#AxeDFX 2015. Destete electrónico. Una crónica de Aldo Rosales sobre la fiesta más intensa del año

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Agarrar el metrobús, a las 9:50 de la noche, sábado, desde Buenavista, está cabrón. Dejo pasar uno, dos, tres, y hasta el cuarto logro que la gente atrás de mí me clave a la fuerza. Son seis estaciones nada más, o siete, no me acuerdo. Quiero voltear a ver el mapa de la ruta pero no puedo. Hasta eso la tortura dura poco, diez minutos y ya llegamos a Insurgentes. Bajo a la glorieta y empiezo a preguntar por la calle Puebla, hasta que la de los dulces me dice con la cabeza que voy al revés, que está para el otro lado. Paso el túnel y le pregunto a un policía en una patrulla por la calle Puebla. Pus ay está, ¿no estás leyendo el letrero? No tardan en tipificar como delito interrumpirle la conversación de whatsapp a un oficial. Puebla, pero no me acuerdo del número. Le pregunto a la gente y nadie conoce el SALA. El del café internet debe saber.

-Oye, disculpa, ¿sabes dónde está el SALA?
-No, ¿qué es eso?
-Ahh, pues un lugar para conciertos.
-Pues para allá hay un lugar donde luego hacen conciertos –y avienta la melena para su derecha, mi izquierda.

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Todo Puebla rumbo al norte, hasta que llego a la Arena México. Me robo el wifi del Vip´s y veo que está entre Oaxaca y Sinaloa, le pregunto en la gasolinería a un taxista y me dice que es a un lado de la glorieta. Pta, ya empezamos mal. Pero uso el tiempo para pensar en el evento, el AXE DFX. Música electrónica. Chale, qué sé yo de música electrónica. Me quedé en los 90, más o menos. Chemical brothers, Fatboy Slim, Groove Armada, Daft punk antes que se matrimoniaran con Pharrell. Pero está bien, a ver qué sale; el destete electrónico, despegarse de las cosas con las que creciste, de las rolas que ponían en las fiestas de la prepa que se acababan en cuanto el papá de tu amigo llegaba. Sale. 10:25 y ya casi llego de nuevo a la glorieta, después del mini paseo por la república mexicana: Guaymas, Sonora, Campeche.

El lugar estaba como a veinte pasos de donde le pregunté al del internet, pero para el otro lado. Ya lo conocía, bueno, sí ubicaba el edificio, ahí enfrentito entrenaba hace como tres años. La banqueta a reventar, todos esperando que abran las puertas o esperando a sus cuates, novia o qué sé yo. Los revendedores están con todo (¿te faltan o te sobran?,¿ te faltan o te sobran?; a 200 te agarran el boleto, a 400 te lo revenden). Una hojita blanca, donde con pluma alguien escribió “Medios”, está pegada a un lado de los de seguridad. Me acerco, le digo que me mandaron de NoFM y me pregunta mi nombre, se lo doy y me da el boleto y la pulsera que dice “Prensa”. Los gringos son los romanos del siglo 21, wey, son los putos romanos del siglo 21, le dice un morro como de 19 años a su cuate, mientras le pica el pecho con el dedo índice. Los dos traen whisky en lata, unos JB como de medio litro. Me aguanto un rato, no quiero entrar todavía. Prendo un cigarro y veo que unos chavos están volteando hacia donde estoy y se ríen. Chale, ahora yo soy el señor del que te burlas con tus cuates, el que se parece a alguien de una serie gringa; ya pasó el tiempo. Pero luego medio volteo y me doy cuenta que se están riendo de un cuate como de 40 años que esta atrás de mí: trae falda romana, como de gladiador, y una playera de malla negra. Se me olvidaba que Insurgentes tiene fama por la diversidad.

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Empieza a sonar la música desde allá adentro. Ahora sí, vamos a escuchar de qué se trata: con que no suene demasiado loco me conformo. Me acerco a la entrada y les digo que soy de prensa, que por dónde se entra. Pues como todos, fórmate, me dice el de seguridad. Ya no voy a ver películas gringas antes de ir a un concierto, acabas por creerte que los de prensa entran hasta a las escenas del crimen como si nada. Me voy a formar donde según yo acaba la fila y me dicen que es más allá, que ahí corta porque es la entrada al estacionamiento. Una fila de otros cien, si no es que 150 chavos, forman una U al llegar a la esquina. Me formo y la fila no avanza. Mejor me voy al Oxxo a comer algo. En la fila del Oxxo también estamos atorados. Unos chavos, que van delante de mí, se compran una especie de raspado de limón y luego piden un Oso negro de a cuartito, se lo vacían todo, se toman una selfie y salen de ahí, rolan el vaso y se ríen de no sé qué.

Regreso a la fila. Casi todos son chavitos que no pasan de los 19. A unos los regresaron porque no llevaban IFE (porque aún no tienen IFE) y luego me acuerdo que a ellos ya les va a tocar INE. Revenden sus boletos en 400 pesos (los dos) y se van mentando madres. La fila medio avanza y me quedo frente a un puesto de tacos, veo el round 6 y 7 de la tercera pelea del Terrible Morales y Marco Antonio Barrera mientras me como la gelatina que compré en el Oxxo. Estábamos fumando Oxi, y nos quedamos dormidos en casa del Fer, dicen unas chavas que van enfrente de mí. Avanzamos y me quedo del otro lado de la fila, soy el primero de este lado de la entrada del estacionamiento. Se escuchan los beats de LAO, pero a lo lejos, entre los comentarios del JC Chávez y Eduardo Lamazón. Como va la fila ya no creo alcanzar a oírlo bien, el cartel del evento decía que a las 11:35 entra Shlohmo.

