Días de gloria. El concierto de Morrissey en San José, California, 2015

However, what has caused this sudden new life form? Why are we back in the glory days of 1991/92? Why now?
– Morrissey, 29 de julio 2015

Por Alejandra Ortíz
@alita_emo

En abril pensé “si no voy a verlo tal vez se muere y ya nunca lo podré ver otra vez”. Quiero aclarar que espero de todo corazón que no muera pronto, y que además se ve muy sano. Estoy hablando de Morrissey, quien por culpa de Ocesa, no vendrá más a México.

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El chiste es que decidí gastar mucho dinero para asistir a un concierto de Morrissey. Mucho dinero porque el concierto fue en San José California, lo cual implicaba avión, hotel y dólares en ascenso. ¿Pero qué es la adultez sino gastar el dinero en ver a tus ídolos cantando sobre la agonía de vivir?

Convencí a otro amigo cuya definición de adultez se parece a la mía. Volé el viernes 24 de julio a San José, en esos vuelos llenos de mexicanos pues California está lleno de mexicanos. Y muchos de ellos, latinos migrante, chicanos, pochos, cholos, etc. son fans de Morrissey. Y eso está padrísimo.

El sábado, día del concierto, fuimos a medio día a ver dónde era el lugar. Yo antes ya tenía la duda de a qué hora sería bueno formarse, porque la entrada es general. Nota: nunca había hecho una fila de más de dos horas para un concierto, y hasta el sábado 25 de julio a medio día, no pretendía hacerlo.

A las 12pm ya había algunas personas formadas. Nos acercamos y vimos que varias de esas personas tenían tatuajes de Morrissey. Para que quede más claro: había más de 50 personas formadas 8 horas antes del concierto, y algunas habían sometido sus cuerpos a la tinta indeleble del fanatismo en su piel. Eso me hizo sentir que los kilómetros que volé y las horas nalga que cumplí para pagar el viajecito no eran nada.

 

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Decidimos entrevistarlos para NoFM, ir a comer después de eso y regresar a las 6pm a formarnos en la fila. El calor comenzaba a pesar, así que un orange mocca frapuccino nos hizo ojitos en un bastión del imperio. Ahí nos encontramos con Jeri, una mujer de aproximadamente 60 años con playera y collar de Morrissey. Fue nuestra primera entrevistada.

Jeri se define a sí misma como “late bloomer” pues comenzó a gustarle Morrissey en el 2004, y el primer concierto al que asistió fue en 2007; el del sábado iba a ser la 25va vez que lo veía en vivo. Su gusto le vino de uno de sus hijos, quien resultó estar casado con una mexicana a quien conoció en un grupo de fans de Morrissey, y con quien ahora tiene un bebé llamado Steven (fallaron en no darle como segundo nombre Patrick, a mi parecer). El otro hijo de Jeri también es muy fan, pero su hija no lo es y eso le saca de onda, y se nota que no le gusta hablar mucho de ese asunto.

Regresamos a la fila, que seguía del mismo tamaño que una hora antes. Nos acercamos a alguien que estaba más cerca del inicio, Violeta, una mujer que se veía menor de 30 años cargando un bebé. Para ella, éste era su concierto número 60 de Morrissey. Llevaba, al igual que Jeri, haciendo fila desde la noche anterior.

Como muchos más en el concierto (me atrevería a decir que la mayoría), los padres de Violeta son mexicanos; ella ya nació en California, pero habla perfecto español. Ante la pregunta de por qué parece que en la comunidad latina de California hay tanta devoción por Morrissey, ella contestó incrédula hacia un fenómeno sociológico profundo que es lo que yo quería escuchar, “en LA hay mucho latino y por eso aquí encuentras esos fans. Pero si vas a Japón hay la misma pasión, en Irán, en donde sea todo es lo mismo. Todos tenemos la misma pasión por su mensaje a donde sea que él vaya”.

 

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Violeta, con el rostro de Morrissey tatuado en el brazo con el cual cargaba a su niña de 9 meses, no era la primera en la fila. Elizabeth y Abraham eran los dueños de ese puesto. Ella había escuchado por primera vez una canción de Morrissey en 2011, Suedehead, y a partir de ahí ha sido una vertiginosa carrera de 4 años hacia encabezar, gracias a haber arribado a las 9am del día anterior, la cola de fanáticos que quieren estar lo más cerca posible del cantante. Esas son 36 horas de espera antes de que comenzara el concierto.

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Ahí sí pensé: No somos nada. No soy ninguna fan. Ellos sí lo quieren. Yo qué. Le dije a mi amigo: “Unos más y ya nos vamos a comer a Japantown”.

