#aRRchivo. Sixteen tons. A 60 años del himno a los trabajadores explotados

En México la conocimos como “16 toneladas” y quienes la recuerdan en realidad recuerdan a un Alberto Vázquez medio joven, aunque ya canoso, que cantaba mientras llevaba el ritmo tronando los dedos de una mano y meneando un cigarro encendido en la otra. Después nos enteramos que dejó de fumar mucho tiempo, pero el cigarro se había vuelto un accesorio de la canción. De cualquier manera, ninguno de estos detalles tiene que ver con la canción original: un himno a los trabajadores que cumple 60 años, pero está más vigente que nunca.

“Sixteen tons” fue grabada por Tennessee Ernie Ford en 1955. El cantante era presionado por Capitol records para grabar algo o lo demandarían por incumplimiento de contrato. Entre los catálogos que le ofrecieron, eligió el de Merle Travis, quien había escrito la canción en 1947 usando como inspiración las cartas que su hermano y su padre le enviaban desde las minas de carbón de Kentucky. Ford eligió la canción porque, al igual que Travis, venía de una familia de carboneros.

Al iniciar la grabación, el productor Lee Gillette le pregunto a Ford qué tempo quería, el cantante chasqueó los dedos, y ese chasquido acabaría por ser el alma de la canción. “Sixteen tons” fue lanzada como el lado B de You Don’t Have to Be a Baby to Cry“, pero sería el éxito real que lograría vender un millón de copias en un mes.

Con el éxito instantáneo llegó también una oleada de covers, que continúa 60 años después. Un dato curioso es que Ed Sullivan le pidió expresamente a Bo Diddley que cantara “Sixteen tons” durante la visita al famoso show; Diddley lo ignoró y cantó su hit del momento, lo que le costaría el veto de por vida de Sullivan.

Once años después del lanzamiento de la canción, aparecería George Davis, un cantante de folk, para reclamar la autoría del hit. Según él, había compuesto la canción en los años 30 con el título “Nine-to-ten tons“. Aunque grabó y lanzó su versión en dos álbumes, su reclamo nunca tuvo demasiado eco.

Fue la versión de Tennessee Ernie Ford la que pasaría a la historia y sería archivada en la biblioteca del congreso estadounidense como un registro histórico de las condiciones de los mineros antes de los sindicatos. Sin embargo, y pese a su ritmo sabrosón, la trágica situación narrada por Ford es más vigente que nunca: trabajadores explotados, que deben hasta el alma y que no pueden costearse la muerte, aún después de 60 años de pelea por los derechos laborales.

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