pregunto mientras descanso frente a un ángel mocho- que a pesar de los cinco siglos de presencia otomana acá nomás no hay mucho? ¿Por qué? Claro- me respondo- el mismísimo edificio en el que estás fue una mezquita construida un par de años después de que Cristóbal Colón se pensara en el Nuevo Mundo. Pienso, miro, procrastino…

Los papos búlgaros. Foto: Alain Derbez

Me pongo de pie como corresponde a quien el tiempo quiere y tiene que aprovechar como reza el manual del buen turista. Mis cacles y epidermis me hacen saber que no es recomendable. Ahí emprendo entonces el camino de vuelta, largo, sinuoso camino de vuelta por baldosas amarillas y de colores que el dolor no me deja saber. Camino como si gallo gallina jugara por calles de Sofía…¡Y de pronto! ¿Cómo es que llegué a esta zapatería? Los misterios de la creación son insondables.

¡Esos!, digo señalando el primer zapato acompañado que me muestran. Y por arte de magia entran como el cuerno de Islero en Manolete (sigo con frases taurinas). ¡Los zapatos eran para usted desde el principio!, quiero imaginar que está diciendo en búlgaro la vendedora con sabio don de ventas… Me miro al espejo. Pago. Camino. Vuelo. Mis pies están enfundados- y ahí viene Carl Perkins junto con Presley cantándola- mi referencia a los zapatos de ante azul. ¡Qué diferencia sustancial! ¡Qué sustancial diferencia! A León, a Naolinco, sumo a Sofía como capital mundial del mero papo. Tomo, para celebrar, una cerveza.

Esta noche que vuelva al Delta tocaré un blues más cercano a Robben Ford, a Robert Cray, supuse. No. No fue así. La velada arrancó con Cream, prosiguió con Stevie Ray Vaughn y John Lee Hooker y no bajó de intensidad ni decibeles. Tengo nuevos amigos y también nuevos zapatos. Tengo nuevos zapatos, mis amigos. Con ellos viajo y viajaré de ahora en adelante.

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por Alain Derbez@Alain_Derbez

Una tarde en Sofía. Foto: Alain Derbez

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