Seguimos recorriendo la fila y nos encontramos con quienes sellarían nuestro destino de las siguientes 8 horas. Héctor y Chris son dos amigos muy tatuados que viven en LA. Llevaban únicamente 10 minutos en la fila. La curva de acumulación de gente, aprendimos, resultó ser bajísima.

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Nuestros nuevos amigos, también latinos, no se identificaban con el fanatismo de los que estaban antes en la fila. “Es enfermizo” nos dijo Héctor, quien tiene 32 o 33 tatuajes de Morrissey, el último en la tapa del cráneo hecho tan sólo un día antes del concierto. Con ellos estuvimos mucho tiempo, pues el plan de ir a comer y luego volver a las 6pm se desvaneció rápidamente cuando ellos nos invitaron a quedarnos ahí, en ese lugar. Yo en algún momento sí cuestioné el hecho de que iba a estar formada, esa acción que todo mundo evita en su vida diaria, durante seis horas (que al final resultaron 7). Pero si ya habíamos hecho todo el show para estar ahí, ¿pues por qué no? Era en realidad una tontería pretender que entrevistábamos a “los fans”, nosotros también éramos parte de ellos.

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Así que ahí nos quedamos.

La pregunta sobre el fanatismo hacia Morrissey en la comunidad latina de California alteró un poco a Héctor; nos dijo algo más o menos similar a lo que pensaba Violeta: “Morrissey aquí construyó una fan base muy grande pues se vino a vivir a LA en los 90s, ¿y qué es lo que más hay en el sur de California? Latinos”. O sea, para él es una cuestión estadística. En un principio a mi me pareció muy lógico esto, porque además todo fenómeno estadístico de ese estilo me gusta, pero en realidad no tiene tanto sentido. En 2014 fue la primera vez que la comunidad latina superó en número a la de “blancos no latinos” en este estado, así que hasta ese momento no había habido más latinos que otra cosa en California, y sí más fans latinos de Morrissey que fans de otro grupo étnico (aquí viene esa información: http://www.latimes.com/local/california/la-me-census-latinos-20150708-story.html).

No trataré de ofrecer ninguna hipótesis, no tengo idea. Pero el fenómeno está muy interesante y sobre todo a mí me gustó mucho verlo de frente. Aquí desde mi pequeña burbuja en la Narvarte yo asocio a los fans de Morrissey en México como gente más o menos como yo: medio fresas, medio snobs, un poco azotados, tomándose un drink en el Plaza Condesa después del concierto. Si pudiera resumir en un estereotipo a los fans en la fila del concierto de San José, sería un poco como el personaje de “La Flaca” de Orange is the new black.

Esos fans están increíbles. Los tatuajes de Chris y Héctor me encantaron: Viva Hate en el abdomen bajo con letras cholas, Morrissey con corona de espinas… Vimos muchos más en otras personas en la fila, pero por el rebozo que traíamos colgado nos dio pena tomarles foto.

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En LA, nos comentaron, hay eventos de Morrissey todo el tiempo. Bandas tributo, festejos, festivales, programas de radio (como la hora de Luis Miguel aquí en México, lo cual me hizo sentir el peso del contexto de este mi país, Bananaland).

El de seguridad que nos monitoreaba constantemente era muy buena onda, pero noté que disfrutaba de un pequeño sadismo del cual ni siquiera estoy segura de que él mismo estuviera totalmente consciente: la constante duda de si Morrissey cancelaría el show. “El de Oakland lo canceló a las 4pm, ya todo estaba listo. La que le abre canceló porque se enfermó porque le picó una chinche y como Morrissey le dio la mano y es hiponcodriaco, dicen que puede que vaya a cancelar. Man, I dont know…” con mueca de “tal vez te la pelas sorry not sorry” incluida. Lo odié, pero su objetivo se cumplió, pues temí.

El temor se disipó rápidamente por la insolación que siguió al terrorismo del siguiente guardia de seguridad. A las 4:30 pm terminó el turno del buena onda, y siguió otro cuyo objetivo era exclusivamente nuestra tortura. Antes, la fila era más bien amorfa, basada en el concepto de que todos somos adultos y buena onda y sabemos cómo respetar un lugar sin tener que estar todos necesariamente formados en una fila. Esto, para el siguiente guardia de seguridad, no existe en el mundo, o tal vez sólo nos odiaba. El punto es que nos hizo formarnos a esa hora en la que el sol pega de lado, imposible salvarse de su tormento. Y así, hasta las 7pm que abrieron puertas.

