La sombra de Bahidorá 2019. Una reflexión

Si eres usuario de redes sociales, seguramente ya sabrás que el pasado fin de semana se llevó a cabo el Bahidorá 2019 en el parque Las Estacas, en Morelos. Es casi imposible que haya pasado desapercibido, ya fuera por las incontables historias de Instagram que mostraban banda tomando el sol en las albercas; las decenas de tuits que criticaron la pose y la apropiación cultural de los asistentes “disfrazados” con penachos; o la noticia de que el domingo por la mañana un hombre falleció ahogado en el río que atraviesa el lugar.

¿Cómo escribir una reseña sobre el festival cuando éste fue irrumpido (que no interrumpido) por la tragedia? Sí, la selección de los artistas invitados estuvo de lujo, el sonido casi impecable, la logística impresionante, los distintos espacios del festival cuidados hasta el mínimo detalle, pero, ¿se puede discurrir sobre esos temas en este momento?

De por sí Bahidorá es un evento que provoca resquemor en varios sentidos: el discurso de bienestar espiritual que maneja y que remarca con clases de meditación y yoga, llevadas a cabo lado a lado de la fiesta desbocada; la apropiación de tradiciones y símbolos de pueblos originarios en aras del consumo; el clasismo recalcitrante de muchos de sus asistentes quienes, además, parecen mucho más interesados en modelar que en escuchar a las bandas invitadas; el sistema de castas que te divide y te otorga o quita privilegios según el color del brazalete que hayas podido comprar… sólo para empezar. Ahora se suma el cuestionamiento a la reacción del festival ante el deceso del hombre durante el último día del Bahidorá 2019.

Un escueto comunicado

¿Qué tendría que haber pasado? La información es escasa y confusa, pero al parecer el cuerpo del hombre fallecido fue descubierto por asistentes del festival alrededor del mediodía del domingo y levantado poco rato después por autoridades del estado de Morelos. Sin embargo, no se dio aviso de lo sucedido al público. El cuerpo fue colocado en una carpa blanca y la zona del río fue bardeada durante un par de horas. Si se intentaba pasar por el lugar, los miembros de seguridad indicaban que estaba cerrado porque había un panal de avispas. Aunque los rumores de lo sucedido comenzaron a correr desde las 3 de la tarde, no fue sino hasta las 8:30 de la noche, una vez que todos los asistentes habían abandonado Las Estacas, que el Bahidorá 2019 emitió un escueto comunicado en el que daba aviso del suceso.

La indignación comenzó a apoderarse de muchos. ¿Por qué permitieron que la fiesta continuara durante 5 o 6 horas más? ¿Por qué no evacuaron el Bahidorá 2019 en ese momento? ¿Por qué dejaron que la gente siguiera bailando y nadando en el río, un área que debía estar siendo investigada? Un diario local de Morelos había reportado además (sin confirmarlo) que el difunto mostraba señales de intoxicación por sustancias. Esta mentira (al momento de publicar este texto ya fue descartado en la autopsia que el hombre estuviera intoxicado) sólo le echó más leña al fuego: ¿qué tan efectiva podía ser la seguridad del festival si había dejado que introdujeran drogas ilegales?

Lo que me consta es que durante el día el lugar estuvo lleno de salvavidas: en las zonas cerca del agua había uno cada 30 o 40 metros. Personal de seguridad se encontraba presente en todo momento, tanto revisando las pertenencias de quienes entraban al parque como vigilando en cada uno de los muchos recovecos del lugar. Los paramédicos estuvieron las 24 horas en servicio y atendieron a decenas de asistentes que se habían pasoneado, emborrachado a punto de la congestión, dado un paso en falso, insolado u olvidado su medicina contra el asma. Desde que cayó el sol el área del río se encontraba rodeada de malla y había señalamientos que daban aviso de los lugares peligrosos para nadar. Lo que es verdad también: de noche muchos de los pasillos entre la vegetación y junto al río estaban muy oscuros y era muy fácil, incluso para alguien completamente sobrio, resbalar o tropezarse, no ver un escalón, dar un mal paso.

Dar un mal paso

Desconozco si existe un protocolo en México sobre lo que tienen que hacer los organizadores de eventos masivos como el Bahidorá 2019 ante la muerte de uno de los asistentes. Sé que me hubiera parecido más empático que se detuviera la fiesta y evacuara el lugar. Pero, ¿era posible hacer eso? Ese domingo casi 15 mil personas seguían dentro de Las Estacas, bailando a los ritmos que Gilles Peterson, leyenda de la dj-reada, manipulaba en su consola; nadando para refrescarse bajo el sol violento; apurando sus últimos vasos de cerveza. No sé si hay forma segura de evacuar a 15 mil personas. ¿Cuáles podrían haber sido las consecuencias de hacerlo? ¿No se hizo por un motivo meramente económico? ¿O se estaba salvaguardando la seguridad del resto del público? ¿Hubiera sido más peligroso dar a conocer que alguien había muerto en el río? ¿Fue suficiente que la zona se mantuviera acordonada un ratito para completar las pesquisas sobre la muerte del hombre? ¿Fue ético haberse guardado esa información hasta horas después? ¿Fue prudente?

No debe detenerse ahí la reflexión, habría que plantearnos qué debería hacerse para evitar que esto vuelva a ocurrir y, si no es posible evitarlo (porque, aunque todavía no tenemos certeza de ello, puede que se haya tratado de un accidente y en esta vida shit happens y los accidentes ocurren sin que tengamos control sobre ellos), tenemos que pensar en cuál debería ser la reacción inmediata si esto vuelve a pasar en otro evento masivo como el Bahidorá 2019.

Aves de mal agüero

Me hubiera encantado que esta reseña se enfocara en los increíbles conciertos íntimos que ocurrieron en el escenario Madriguera del Bahidorá 2019, desde el de La Pingos Orquesta hasta el de César David, el divo de la Ciudad de México e imitador de Juan Gabriel. O del cuerpo de agua que fue también un cuerpo erótico en el que nadaron y bailaron sin descanso sílfides y tritones de tatuajes choteados y pelos güeros. De las morras de Fémina que inundaron el escenario Estación de pañuelos verdes en favor del aborto libre y seguro. De los inflables de cisne, de pato, de globo de Jeff Koons. De los clavados, las instalaciones artísticas, las limpias espirituales, las chavas que hacían la limpieza de los baños. De cómo dormí una siesta sobre el pasto húmedo y me acerqué a una fogata a calentarme y nadie me molestó. Del ecuatoriano Quixosis, los colombianos Romperayo, la cubana Daymé Arocena y los uruguayos F5. De lo ridículos que se veían todos con lentejuelas en la cara. De lo ridículos que se veían todos, y lo divertidos que estábamos. De los cuatro alientos de la Souljazz Orchestra, de la energía desbocada de Sonex, del silloncito que pidieron para que Nightmares on Wax nos cantara suavecito. De las tiendas de campaña amenazando con prenderse fuego bajo el calor infernal. O de las cenizas que cayeron durante todo el primer día, traídas desde el Popocatépetl por el viento, que se desplomaban desde el cielo en forma de plumas negras, como las de las aves de mal agüero.

Bahidorá 2019
Bahidorá 2019

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Por Martha Mega
@ViboradelaMar

Fotografías de Samuel Padilla
@samuelpadillaa

La luz de Bahidorá 2019. Fotorreportaje Samuel Padilla

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