#BallenasBlancas. Rosalind Franklin, fotógrafa del “secreto de la vida”.

Para Rebeca Díaz-Pardo

Este 25 de Abril, día internacional del ADN, se conmemoró el 66 aniversario de la publicación de uno de los más importantes descubrimientos de la biología: la doble hélice del Ácido Desoxirribonucleico. Hablamos del momento en que se comprendió finalmente la estructura del ADN. Esa molécula que almacena y transmite la receta vital, la composición -y función- de todas y cada una de las células de los organismos vivos. Este descubrimiento, revolucionario para las ciencias de la vida, fue dado a conocer en un artículo científico que apareció en la revista Nature firmado por dos científicos británicos: James Watson y Francis Crick.

La Fotografía 51

Que Watson y Crick describieron la estructura del ADN es repetido hasta el cansancio. Lo que es mucho menos sabido es que este descubrimiento consistió en la elaboración de un modelo inspirado en la llamada Fotografía 51, una imagen del ADN tomada con difracción de rayos X en el laboratorio de una brillante joven científica: la química Rosalind Franklin.

¿Quién era esta mujer que tomó lo que algunos consideran la imagen más importante obtenida en la historia de la ciencia?

Rosalind Franklin nació en Londres, en el seno de una familia judía acomodada. Sobresaliente en el ámbito escolar, decidió que quería ser científica a los 15 años. A pesar de haber encontrado un poco de resistencia paterna, Rosalind Franklin se graduó en física, química y matemáticas en el Newham College, colegio femenino de la universidad de Cambridge, a los 21 años. Tres años después obtuvo su doctorado en química-física, estudiando las microestructuras del carbón y el grafito en la misma Universidad, que entonces limitaba el número de mujeres al 10% de su matrícula. Posteriormente, Rosalind se mudó a París, donde se especializó en la técnica de cristalografía por Rayos X.

En 1949, fue contratada para trabajar en la línea de investigación en ADN de la Unidad de Biofísica de Kings College, tras obtener la beca Turner and Newall Fellowship. En esa misma unidad trabajaba el científico Maurice Wilkins, quien ya estudiaba el ADN usando la cristalografía de Rayos X.  Lo que debió ser un trabajo en equipo rápidamente se convirtió en una rivalidad que culminó en los dos científicos trabajando en paralelo.

Fotografía 51

Las reglas del laboratorio

Algunas versiones sugieren que Wilkins asumió que Franklin sería su asistente, por lo que empezó a tratarla como tal, y que quedó resentido cuando el jefe de la Unidad reiteró la independencia de Rosalind como investigadora. En realidad, es difícil afirmar lo que sucedió entre Franklin y Wilkins, aunque esta versión de la asistente no es descabellada si consideramos por ejemplo que las reglas del laboratorio no le permitían a Rosalind comer en la misma sala que sus colegas hombres.  En cualquier caso, como consecuencia de su mala relación, Franklin se negó a compartir su investigación con Maurice Wilkins.

Así, Rosalind Franklin desarrolló su investigación por su parte, trabajando con su estudiante doctoral Raymond Gosling para perfeccionar las fotografías de rayos X de la estructura del ADN. Su trabajo minucioso le permitió discernir entre dos formas de ADN: una forma “seca” y una forma “húmeda”. En 1952, Rosalind obtuvo la primera fotografía de la forma “húmeda” del ADN. Esta fotografía sugería que la estructura del ADN podía ser helicoidal, puesto que mirada desde arriba parecía una X. En sus notas de laboratorio, Rosalind explora esta idea, aunque expresa también duda: no entendía por qué la forma “seca” no mostraba esta configuración.

Tras la emoción por el hallazgo, Rosalind Franklin guardó esta fotografía en el cajón de su escritorio. En ese mismo año, presentó en una conferencia una versión preliminar de sus resultados. Curiosamente, James Watson estaba presente entre el público, pero como él mismo relata en su libro, no puso atención a Franklin, por lo que fue incapaz de repetir la información a su colega Francis Crick al terminar la charla.

La carrera por la doble hélice

Por su lado, Maurice Wilkins había empezado a comunicarse con Watson y Crick, quienes trabajaban en la universidad de Cambridge y perfilaban ya en la “carrera” por descubrir la estructura del ADN. No sólo eso. También había empezado a husmear los cajones de Franklin y a fotocopiar su trabajo sin que ella lo supiera.

En 1953, cuando Watson visitó el laboratorio de cristalografía, Wilkins le mostró, sin el permiso ni conocimiento de Franklin, la famosa fotografía 51 y otros de sus resultados que aún no habían sido publicados. Esta fotografía fue para Watson la pieza faltante en el misterio de la estructura del ADN. Basados en sus modelos previos, en la fotografía 51 y otra evidencia existente, Watson y Crick elaboraron la teoría que publicaron en 1953. En su famoso paper, reconocieron haber sido “estimulados” por el trabajo no-publicado y las ideas de Wilkins y Franklin sin dejar claro de qué resultados estaban hablando. Los resultados de Franklin y su estudiante Gosling se incluyeron como material suplementario para apoyar el modelo de Watson y Crick en el mismo número de la revista.

Franklin nunca se sintió a sus anchas en King’s College. Influida por la cultura francesa tras su estancia en París, no encajaba con los modos conservadores de la sociedad británica de la época. Su personalidad fuerte y su carácter apasionado eran mal vistos por sus colegas hombres (particularmente por Wilkins), quienes la juzgaban de “testaruda y abrasiva”. En esos tiempos (y me arriesgaría a decir que en algunos contextos esto persiste hasta hoy), sólo los hombres podían darse el lujo de ser testarudos e impetuosos sin ser juzgados.