Son 11:50 cuando entro. Shlohmo ya está con todo. A mí siempre me ha desesperado la música electrónica donde no samplean siquiera una voz, se me hace música de gimnasio. Afortunadamente, Shlohmo trae un ritmo más parecido a lo que me gusta, al Hip-Hop. Sobre un beat pegajoso, mete un poco de reggaetón, luego algo que suena un poco más a rap; después vuelve al reggaetón. Me gusta la combinación. Subo la escalera que da acceso al mero ambiente, a la pista. En este establecimiento no se discrimina por raza, religión o ningún motivo, dice un cartel pegado en la pared. El ritmo de Shlohmo se encarga de las otras cosas que nos pudieran separar: edad, posición económica, gustos musicales; todos se mueven- nos movemos, la cabeza o el pie aunque sea- al ritmo de su música. La iluminación y las pantallas le dan más fuerza al ritmo, como cuando ves por primera vez a alguien que le conoces la voz.

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Subo al baño y luego me doy una vuelta por las demás áreas del lugar. Tiene buena acústica, desde donde estés te llega bien la música, con nitidez, y fuerte, pero no escandaloso. El vendedor de las chelas no se da abasto, la mochilita despachadora que trae se le acabará pronto. Me recuerda a los que venden café con leche en los mercados. En unos cuadritos de plástico, iluminados con luz blanca, hay envases de Axe (del que no uso, porque ése huele a pan de chocolate; los demás sí están más o menos). Los que no están sobre la pista platican, se toman fotos, beben (en un cuartito al lado de la pista, como un privado, hay un carrito que vende shots de coctelería). De repente, por dos segundos –literalmente dos segundos- se corta la pista: no se escucha nada. Entonces todos gritan, se quejan, abuchean, y sólo callan hasta que regresa el sonido. Mi maestro de artes en la secundaria nos hizo anotar y memorizar la definición de música, no sé de dónde la sacaría: la música es la combinación armónica de sonidos y silencios. Pues creo que eso ya caducó, porque aquí no hay silencio: la música es una cuerda larga, continua, de diversas texturas y matices, pero ininterrumpida. Me gusta el trabajo de este DJ, que baila y opera sus tornamesas en un pequeño cubículo, por así llamarlo, al fondo de la pista.

Pasa un rato y el ritmo cambia un poco. Reviso la hora en mi celular: 1:05. Ya viene, según el cartel, Totally Enormous Exctinct Dinosaurs. Todos gritan y se apretujan en la pista, los que estaban en las áreas de al lado dejan el relajo que traían y también corren a ver al chavo –se ve súper morro- que ahora toma el lugar. Que yo recuerde no escuché silencio en la transición entre Shlohmo y él; aquí la música, los beats, el ritmo, es como una chispa que no hay que dejar morir. Ahora la onda es distinta, es un poco más pausado a veces, y en otras sube el ritmo, pero no me suena como el anterior. Una chavita baila y su cabello se incendia con las luces del lugar. Buen ritmo de este cuate, los de luces hacen buena chamba y la iluminación parece la sombra del ritmo. El calor empieza a subir en la pista, así que me muevo al área de arriba, junto al bar. La mayoría están bebiendo con todo, el ritmo les aceleró la sangre y hay que apagarla –o avivarla- con lo que se pueda: vodka, chela, tequila. Se supone que está prohibido fumar, pero tres chavos prenden cigarros y gritan cada que hay una ligera inflexión en el beat (entonces me doy cuenta que le saben, traen amaestrado el oído, conocen la música de este DJ, porque reconocen hasta lo más ligero que cambie; como las arañas cuando una mosca pasa siquiera cerca de su tela); buen ritmo, cabrón, me dice uno de ellos y sigue bailando: de esas pinches emociones tan grandes que si no las sacas, truenas. No hay nadie, literalmente nadie, que esté quieto. Me siento un ratito en un banquito alto, a descansar, y como a los dos minutos un mesero me para; la pulsera de prensa no alcanza a dar charolazo y dos morros se quedan la mesa porque compraron dos botellas.

Después de un rato me pasan factura las desveladas y el sonido alto (no es molesto, la verdad la acústica del lugar me latió, y Totally Enormous Extinct Dinosaurs le dio el último putazo a mi prejuicio de que la música electrónica es monótona, pero a mí eso de la música muy alta por más de 3 horas nomás no) me bajo un ratito a la recepción (me tardé un buen ratillo en salir, esta banda, como el beat, no para, traen pila para rato y lo que se hayan metido les da más cuerda: la música que oyes es como un espejo acústico: te puedes ver y reconocer en ello).

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Llego, por fin, al descanso, al lado del guardarropa, y me asomo al ventanal. La imagen luminosa de Spotify rebota en el cristal y parece estar sobre la ciudad, como una batiseñal; por hoy, aquí, en este punto, la música, y no otra cosa, es la ciudad. Y si te fijas bien, y escuchas –ni siquiera con atención, como analizando, sino relajadamente, sin prisas- el beat de estos cuates se parece al ritmo de la ciudad, al de las cosas de allá afuera, y al menos para mí, al ritmo de uno o dos recuerdos que no me acordaba que traía cargando. Piso la calle y ahora yo continúo la pasada de chispa, el Prometeo de oído: me pongo los audífonos y le subo a “Let forever be”, de los Chemical Brothers. Un ratito más en el pasado antes de pisar la realidad al cien otra vez. Cada quien decide de qué lado del beat quedarse: yo me quedo del lado que te avienta a tus recuerdos.

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