Carnaval de Bahidorá: un simulacro de comunidad

por Óscar Muciño
@opmucino

Fotos de Alfredo Padilla Barberi
@padre_de_todo

Cuando estoy a punto de emprender un viaje a donde quiera que sea me invade un desasosiego que se diluye conforme me acerco al lugar que visitaré. Esta ocasión no fue la excepción. La mañana del viernes 17 de febrero comenzó con ese sentimiento aunado a una duda sobre cómo pasaría el fin de semana, pues mis capacidades para sobrevivir en el campo son nulas, además que las prevenciones sobre el frío retumbaban en mi cabeza.

Llegamos al Autocinema Coyote, lugar del que saldrían los camiones con rumbo a Las Estacas, pasamos Alfedo, Gabo y yo sin problemas para abordar nuestro autobús. Salir de la Ciudad de México en viernes es asunto difícil, la avenida Insurgentes suele tener un ritmo muy lento, pero cuando alcanzamos la carretera y se veía a la ciudad perderse entre cerros, toda la sensación de desasosiego se había disuelto y me invadió una expectativa por asistir a una experiencia de festival que iba más allá de lo acostumbrado: música y escenarios con gente al frente.

Arribamos a Las Estacas y antes de entrar nos detuvimos a fumar un par de cigarros, estábamos en eso cuando una chica se nos acercó a regalarnos ocho cervezas que no rechazamos y al que de inmediato empezamos a darle muerte, lo que retrasó nuestra entrada, pero los designios de la naturaleza no deben obviarse ni dejarlos pasar. Acabadas las latas y tras una revisión por parte del personal de seguridad (buscaban alimentos y botellas de vidrio) llegamos a la zona de camping, donde empezaban a tomar forma los barrios de casas de campaña que por momentos daban la apariencia de favelas o de colonia mal planeada. Parece un campo de refugiados, dice el Padre de Todo.

En ese punto, quien tomó las riendas fue Alfredo Padilla, poseedor de una habilidad propia de cualquier hombre que se ha formado a la intemperie, armó las casas de campaña, con escasa ayuda, mala iluminación y bajo la mirada inútil de Gabo y mía. Sin él seguramente no habríamos tenido un pedazo de suelo digno para habitar.

Dimos un recorrido por las zonas de comida, cenamos, platicamos y pasamos a dormir, para al día siguiente despertar temprano e ingresar al Parque Bahidorá, donde se llevaría a cabo el grueso del evento.

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El Bahidorá se proclama no como un festival sino como un carnaval. El carnaval es un festejo en el que el pueblo se entregaba a un desenfreno previo a una época de contricción que concluye con el inicio de la Pascua. Esta fiesta está relacionada con los tiempos del sol y el movimiento de traslación. Primigeniamente el tiempo estaba dividido en tiempo de ocio y en tiempo de trabajo.

En Bahidorá, para los asistentes, todo es un tiempo de ocio en un ambiente soleado, con abundante pasto para recostarse, variopintas albercas para regresar a ese elemento primigenio que es el agua, múltiples talleres y actividades para diversificarse. En mi sentir, este no es un festival ni un carnaval, sino un simulacro de comunidad. Esto puede notarse desde los valores que proclama el evento: Amor a la diversidad, Conciencia sustentable, Sentido de comunidad, Responsabilidad cívica, Expresión y participación activa. Valores que bien podrían pertenecer a un plan político o a ejes rectores de una comunidad.

Y si es un simulacro es porque la convivencia de cerca de diez mil personas está mediada por la organización de Distrito Global apoyada por el Grupo Modelo y Pepsico, quienes despliegan una organización impecable para mantener en orden al total de la asistencia durante casi 2 días.

