Bahidorá: el carnaval de los prejuicios eternos

Por Gabriel Gómez H. “El Gabo
@Chico_Calavera

Fotos: Alfredo Padilla B.
@padre_de_todo

 

Despiertas en sábado a las 6 am. Tomas café, te metes a bañar y mientras tanto te preguntas: ¿por qué hago esto?

No es rock, no conozco nada, no me gusta el sol, y no sé qué odio más, si a los hipsters o levantarme temprano. Pero la vida sigue; subes al taxi, la enorme mochila de camping siempre será un estorbo, después al metro, luego al metrobús. Jamás había pensado que a las 8:20 am tanta gente viajara hacia el sur de la ciudad.

Ya en el punto de encuentro y después de un café, una coca cola y un par de cigarros, abordas la camioneta que los organizadores pusieron a disposición de los medios, piensas que no está tan mal, que es bueno conocer (aunque odies conocer). No sé de un solo caso comprobado de muerte por ver vientres planos, bikinis o tomar ron mientras lo haces. Aún así tu mente viaja y te preguntas: ¿por qué tan temprano?

En el camino, mientras miras por la ventana, intentas buscar “la historia”, eso que haría que la crónica fuera diferente a las de los demás, pero no; no se logran ver descabezados, tampoco levantones, ni camionetas sospechosas. Nada fuera de lo común. ¡Qué fiasco! Si vas al estado más peligroso de México, al menos te gustaría ver de primera mano el peligro. Ni hablar, esta vez no hubo suerte.

Por fin llegas, las expectativas son pocas, crees que estás fuera de lugar, vas predispuesto a convivir con gente pedante. “Ellos no son el rock” -me digo a mí mismo-.

Busco alguna bandera amiga; pero no. Las estacas hoy no es de gente como nosotros, es de gente “como ellos”, los que tienen una linda nave, una linda novia, probablemente (siendo estrictamente prejuiciosos) una linda vida.

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En Las estacas no se ven autos viejos como el mío, no hay camisetas de cráneos y menos tatuajes de lo mismo. El ambiente del Bahidorá está permeado de buena vibra, pero de una vibra que definitivamente no es la mía.

Muchas narices respingadas, muchos músculos torneados. Mucho cabello rubio, mucho ojo claro. !Malditos niños bonitos! -pensé- Aunque más bien es culpa de los malditos prejuicios que a veces no nos dejan disfrutar de las cosas buenas. Porque si ustedes me dicen que no les gustan los hombres con cuerpos marcados o las mujeres con ojos bonitos, sabré que son unos mentirosos asquerosos.

¿Se acuerdan de sus amigos los mamones? ¡Sí! Esos a los que sus papás les prestaban el carro aún cuando ni siquiera alcanzaban los pedales, todo mientras tú sólo soñabas con quedarte el cambio de las tortillas. Pues bueno, hagan de cuenta que los metieron a todos en Las estacas. O eso pensé, esa fue mi primer impresión. -Malditos fresas– me repetí nuevamente a mí mismo.

Hubo quién dijo: “mucho hipster” y entonces me surgió otra duda, ¿qué diablos es un hipster? Es difícil decir si los que asisten al Carnaval Bahidorá son “hipsters” (concepto que como ya dije jamás he tenido claro y requiero una explicación amplia al respecto) o “mirreyes” (de los cuales conozco a varios) o tal vez simplemente son gente acomodada que viene a divertirse.

La realidad es que la convivencia entre estos entes es prácticamente perfecta, cada 10 pasos que das, encuentras personas saludándose con mucho gusto. Al parecer todos son amigos, todos son conocidos de algún conocido, o todos quieren serlo.

Como ya dije pero siempre olvido y no quiero que ustedes lo olviden: mis prejuicios suelen ser mis peores enemigos, los prejuicios me hacen perder la razón, la brújula y por ende, cualquier ápice de inteligencia.

Después de mucho mal viajar la aventura comenzó: armar tienda de campaña, acreditarnos, cambiarnos, ponernos bloqueador, peinarnos la barba y salir al ruedo.

