#BallenasBlancas. Teresa Proenza, la espía cubana en México

La primera vez que escuché hablar de Teresa Proenza fue en voz del poeta Max Rojas. Él relataba con orgullo las historias de sus tías y su madre. Cubanas las cuatro y radicalmente distintas: Rita y Juana Luisa profundamente católicas, su madre Caridad comprometida luchadora social, y Teresa, feminista y comunista radical.

La anécdota que más disfrutaba Max involucraba la muerte del líder revolucionario cubano Julio Antonio Mella. Asesinado en un fingido asalto en la colonia Juárez, Mella acabó sus días en el crematorio de Tacubaya. El crematorio de leña no pudo con el atlético cuerpo del líder cubano. El Partido confiaría a Teresa Proenza los restos de Mella para que los resguardara. Años más tarde, sería Max Rojas quien entregaría los huesos a la embajada cubana. Para entonces, Teresa Proenza había caído en desgracia: acusada de ser doble espía para Cuba y Estados Unidos, de haber escondido al asesino de Kennedy, y de apoyar a todas las guerrillas de México.

Julio Antonio Mella

La maestra de Cuba

Nacida en 1908 en Holguín, Cuba, Teresa Proenza y Proenza fue la séptima hija de un matrimonio marcado por la militancia comunista. Llegó a México en los tempranos años 30, después de una breve temporada en Centroamérica. La salida de Cuba devino después de que la hermana menor fuera herida por una bomba casera dirigida al primogénito de la familia. Teresa, que se había graduado en la Universidad de La Habana, entró a trabajar en la Secretaría de Educación Pública. Ocupó tanto puestos administrativos como frente a grupo en clases de literatrura y de inglés.

Desde su salida de Cuba, Teresa estaría involucrada con grupos comunistas de distintos países a los que servía igual pasando dinero y documentos que organizando brigadas de paz. En 1937 sería parte de la comitiva encargada de recibir en Veracruz al primer grupo del exilio republicano español, y de gestionar la llegada de los Niños de Morelia. También viajaría a España, donde presenciaría el bombardeo a Teruel, y colaboraría en la salida de cientos de exiliados.

Los Niños de Morelia

Tras la Guerra Civil Española, Teresa ocupaba su tiempo entre México y Cuba. En la isla formaría parte del equipo que construyó el sistema educativo cubano y del Servicio Femenino de Defensa Civil. En nuestro país, se involucraría en el primer hecho que le acarrearía una constante persecución. Ramón Mercader, hijo de su mejor amiga Caridad, asesinaría a León Trotsky en la Ciudad de México. Aunque la historia no menciona participación alguna de Teresa en el homicidio, siempre estuvo bajo sospecha por su aguerrida militancia stalinista. Ella nunca haría ninguna referencia al hecho.

Frida, Diego y la Paz

Después vivir en Cuba durante la Segunda Guerra Mundial, Teresa regresó a vivir a México. A través de amigos en común, entabló una amistad entrañable con Frida Kahlo y Diego Rivera. La cercanía con los artistas la protegería, aunque no evitaría, la vigilancia del gobierno mexicano. Proenza empezaba a incomodar por tres simples características: era extranjera, comunista y lesbiana. Los señalamientos por su preferencia sexual fueron constantes durante toda su vida. Dentro del partido, su disciplina férrea la salvaban de las amenazas y, ante la sociedad, las posisiones de poder mantuvieron a raya el acoso.

Teresa Proenza y Frida Kahlo

Sin embargo, muy sonada fue su intensa relación con Frida, a la que cuidó en sus últimos años, al grado de vivir en su casa. Al mismo tiempo, se desempeñaba como secretaria privada de Diego Rivera. Las tareas del puesto iban desde traducir, responder y ordenar la correspondencia, gestionar ventas de obra y organizar viajes. Además de todo lo referente al movimiento por la paz, que la llevó como representante ante la ONU para solicitar la libertad de los presos políticos.

Tal llegó a ser la cercanía con Diego Rivera, que Teresa publicó Un hombre de México (Notas para la historia de Diego Rivera). El texto que pretendía ser la verdad sobre la vida y obra del muralista, resultó ser una visión idealizada y casi hagiográfica del pintor. Los estudiosos de Rivera criticaron la visión edulcorada de Proenza, aunque nadie se atrevió a cuestionar la posición privilegiada que ocupaba en la vida del artista. Tras la muerte de Frida, la influencia de Teresa en la vida de Diego iba desde lo doméstico hasta lo artístico.

Agregada cultural de la Revolución

Tras la muerte de Rivera, Proenza volvió a Cuba. Al triunfo de la Revolución Cubana volvió a México como agregada cultural en la embajada de la isla. Estuvo a cargo de la revista de la sede y de la cobertura que los medios mexicanos realizaban de la Revolución.

Teresa Proenza rumbo a España en el Mexique

El puesto intensificó la vigilancia de la Dirección Federal de Seguridad. Aunque no había pruebas de la participación de Proenza en la Revolución, se asumía que, junto con su hermana y su cuñado, habían ayudado a traficar armas y dinero para el movimiento.

Ya en los años sesenta, Teresa había empezado a vigilar a sus perseguidores, entre los que se contaba la CÍA, el gobierno mexicano y la inteligencia cubana. Decían sus amigos que lo único que la salvaba de no ser detenida en la calle era su vestimenta siempre impecable que la hacía parecer «decente».

Su suerte se acabaría en 1963 cuando fue acusada de participar en el asesinato de John F. Kennedy. La sospecha se sostenía en la visita de Harry Lee Oswald a la embajada cubana, donde Proenza lo asesoró para tramitar una visa. Tanto la inteligencia estadounidense como la cubana la acusaron de ser doble agente. Su postura en México ya no era tan privilegiada y tuvo que dejar nuestro país en 1965. A llegar a La Habana fue detenida y confinada a arresto domiciliario.

Militante de disciplina inquebrantable, Teresa aceptó durante dos años el inmerecido castigo impuesto por el partido al que había dedicado su vida.

El Retorno

Mirta Aguirre, Caridad, Teresa Proenza y Elena Vázquez Gómez

En 1985, Teresa Proenza volvió a México. El país ya no era el mismo ni sus intenciones tampoco. Al fin tranquila, vivió con su hermana Juana Luisa en la casa en la que, años antes, Max Rojas encontró los restos de Julio Antonio Mella en el fondo de un clóset. Teresa le contó que cuando llegó con los huesos a la casa familiar, las hermanas católicas se habían negado a guardarlos. A fuerza de molcajete habían deshecho los restos del líder cubano. Todos, excepto el enorme fémur, que envolvieron en papel periódico y escondieron. Con el apoyo de Teresa, Max envió a Cuba los restos de Mella, que recibieron funerales de héroe.

Tras una fractura de cadera, Teresa Proenza murió en un hospital público en 1989. A finales de 2018, la Secretaría de Cultura publicó la biografía Para que no se olvide: Teresa Proenza (1908-1989). Una espía cubana en la política, la cultura y el arte de México, escrita por un amigo que la acompañó los últimos años. El título es más que adecuado: desde su anonimato, Teresa participó de buena parte del siglo XX latinoamericano. Aunque su influencia real, como buena espía, se fue con ella a la tumba.

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Gabriela Astorga – @Gastorgap

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