#24A: Del violeta pálido al púrpura profundo, primavera

Por Emiliana Perdomo
@emilianita

Fotos de Erika Arroyo
@WooWooRancher

Ayer domingo salí a gritar por todas las veces que no pude enfrentarme al que me acosaba. Por todas las veces que me quedé callada, que permití que otro me hiciera sentir menos, que no respondí por miedo a que me hiciera algo porque yo soy mujer y él era hombre, más fuerte y capaz de lastimarme. Salí a gritar porque ahora mi familia es de tres, tres mujeres fuertes, tres mujeres que un par de fulanos pensaron solas porque recientemente quisieron intimidarnos, con extorsiones telefónicas, alegando que había cien hombres vigilándonos, y que si no contestábamos el teléfono mi hermana y yo amaneceríamos muertas en el canal de Chalco. Así como han encontrado a muchas otras muchachas por andar denunciando, dijeron. Cien hombres.

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Salí con dudas, al principio, porque se generó confusión en quién convocaba y bajo qué lineamientos. Le dije a alguien: Siento tristeza. Veo muchas opiniones dispares y no sé qué hacer. Alguien me dijo: Olvídate de lo que sientes. Ve. Cuando me vestía, pensé: No. Esto se trata precisamente de todo lo que siento, y de ir. Por primera vez en mi vida salí a la calle con vestido corto y no me preocupé, ni siquiera me tapé cuando el viento lo levantaba, porque me sentí segura y feliz rodeada de gente que estaba tan harta como yo, pidiendo lo mismo: respeto. Con la voz, con la pancarta, con la consigna, pero sobre todo con el cuerpo. Ésta soy yo, a ésta la has humillado, a ésta la has violentado y muchas veces herido, sobajado, violado y matado, y hoy estoy aquí para gritarte en la jeta que saques tu doctrina de mi vagina, tu rosario de mis ovarios y tu sotana de mi cama, que tu verga violadora va en la licuadora, que no seas pendejo, no te tragues el mito, tú puedes controlar tu pito y que ni de la Iglesia, ni del Estado, ni del marido, ni del patrón, mi cuerpo es mío, y sólo mío, y sólo mía la decisión. Estoy aquí, anarca, desnuda, lesbiana, colada, solidaria, con mi novio, con mi abuela, con mis hijos, con mi esposo, con mi novia, con mis amigos, con mi esténcil, cubierta o descubierta, en bici, en silla de ruedas, en carreola y con bastón. Estoy. Estamos.

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La marcha es una parte de la lucha que sirve para perderse e identificarse en la masa. Es un momento visceral en el que la causa te abraza al calor de los otros, que gritan junto contigo, que bailan y que brincan porque el que no brinque es macho. Que no le gritan a Peña que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, ese no es presidente, es una puta de cabaret. Estas somos las putas diciendo que ese no es presidente, que es un fascista, macho, burgués. Éramos tantas, y todas tan distintas. Todas caminando, gritando y hasta bailando desde su experiencia, desde su propia trinchera ideológica algunas desnudas, punks, desde Ecatepec, otras peinadas, con vestidos de diseñador y zapatos de tacón. Hubo diferencias. Hubo quien no quería integrar a los hombres, porque no es su lugar, porque no es su momento. Y, de muchas formas, tienen razón. Los hombres tienen que ver por sí mismos como dejar de perpetuar el machismo, como separarse de la norma cultural que los privilegia. Sin embargo, también creo que su solidaridad no hace daño. Que también al marchar conmigo se dan cuenta, precisamente, que no van a acompañarnos, porque no estamos solas. Que éstas somos nosotras, ellas, marcando la pauta del futuro.

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