Por fin comenzaron a pedir los boletos. Corrí tantito, la verdad. Llegamos hasta adelante. Tercera fila que daba casi igual con la segunda, mas no con la primera, aprendí; las 24 hrs de espera en la cola sí pagan con la cercanía al escenario. Y ahí, a esperar. Fueron las peores dos horas, yo ya no podía con la emoción que se comenzó a confundir con ansiedad en este pobre cuerpo treintañero en el cual es fácil que los cables se crucen y todo se confunda con ansiedad. Para empeorar las cosas, el concierto no comenzó a las 8pm, como estaba anunciado. Comenzó hasta las 9pm después de un rato de ver videos proyectados en una pantalla gigante frente al escenario.

Cayó la cortina de proyección y aparecieron los músicos. Se hicieron una reverencia entre todos y comenzó Suedehead. Emoción mil millones. Su camisa turquesa, sus ojos casi del mismo color, lo cerca que estaba de mí. Esta vez yo era de esas manos que se abalanzan como imán cuando se acerca el artista a la orilla del escenario. O sea: me hubiera podido tocar, y ese hubiera sí existe.

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Morrissey sabe bien quiénes lo aman y para quiénes está tocando. Su primer agradecimiento fue un “gracias” súper bien pronunciado en español y con toda sinceridad. Sinceridad es algo que se le notaba en el escenario, incluso en su conmoción al ver lo que seguramente ve en todos sus conciertos: fanatiza loca y devota hacia su música y su persona. Continuó con canciones y llegó Speedway, una de mis personales favoritas por motivos que no revelaré en esta crónica.

When you slam
down the hammer
can you see it in your heart?
can you delve so low?

¿Sí o no?

Esta pequeña y tierna intervención en español fue sólo el inicio de varias. El coro final de la canción lo cantó uno de sus músicos en español. Lo mismo pasó con World peace is none of your bussines, que por cierto fue una de las interpretaciones que más me conmovieron. La canción me gusta, aunque no es para nada de mis favoritas, pero la tocaron lo más limpiamente posible, y la letra se volvió aún más clara para mí. Quien piense que Morrissey es misántropo es porque no entiende nada de la vida y le hace falta ver menos box.

Todo lo que siempre ocurre en conciertos de Morrissey ocurrió: canciones de los Smiths que se agradecen pero que les falta un poquito de punch, Morrissey conmovido a las lágrimas por fans conmovidos a las lágrimas por Morrissey conmovido etc. Momento darks con videos horribles de mataderos durante Meat is murder, que no entiendo cómo no vuelven a todos irremediablemente vegetarianos. Pero al final, al mero final, pasó algo que aunque, ahora lo sé, era previsible y parte de este párrafo de cosas que siempre ocurren, yo no lo esperaba y fue lo que más me gustó.

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Everyday is like Sunday es la canción que lo desató, probablemente mi canción favorita. Comenzaron los acordes, y sentí a un tipo que me empujaba junto a todas las demás personas. Descortés y rudo, voy derecho y no me quito como un tractor. “Quiere verlo desde adelante al tocar”, pensé. Y pues sí, supongo que eso quería pero xtreme. Treinta segundos después ese güey se trepó en la gente y con mucha fuerza de voluntad y brincos que supongo salieron de su corazón fanático, saltó hacia el escenario. La gente lo ayudó. Los de seguridad en chinga lo apañaron, pero la gente lo jaló de regreso. Y así lo siguió intentando una y otra vez.

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A él le siguieron más. Yo creo que en total fueron ocho personas las que durante toda la canción volvieron del frente de la pista la cosa más caótica, divertida, emocional y loca que he vivido en un concierto. Saltaban como si no hubiera mañana ni mamados de seguridad ni espacio entre el escenario y el público ni nada. Sólo había del otro lado un abrazo a su ídolo. Los demás fans los ayudaban al empujarlos o jalarlos para evitar el apañe, y ellos iban con todo el empuje. Fueron tantos que la cosa se volvió tal desmadre que los de seguridad no se daban abasto, supongo que esa es la estrategia colaborativa (alguien lo logrará eventualmente en medio de la confusión). Me tocó ver que uno de los del crew que al principio conectaba cables saliera al quite a taclear a uno y cayeran sobre nosotros. A mi izquierda había otro que desesperadamente trataba de entregarle una hoja enmicada, no sé si con una carta o una foto o qué. Ninguno lo logró, y Morrissey terminó la canción y se fue sin despedirse, supongo que para no seguir con ese frenesí.

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Estuvo increíble. Emoción desbordada. Ojalá algún día yo tenga esa fuerza de voluntad para hacer algo. Te amo Morrissey, pero también los amo a todos ustedes, fans locos.

Les dejo esta frase de Morrissey sobre esta gira:

Thank you for our best ever American tour. We are engulfed by a sense of indebtedness and joy. The credit for such a wonderful tour is all yours. We simply turn up and hope for the best and that best is you.

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