En algunos momentos no puedo dejar de pensar que si la convivencia se extendiera, empezarían a surgir grupos acaparando las mejores zonas, conquistándolas con violencia, creándose distintas clases de ciudadanos, tal vez el estatus vendría dado por la pulsera que da acceso al evento y con la que se debe comprar lo necesario tras recargar en stands dispuestos especialmente para ello. Una especie de tienda de raya donde los productos son más caros, y que no te permiten endeudarte, pero si lo hicieran comenzaría la esclavitud. Tengo la visión de un ejército de Javis Noble o Chavas Iglesia disputándose el poder (lo siento, a veces mis prejuicios emergen). No sé a bien si esas ideas surgen de forma honesta o son azuzadas por el humo que inhalamos antes de entrar al parque.

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El sábado a las 10 de la mañana se abrieron los accesos al parque, fuimos recibidos por sahumerios, mujeres con vestimentas chamánicas, albercas con agua cristalina, un río de gran cauce, zonas de hamacas y muchos escenarios para nunca quedarse en silencio. Los sahumerios me hacen pensar en aquella idea de los raves en los que uno se trasladaba a un lugar lejano para acudir a una ceremonia en la que el chamán es el Dj.

Tras cargar nuestros teléfonos en el área de prensa y regresar a nuestra casa de campaña para ponernos el traje de baño, nuestro primer destino fue El Asoleadero, escenario montado frente al río, a donde llegamos para remojarnos un poco, soltar a navegar nuestros barcos y escuchar a Alí Gua Gua. Salimos del río, nos secamos al sol y nos movimos al escenario principal para ver a Systema Solar, de Colombia, quienes tienen un aire a Major Lazer pero más aborigen, muy prendidos, muy recomendables.

Aquí me gustaría hacer mención de la fina selección de contenidos del evento, todos los actos que se presentaron contenían una propuesta chingona, los videos proyectados también, las actividades extramusicales igual, la distribución del espacio era exacta.

No he ido a anteriores ediciones del Bahidorá pero en esta, mi primera vez, quedé sorprendido por la calidad de contenidos que se nos ofrecieron. Si bien en lo musical predominaron la bases tropezadas, cada uno de los artistas las aderezaba de distinta forma, provocando que nada fuera igual: Systema Solar con su mencionado toque aborigen cumbiambero prendieron el escenario principal, saltaban por todo el escenario, daban patadas karatekas y estaban ataviados con coloridas playeras; Mad Professor, un histórico, con su dub que constantemente es interrumpido por distorsiones y cambios de ritmo que me hicieron darme cuenta de donde viene el “Mad”; Jessy Lanza con su toque pop y su voz a lo Florence Welch; Kali Uchis con su soul, hip hop y aires a Amy Winehouse (su actuación por desgracia duró menos de lo programado por razones que desconozco); Mac Miller, ataviado con una sudadera naranja, y su fraseos hip-hop (debo decir que me entusiasmaba verlo pero su actuación fue de las más flojas que vi); FKJ y sus múltiples instrumentos complementando sus bases; y Gramatik con un toque bastante psicodélico.

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Después de deambular por el lugar y escuchar mucha música llegó la noche. Junto a Alfredo recorrimos el parque ya bajo sombras. En un momento encontramos una enorme fogata, alrededor de ella mucha concurrencia calentándose e hipnotizada por ese constante baile de las flamas. A cierto tiempo alguien del staff se acercaba a avivarla, pensé en que muchos de los refugiados bajo su calor no podríamos encender un fuego de ese tamaño. Me sentí de nuevo citadino e inútil.

Seguimos nuestro recorrido hacia el Doritos Dancefloor, escenario de ambientación supernova donde el baile y la polvadera no pararía hasta las 6 de la mañana, Alfredo tomó algunas fotos mientras yo bailaba. Salimos de ahí y llegamos a la Zona Tinder, que en ese momento proyectaba videos de gran calidad y muy muy pachecos (recuerdo uno de un gato dron que mataba a su dueño y luego emprendía una cruzada para apoderarse del mundo), muchos asistentes ya dormían frente a ese televisor encendido, sin miedo al frío de la madrugada.