Creo que mi mal viaje terminó muy pronto al conocer el “Bahidorá” real. Éste podría definirse como un paraíso. Es un festival que se puede llamar FESTIVAL, con mayúsculas y todas las de la ley. La organización es perfecta. Tiempos, accesos, comidas, entretenimiento, bebidas, higiene. Todo. Aunque Las estacas bien puede parecer un marco verdaderamente inmejorable, los organizadores pusieron todo su empeño y lo mejoraron.

Las estacas lucía ataviado de luces y sonido, de puestos y juegos, de espacios artísticos y de esparcimiento, de albercas limpias y lugares amplios para que las personas jamás sintieran invadido su espacio vital. Nada que yo hubiera visto antes en otros festivales.

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Generalmente cuando vamos a un “festival musical“, estamos condenados a vivir apretados durante 12 horas, a ser bañados en miados, a pelear con el de a lado por empujarnos o a tener que quitarnos porque “ahí viene la viborita”, y si no te quitas, te llevan entre la patas. En fin, a las vicisitudes del rock. En Bahidorá esto no pasa, la música sólo es un buen pretexto para beber, drogarse, ir con los amigos, echar pasión con la novia, y demás goces de la vida. Y no, no es que las personas que van al festival no sepan lo que van a escuchar, al contrario; saben que hay calidad en los escenarios y dejan a las bandas tocar y hacer lo suyo, mientras tanto el público se encarga de la fiesta.

El escenario es amplio, se ve bien desde cualquier zona, y lo más importante; se escucha increíble desde cualquier zona. Si quieres acercarte, te acercas y punto.  Nadie se ofende porque te pases, nadie te entierra los codos en la espalda “para protegerse”. La gente va a lo que va y no a malviajar.

Desde Chile, MKRNI. Ellos fueron los encargados de abrir las actividades en el escenario central. Con un gran esfuerzo y el sol a plomo, este trío logró salir bien librado de la prueba, tomando en cuenta que la fiesta apenas comenzaba y eran no más de 20 personas quienes los veían.

A las 14:15 de la tarde las cosas ya comenzaban a calentarse; el grueso de la gente ya estaba instalando sus tiendas y muchos ya habían comenzado con los tragos. Para esa hora Cookin’ Soul saltó al escenario, ellos son un dúo de productores de rap procedentes de Valencia formado por Big Size y Zock. Y según me dijo un fan, deben estar entre los 10 mejores productores del género en el mundo. La verdad es que yo de esas cosas no sé.

MC Melodee desde Holanda, hizo una mancuerna increíble con los de Valencia. Hicieron saltar y bailar a unas 200 personas que ya estaban en el jardín central comenzando con el carnaval. Y aunque realmente yo sí esperaba más disfraces, la gente se pintó el rostro, se puso penachos, sacó los hula hula y comenzó a animar una fiesta que apenas estaba en pañales.

Siempre me ha sorprendido (y molestado, no miento) la gente optimista, esa que se regala a los cantantes o músicos ante la primera payasada que hacen. Pues bueno, la gente que asiste al carnaval, es completamente entusiasta, no se cansan de gritar, de aplaudir, y de emocionarse cada que escuchan la palabra “México” o “gracias”. Jamás lo había pensado, pero está bien, es chido que la gente disfrute y lo externe, que no necesariamente tengan que mantener una pose malota y a la defensiva. Es raro un concierto sin mentadas de madre, pero existe, yo lo vi.

Temprano y muy esperados llegaron La Yegros desde Argentina. Cumbia electrónica y folklórica. Algunas fallas debido a que la computadora se calentaba por los rayos del sol; sin embargo, el imprevisto fue superado sin mayor problema. “Viene de mí” fue una de las canciones más ovacionadas y a la que ellos mismos admiten deber mucho pues es justo la canción que les ha abierto las puertas para viajar a otros países y a festivales tan importantes como éste.

La hora de comer había llegado y opciones habían para aventar: pizza, burritos, dorilocos, costillas, hamburguesas. Otro de los aspectos que se agradecen del festival, es la pluralidad y el buen juicio para elegir los alimentos. Había de todo y para todos los gustos. Me gustaría decir que para todos los bolsillos, pero no, al menos no para el nuestro.

