#Desvelos. La danza nacional

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Escena 1

Lo que hay es un bufet dispuesto en distintos mostradores con una variedad de platillos que van desde lo grasoso y tradicional, como la pancita y el chicharrón-en-salsa-verde, hasta lo sano y nutricional como la frutita-con-granola-y-miel. Todo son azulejos y ollas de barro y cobre y tonos claros y campiranos, y también hay muchas mesas llenas de familias buenas y recién bañadas y emperifolladas, con abuelitos y nueras y sobrinos en shorts y con los pelos aún húmedos, dándose los buenos días y comiendo su primera comida de la jornada porque, como la primera comunión, es la más importante —platos de chilaquiles aguados, de huevos a la mexicana o de quequitas de tinga— y hay que comer bien, mijito, no te dejes esa última salchicha, para que crezcas fuerte, Dios mediante. Lo que hay, también, es una tele que transmite un partido de nuestra selección, que pierde, pero obviamente muchos llevan la camiseta bien puesta —siempre la han llevado— y gritan al unísono cada que pasa algo que, sabemos, nunca lleva a nada.

Yo me siento, crudo y con mi hermana cruda, en una mesa para dos, lagañosos y sin bañarnos, a hacer como que disfrutamos un café aguado que más que despertarnos lo que nos da son ganas de hacer pis. No hay glamour en nuestro terruño pero sí un hastío, una malacara que no alcanza a tener sentido, como si cualquier minuto abriera la puerta a una ya muy anunciada catarsis. (O tal vez sea que el café finalmente surte su efecto efímero.) El mesero tarda, como tarda en volver a nosotras un atisbo de buena voluntad, y es que por desgracia nunca hemos sabido desayunar en estos lugares. Digo desgracia porque en este país no se puede no desayunar, es casi como negar su esencia, como auto declararte persona non grata.

Y comprobamos nuestra condición de foráneos cuando llega la cuenta por los dos bufets, en la que nos cobran como si hubiéramos pedido lechón tierno. Nada ha sido suficientemente bueno pero todo es suficientemente caro: yo habré comido un pan demasiado azucarado y un plato de papaya desabrida; mi hermana, un jugo verde con Splenda y dos quesadillas sólo de queso; y luego el café, transparente y aburrido. Refunfuñamos pero en el fondo lo sabemos: a esto vinimos. Estamos aquí porque fuimos invitados a una boda a la que teníamos que ir por compromiso, se-funda-una-familia-y-hay-que-estar-con-ellos.

(En unos años tal vez estén sentados entre nosotros, dándose los buenos días con sus padres y unos hijos recién paridos porque el ciclo nunca para, y luego hay que producirles el desayuno para que coman sanos y crezcan fuertes. Ah, y darles una identidad.)

Nos hospedamos en un hotel que tiene un nombre como Claustro o Hacienda o Tradición, y cuya sede es una iteración más de esa arquitectura neo-colonial de lo semi rural, que como el café de la mañana, cada vez se vuelve más aguada. Esto lo sé porque lo que parece cantera es concreto; no hay artesonados en los techos de vigas [falsas] de madera [también son de concreto]; y los delgados muros de concreto tienen unos contrafuertes de concreto más pobre [tal vez yeso] que son pura decoración de concreto [pintado]. El cuarto es pequeño y rústico —o sea, mal hecho, de-acabados-pinches pero “artesanales”— y todo mundo parece estar encantado con que le cobren de más. Será tal vez la decoración…

Vivan México y sus jardines, en los que hay, para echarle más limón a la herida, pavorreales.

Recuerdo, por lo atiborrado de la alberca a lo lejos, que es Día del Padre.

Se lo digo a mi hermana, que echa los ojos para atrás.

Lo que hay es un solo mariachi amenizando el desayuno y que, a falta de banda, tiene un sistema de sonido y hace air guitar. Your own personal karaoke con talento local.

[Instrumental.]

No se raje, Querétaro, land of the free.

