#BallenasBlancas. “No evolucionamos por combate”: Lynn Margulis

“No me parece que mis ideas sean controvertidas. Me parece que son correctas”, sentenció Lynn Margulis en una de sus entrevistas más conocidas, con una sonrisa divertida y sacando chispas por los ojos verdes. El entrevistador, como tantos antes y después, quedó perplejo ante la seguridad de la investigadora y divulgadora de la ciencia.

No es que Lynn pecara de excesiva confianza en sí misma. Tenía la razón, y lo sabía.

Endosimbiosis: el principio de todo

Quizás deberíamos empezar por el principio. Hace mucho, mucho tiempo, las únicas formas de vida sobre la Tierra eran las bacterias, y estos organismos tenían un problema: las bacterias que comían bien se volvían tan pesadas que sólo podían desplazarse lentamente, mientras que las nadadoras más rápidas pasaban hambre. Esto no era tan malo, porque impedía que se comieran unas a las otras, y la saludable competencia entre ellas permitía que ambos grupos pervivieran sin agotar los recursos disponibles. Hasta que un día, una bacteria grande y gorda se comió a una bacteria flaquita y veloz, pero no la digirió. Ambas se fusionaron. La bacteria veloz se convirtió en una mantenida que ya no pasaría más hambre y la bacteria gorda ahora tenía un medio de propulsión. 1500 millones de años después, este pacto simbiótico habría evolucionado hasta llegar a ser una célula con núcleo, la primera célula eucariótica a partir de la que se desarrollarían todos los hongos, las plantas y los animales. La descripción de este proceso, la endosimbiosis, fue lo que le trajo a Lynn Margulis el primer reconocimiento como la destacada científica que fue. Y también las primeras enemistades.

Había pocas cosas que le gustaran tanto a Lynn como discutir sobre ciencia, en especial con los científicos hombres neo-darwinistas que tomaban como afrenta personal el hecho de que una mujer estuviera revolucionando las teorías que ellos habían propuesto y defendido por años. Lynn era imposible de vencer: su tozudez recalcitrante, su inmensa elocuencia y pasión, aunadas al conocimiento enciclopédico que tenía sobre química, ecología, evolución, biología celular, microbiología y geología, la hacían imbatible. Los científicos neo-darwinistas la tachaban de ridícula porque Lynn interpretó los postulados de Darwin fuera de la noción (muy alimentada por la masculinidad tóxica) de que la evolución estaba basada en la competencia entre organismos. “No evolucionamos por combate, sino a través de la cooperación”, insistió Lynn a pesar de las descalificaciones de sus colegas, “y estas alianzas pueden devenir en saltos evolutivos enormes. Los organismos mejor adaptados de los que hablaba Darwin son los que logran hacer las mejores alianzas, no los que destruyen a los demás”.

Gaia: la tierra viviente

Hay hombres que no soportan escuchar que los humanos, y por ende ellos mismos, no somos más que dispositivos tecnológicos inventados por antiguas comunidades de bacterias como medio de supervivencia genética. O que se dan demasiada importancia cuando piensan que los humanos somos capaces de destruir la vida sobre la Tierra. La vida es un verbo, “una perra vieja”, en palabras de Margulis, que seguirá conjugándose mucho después de que nos hayamos destruido a nosotros mismos.

La mayoría de nosotros probablemente identifique al término Gaia como un lugar común medio hippie, pero nació como un concepto científico propuesto por Lynn y James Lovelock, su colega por muchos años. Ambos propusieron que los gases de la atmósfera terrestres son contínuamente modulados, afectados y producidos por la vida microbiótica. Todas las formas de vida sobre la Tierra están interrelacionadas, por lo que la vida en su totalidad funciona como un ente autorregulado. La Tierra, en el sentido biológico, tiene un cuerpo mantenido por procesos fisiológicos complejos. La vida es un fenómeno planetario y la Tierra ha estado viva al menos 3 mil millones de años. Lynn y Lovelock llamaron Gaia a la tierra viviente, el sistema que comprende más de diez millones de especies vivas conectadas para formar un cuerpo incesantemente activo. Gaia se referiría entonces a la propiedad de interacción entre los organismos, el planeta esférico sobre en que residen y la fuente de energía que es el Sol.

Los ciclos del mundo natural

Para Lynn todo el conocimiento, como el mundo que percibía, estaba interrelacionado. Escribió artículos y conferencias tanto las espiroquetas que provocaron el deterioro en la salud mental de Nietzche, como de los microorganismos que pululaban en el lago donde ella nadó diariamente hasta el final de sus días. Siempre aseguró que en en la ciencia nunca podemos saber realmente la verdad porque nuestro conocimiento de las cosas es siempre es parcial e incompleto, pero ayudó a que lo fuera un poco menos.

Fanática de la poesía, Lynn descubrió un día que se había mudado sin saberlo a la casa de al lado de la antigua residencia de la poeta Emily Dickinson, quien también había tenido formación científica. Lynn se obsesionó con la figura de la escritora. “Emily Dickinson me habla todo el tiempo. Es mi vecina. Es irónica. Desenmascara pretensiones. Es botánica. Es mi poeta favorita. Y se puede decir que es la más grande de los poetas en lengua inglesa”. Margulis consideraba que la poesía de Dickinson era sensible a los ciclos y misterios del mundo natural, las sensaciones corporales y el sentido de los símbolos, los significantes y las expresiones. Se encontraba escribiendo un libro sobre los mensajes ocultos en los poemas de la literata cuando tuvo el fatal derrame cerebral que terminó con su vida.

Lynn continuó desarrollándose y aprendiendo hasta el final. Era atea y racionalista, pensaba que su muerte iba a ser súbita y un punto final. Cuando su hijo Dorian Sagan, también divulgador de la ciencia, tiró sus cenizas al adorado lago donde nadaba su madre, repitió la cita de Emily Dickinson que sirvió como lema de vida de Lynn: “El hecho de que sea irrepetible / es lo que hace tan dulce a la vida”.

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