El Asoleadero XX es un escenario montado en una de las orillas del río que adorna Las estacas. Este bonito y original marco, fue en el que Ratbot, Lemon Mint, Frikstailers y Uproot Andy hicieron de las suyas. Mientras el río estuvo abierto al público, ellos engalanaron con música la experiencia de los nadadores expertos y novatos, de los que iban en lancha inflable y los que aún usan flotis (ese es mi caso), de los que simplemente se sentaron en un sitio a la orilla del río a tomar el sol refrescándose con un ron o una chela y por último de aquellos que nadaban, se cansaban y paraban justo en las faldas de dónde tocaba el músico en turno. Realmente una bonita experiencia.

¿Drogas? ¿Acaso hay festivales sin ellas? Desde luego que en Bahidorá habían drogas. Yo olí mariguana, escuché hablar de ácidos, vi a un par de chicos compartir tachas. El alcohol y el tabaco llovían. Sí, hubo drogas. No sé si sea el punto hablar de las drogas, no sé si el festival esté diseñado para que la música que la gente va a escuchar se disfrute más bajo la influencia “de algo”. Supongo que sí, la fama no debe ser de a gratis. Aunque si lo pensamos bien, drogas hay en todos lados: en las escuelas, en las calles, en las oficinas, en los mercados y en cualquier sitio en el que nos encontremos.Las drogas tampoco son propias de cierto tipo de música. En cualquier concierto, del género que sea, mínimo hay alcohol. La responsabilidad del consumo y esas cosas son aparte, y creo que a mí no me competería aclararlas o juzgarlas. A mí me gusta consumir drogas y no sería un comentario imparcial.

Hablando de drogas, uno de los actos que más me prendía ver, era Hollie Cook: hija de Paul Cook, baterista de los Sex Pistols, y Jeni, una corista del Culture Club, los famosos creadores de la bailable Karma chameleon. Jamás he sido un apasionado del reggae, pero realmente si algo había que ver, era a esta inglesa hija de un baterista de punk, tocando la música proveniente de Jamaica. Los asistentes ya estaban anestesiados, entrado en el trance, flojitos y cooperando. La música y las drogas comenzaron a ser uno mismo.

Sentado en el césped pensaba en lo afortunado que soy en mi trabajo: veo cosas chidas, mucha música, mucha diversión y me convierto en eso, en una especie de “escribano” de la fiesta. Al final mi trabajo es ese; escribir de tal modo que los que leen sientan un poco de lo que sentí. Sí, lo admito, la mariguana había hecho lo suyo y pensaba en esa clase de cosas, que por una parte son ciertas, por otra no son nada relevantes. No sé si es la música de Cook, o mi estado de plano era lamentable, el punto es que por primera vez en mi vida bailé reggae. No quiero decir más al respecto.

Kindness y Dam Funk fueron el puente entre los asistentes y la fiesta, ambos dieron espectáculos increíbles. La fuerza de las bandas lograba erizar la piel por momentos, en pocos eventos se puede observar cómo algún grupo puede llevar el audio a su máxima capacidad. Dam Funk lo hizo, la nitidez de su sonido te hacía pensar que escuchabas música grabada. Y no, no era “mi estado”.

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Entre entrar a la sala de prensa a tomarme “selfis”, cargar el celular y enviar algunos mensajes, llegó el momento de uno de los platos fuertes: De la Soul.

Los de Long Island la rompieron. En verdad la rompieron. Los asistentes dejaron las albercas, el río, y la mayoría de las actividades que se podían realizar en el carnaval, para llegar a ver cómo los intérpretes de Me Myself And I“, Say No Go“, Eye Know (entre muchas otras) convertían el jardín central en una sucursal del averno. Con una energía única, los neoyorkinos dejaron claro por qué siguen vigentes y haciendo participaciones importantes, la última de éstas fue con Gorillaz, la banda de Damon Albarn. Pues justo con Feel good Inc fue que cerraron su exitosa e irreverente participación en el Bahidorá 2015 #TerraIncógnita.

La noche había caído por completo y con ella la hora de bailar en serio; Salón Acapulco fue la banda (si un grupo toca electrónico pero con algunos instrumentos clásicos, le llamo banda) que más impresionado me dejó. Ellos toman canciones clásicas de décadas pasadas, las arreglan y las dejan listas para ser bailadas como la primera vez. La energía que proyectan en el escenario en verdad es transmitida a los escuchas, quienes no paraban de bailar y saltar. Definitivamente Salón Acapulco me dejó impresionado.Modeselektor se prestó para que me diera otro toque. No, mi intención no era esa propiamente; he escuchado algunas cosas, pero una vez más, no es mi hit. Además había que marear el hambre un round, creo que ese fue el pretexto real. En fin.