En su obra autobiográfica La Doble Hélice, James Watson hace un caricaturesco y desafortunado retrato de Rosalind Franklin. Aunque no la vio más de tres veces en la vida, nunca la llama por su nombre completo, sino que se refiere a ella como “Rosy”, un sobrenombre que ella nunca utilizó. Además de este acto de condescendencia, al describirla, critica su “poco interés por la vestimenta”, su falta de maquillaje y sus modales.

Después describe a Franklin como un obstáculo para el trabajo de Wilkins, afirmando que “claramente Rosy tenía que irse o ser puesta en su lugar. Lo primero era claramente preferible, pues, dados sus modales beligerantes, hubiese sido difícil para Maurice mantener una posición dominante que le permitiera pensar libremente en el ADN”. Finalmente, agrega: “Desafortunadamente, no puede negarse que tenía un buen cerebro… pero era inevitable el pensamiento de que el mejor lugar para una feminista es en el laboratorio de alguien más.”

Desanimada tras no haber logrado adaptarse al ambiente de trabajo, Rosalind decidió dejar la investigación del ADN en King’s College para moverse a Birbeck College, donde siguió trabajando en cristalografía de rayos X, estudiando los virus. Durante este periodo, Franklin hizo algunas de las aportaciones más importantes de su vida como científica. Publicó varios trabajos sobre el virus de mosaico del tabaco y el virus del polio, y viajó por el mundo hablando sobre la estructura de los virus. Desafortunadamente, en el pico de su carrera, a los 37 años, la diagnosticaron con cáncer de ovario avanzado.

Rosalind Franklin murió en 1958, sin saber de cierto que Watson y Crick hubieran tenido acceso a sus datos, incluida la foto 51. En su biografía La dama oscura del ADN, Brenda Maddox sugiere que probablemente lo sospechaba. En cualquier caso, en 1962, Watson, Crick y Wilkins obtuvieron el Premio Nobel por el descubrimiento de la estructura del ADN. Ninguno de los tres científicos hizo mención alguna de Rosalind ni de su fotografía en sus discursos de recepción del premio.

Rosalind Franklin hoy

Hoy en día, Rosalind Franklin dista de ser una completa desconocida en la historia de la ciencia. En la comunidad científica -sobre todo en años recientes- se ha convertido en una figura de resistencia, en el ícono de la búsqueda de justicia para la mujer en la ciencia. Se han escrito dos biografías sobre ella y su trabajo; existen premios para mujeres científicas, conferencias y calles que llevan su nombre; su fotografía cuelga en la galería de Londres junto a la de Watson, Crick y Wilkins y, recientemente, se reveló que uno de los Mars Rovers (vehículos de la NASA que son enviados a Marte) lleva su nombre. Pero todos esos reconocimientos póstumos no han sido sino intentos tardíos de reparar lo que gran parte de la comunidad científica reconoce como una enorme injusticia hacia esta científica.

No escribo sobre Franklin porque sea desconocida. Escribo sobre ella porque es el ejemplo perfecto de lo que ha sucedido a lo largo de los siglos, en que muchas mujeres han sido desplazadas y borradas de la historia de la ciencia. Porque la doble hélice de “Watson y Crick” sigue siendo la doble hélice de Watson y Crick, y hasta la fecha se sigue hablando del descubrimiento del ADN en muchas instancias sin darle a Franklin el crédito que le corresponde. Porque de 607 premios Nobel en ciencia, sólo 20 han sido para mujeres. Porque en mi educación como médica y científica memoricé incontables nombres de grandes hombres en la ciencia y la medicina, pero cuando se trata de aportaciones de mujeres científicas en mi área se me dificulta nombrar más de diez. Porque la primera vez que caminé en el Instituto Neurológico de Montreal y vi la imagen que tienen fuera del auditorio, donde aparecen los grandes pioneros en la Neurología, me encontré con un cuadro con más de una veintena de grandes genios en que las únicas mujeres eran la paciente y la enfermera. Porque, todavía en 2015, un Premio Nobel se permitió decir que las mujeres eran problemáticas en los laboratorios, apuntando: “se enamoran de ti y, si las criticas, lloran”. Aunque muchas cosas han cambiado hoy en día (he tenido la fortuna de trabajar en un equipo liderado por cuatro mujeres científicas) me parece fundamental seguir impulsando a las niñas que tienen talento e interés por la ciencia, comunicándoles que no sólo hay Watsons y Cricks; también hay Rosalind Franklins.

En su autobiografía, James Watson se refirió despectivamente a Franklin como “feminista”, pero tanto la familia de Rosalind Franklin como Francis Crick han declarado que ella nunca fue activista, ni buscó ser vista como una pionera o como una figura del feminismo. En palabras de Francis Crick: “creo que sólo quería ser tratada como una científica seria”. Por eso admiro y traigo a la mesa a Rosalind Franklin. Porque, aunque Francis Crick no pudiera comprenderlo y la familia de Franklin no tenga ganas de aceptarlo, muchas de mis colegas podrán corroborar que luchar por ser tratada como una científica seria es -incluso hoy en día- un acto de feminismo.

Para saber más:

https://www.jstor.org/stable/1512499

https://phys.org/news/2018-04-convoluted-history-double-helix.html

https://www.sciencehistory.org/historical-profile/james-watson-francis-crick-maurice-wilkins-and-rosalind-franklin

http://www.xtal.iqfr.csic.es/Cristalografia/archivos_10/jaque_a_la_dama.pdf

http://www.dnaftb.org/19/bio-3.html

https://www.dailykos.com/stories/2010/1/7/822863/-

Rosalind Franklin

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Rosalind_Franklin.jpg

____

Fernanda Pérez Gay – @fhernandhah

#BallenasBlancas. Teresa Proenza, la espía cubana en México

Comments

comments