Intermedio

Lástima que haya tan pocas ex-haciendas, aunque por otro lado podemos construir más.

desvelos caballo

Escena 2

Lo que hay es una autopista de alta velocidad que sale de la ciudad por el norte, y cruza colinas y más colinas de suburbios y casas y centros comerciales y publicidad, y que luego da paso a campos sembrados de ese paisaje que denominan “el Bajío” y que en lo inmediato no es nada más que el nombre y lo que evoca y luego una colección de terrenos baldíos, restoranes de paso y algunos nopales. Ya en el fondo es otra cosa —el fondo siempre es otra cosa—, pero al frente hay camiones y coches y luego cementerios de carrocerías de los otros camiones y luego nosotras, que vamos en un coche, rápido, viendo pasar el país como una colección de postales efímeras, en lo que llegamos al hotel que tiene un nombre como Bajío o Nopalera o VenAquí; pero antes las fábricas y los tractores y los campos y las grúas y las obras negras con letreros que dicen “próximamente”, y que serán otro suburbio soñado de la Nación.

¿Qué es aquí?, me pregunta mi hermana. San Juan del Río · 43, nos contesta el letrero que ya se aleja.

Salimos de la ciudad por la autopista para llegar al hotel que tiene un nombre como Familia u Hogar o Nación, y mientras pasábamos por el país, que en algunos lados es paisaje y en otros ciudad y que ahora, para nosotras, es una línea de tránsito veloz que une los puntos que le son necesarios, nos dimos cuenta que todo el territorio es un suburbio en potencia —su materialización depende del ancho de la carretera.

A nuestro lado van camiones con alimentos para desayunos y camionetas llenas de familias llenas de hambre. ¿Adónde van?

San Juan del Río · 1994, me contesta el letrero que otra vez se aleja.

Próxima salida.

Intermedio

La Nación está hecha de cartón. A veces toca recién pintada y se vuelve todo más evidente, pero en general está vieja y percudida y por eso no se le nota el truco. La pátina de polvo se llama Tiempo y el cartón, Esperanza. Siempre hay más polvo que cartón hasta que llega una nueva capa de pintura.

DESVELOS SAN JUAN

Escena 3

Vuelve a mí un poco de coherencia y me doy cuenta de que lo que hay es una danza, y que en esta coreografía de la tradición y la familia recién bañada y los buenos días con su cafesito hay algo que funciona para olvidar la angustia que provoca el paso mortal del suburbio ahistórico por el territorio rural. La modernidad asusta y tal vez estos rincones en donde se performa el ritual nacional sean necesarios para no perder la cabeza ante la masa informe de su avance que también se llama Desarrollo o Progreso. Tal vez la promesa de su existencia es lo que mantiene al ritual andando y por eso las bodas y los días de cosas y los partidos de la selección: para no sentir que no hay mañana, para alimentar aunque sea tantito la esperanza y frenar un poco, ¿por qué no?, el paso del tiempo.

Estoy en eso y por alguna extraña razón me fijo más en el mariachi y me parte el corazón. Es Día del Padre y canta “mátalas con una sobredosis de ternura” y luego “hago siempre lo que quiero” y luego “y mi palabra es la ley”; y luego felicita a las familias que nos están acompañando a que pasen un bonito día, queridos amigos, mientras afuera un pavorreal caga en la terraza. Lo del pavorreal que se llama Lujo se ve detrás del podio en el que no importa que no haya banda porque hay un sistema que la reemplaza y que el mariachi-karaoke opera solo aunque se vea rarísimo pero tampoco nadie lo nota porque lo que es el mariachi es un fondo al que nadie hace caso realmente cuyo nombre es Tradición —este fondo sí homogéneo porque no es trasfondo, como el de la autopista, sino simplemente escenografía, como si el mariachi fuera también una decoración de concreto.

Y me cae el veinte de que todo el miedo se disipa: si no hay necesidad de un contrafuerte, lo falseamos; si no hay banda, ponemos un sistema de audio; si no hay Historia, la fingimos; si no hay Patria, la forjamos. Sólo hay que hacer camino o autopista y ya luego vendrán los suburbios y las camionetas y las familias, que exigirán su contra que es el hotel que tiene un nombre como Verdadero México o No Ha Cambiado Nada Desde La Colonia o Éste Es Tu Patrón, y con él vendrá el ajuste de presupuesto después del cual sólo alcanzará para el mariachi en solitario. Todo sea por la familia que es la patria y también la única forma de detener el tiempo. Y supongo que no está mal.

Colofón

Hay lo que hay y falta lo que falta. Pero eso sí, que viva México

DESVELOS MARIACHI

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