En cámara lenta, en cámara rápida, algunos flotando y otros por medio de la teletransportación (al menos así lo vi yo), los asistentes llegaron a llenar el jardín central. Todos querían bailar, todos querían disfrutar el viaje. Todos querían ver al grupo más esperado del Bahidorá.

Modeselektor tiene la escuela del electrónico alemán, de repente te recuerda mucho a Kraftwerk otras simplemente te quedas clavado en el sonido, en los agudos que bajan mucho para terminar reventándote la pachequez con unos graves que sientes te volarán la cabeza.

No supe bien qué pasó, me reí muchísimo, vi las luces, vi las estrellas (sí, en Las Estacas hasta las estrellas se ven), bailé, me acosté, platiqué conmigo y con algunos amigos imaginarios. Todo sin ser “un hipster de los que van al Bahidorá“, simplemente me dejé llevar por la música que no entendía, que no conocía, pero que estaba dispuesto a escuchar. Modeselektor me voló la cabeza.

Esta debería ser una de esas historias que terminan en sexo y muchas drogas, pero no, esa noche después de los alemanes, me fui a dormir, los de la tienda de a lado nos llamaron: “los pinches drogadictos de la tienda de a lado”. La verdad es que me dio risa, es probablemente que ellos sean alcohólicos, pero nadie juzga a los que consumen drogas legales.

Lo siguiente que leerán no lo digo yo, nos lo dijeron algunos colegas que saben de lo que hablan y que sí aguantaron la fiesta eterna, no como los viejitos rockeros corresponsales de NoFM: “El asoleadero XX fue lo más cabrón de la madrugada. Lo mejor que pudo pasar es que NU cancelara, Adana Twins se rifaron tocando 3 horas y la neta fueron las más cabronas de todo el evento, esos weyes usaban los pinches agudos de una manera tan cabrona, que parecía que todo iba a terminar, ¡pero no! Volvían a subirle y a tronar el baile. La neta lo mejor del festival.” Como ustedes comprenderán, no puedo confirmar lo que me dijeron, pero me gusta creerle a la gente que sabe, y quién me lo dijo parecía saber mucho al respecto.

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Para la mañana del domingo la sala de prensa ya estaba prácticamente vacía, la acción (al menos para los medios) terminó con Osulande, ellos fueron los encargados de cerrar las actividades en el jardín central. Los medios estaban ya tomando sus respectivos descansos, dando vueltas, nadando, tomando ron. Divirtiéndose básicamente El carnaval Bahidorá se extinguía, poco a poco se podía observar cómo la zona de camping se vaciaba, ya no habían bikinis, puros pantalones de mezclilla, esos ya parecen poca cosa comparados con esas prendas de 2 piezas que dejan muy poco a la imaginación.

Sleeping bags dobladas, tiendas de acampar desarmadas, hieleras vacías, muchos abrazos de despedida, muchos “nos vemos el año que entra”. La verdad es que me dio nostalgia que terminara tan pronto, este carnaval es de esas cosas que no quisieras que terminaran. La organización, la gente, los grupos, los DJ´s, el escenario, la locación; todo en Bahidorá se echa de menos, realmente cuando las cosas se hacen bien, es difícil no echar un poco de menos aunque no sea tu favorito.

No, yo no pagaría por ir al carnaval Bahidorá, no es mi tipo de música ni mi tipo de gente, pero sobre todo no es el tipo de festival para el que me alcance. Siendo honestos, creo que es de los más caros que hay en México, aunque hay que tomar en cuenta todo lo bueno que ofrece. El Carnaval está organizado y diseñado para llegar a un sector muy específico de la población, en ese sentido (y en los ya mencionados) fue un éxito rotundo. Aunque pensándolo bien, cuando me anden sobrando unos 5 mil pesos a mí y a cada uno de mis amigos, creo que sería buena idea volver, volver acompañado de los míos para que vean las cosas que yo vi, cotorreen con la gente con la que yo lo hice, disfruten las cosas que yo disfruté, y regresen diciendo: “¡Yo no volvería a Bahidorá! Aunque si me invitan el año que entra…”

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