Cuando dejamos atrás esa zona llegamos a un inflable con forma de cerebro que en el día flotaba y ahora estaba asentado en el suelo y expediendo luz. Pedí a Alfredo una foto frente a ese cerebro con pose estilo Peter Pan, metáfora del síndrome que habita mi mente. Regresamos al escenario principal para ver a Gramatik, a él lo había escuchado en sus versiones estudio, pero como buen dj, su potencial sólo puede vivirse en vivo, sintiendo el golpe de la música en todo el cuerpo. Terminado ese show nos dirigimos a la zona de comida para aterrizar antes de ir a dormir. Ya eran las cuatro de la mañana. Llegamos a nuestro barrio y nos dispusimos a descansar.

El domingo despertamos con la consigna de no salir tan tarde pues queríamos evitar aglomeraciones, pero no sin antes darnos otro chapuzón, esta vez en la alberca Corona, donde un dj amenizaba y la organización regalaba cervezas sin alcohol. Tras recoger las casas, desarmadas prestamente por ese símbolo de la sobreviviencia que es Alfredo Padilla, emprendimos el regreso, primero a Tepoztlán donde comimos, y luego ya a la Ciudad de México.

Algunos puntos que quisiera resaltar de este festival es su precisa organización que no deja resquicios a las fallas. El Bahidorá no es únicamente un festival de música sino una experiencia de convivencia en sumo placentera (aquí no es necesario estar todo el tiempo frente al escenario, menciona Gabo), nunca vi un disturbio o una pelea, vaya, ni siquiera una mala mirada. Regresaría a él sin siquiera conocer el cartel, confiado en la selección de los organizadores.

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Quise ver a Princess Nokia cantar Apple Pie por cuestiones personales, pero salió muy tarde así que corrí a ver a Kali Uchis, creo que fue algo erróneo poner a ambas en horarios pisados. Cuando terminó el show de la colombiana en las bocinas del escenario sonó Querida del divo Juan Gabriel, todo el respetable coreó la canción lo cual me reafirmó que hay obras que pueden surfear cualquier ola y siempre obtener una respuesta positiva.

En muchos momentos, en indicaciones y en el programa, se hace hincapié en el carácter ecológico del festival, y si la asistencia hace caso omiso a esto, el equipo de limpieza está presto para recoger la basura, en ningún momento vi un área desaseada, lo cual es aliviador para aquellos quisquillosos con la higiene. También en el programa se nos aclaraba que estaba fabricado con material reciclable, en las regaderas se nos incitaba a comprar jabón biodegradable elaborado por “mujeres de la comunidad”.

Héctor Villareal en su libro Imaginarios musicales de la globalización señala dos aspectos de los conciertos rave, primero su carácter de aventura mística ya que uno debe transportarse lejos de su ambiente citadino y cotidiano para llegar a un lugar donde se llevará a cabo una ceremonia presidida por el dj; y en el cómo la música electrónica bailable rompió con la forma de bailar en pareja y en un ritmo bien delimitado, pues el beat permite bailar solo y como a uno le dé la gana.

Estas dos ideas pueden delinear qué es Bahidorá: por un lado una experiencia que ocurre lejos de la ciudad y que si bien no apela a lo místico sí apela a un sentido de comunidad “new age” cargada de referencias ecológicas y apelando a la formación de un lugar utópico. Sin embargo, esta comunidad no es real, vive en el imaginario, y uno puede mantenerse bailando solo si así lo desea. Es una comunidad cuyo soporte está en las marcas que la hacen posible, esta soledad no es algo malo, el evento siempre mantiene un aura de pacifismo y buena onda que hace pensar que si esta convivencia es posible es por la cantidad de recursos que invierten las marcas por mantener la paz, como la vida misma pues.

Además, así como la música electrónica rompe con la forma encorsetada de bailar, Bahidorá rompe con la idea de festival donde sólo se puede beber, comer y estar frente al escenario; aquí si uno quiere puede estar nadando, haciendo bucitos, o simplemente jugando a ver quién aguanta más la respiración bajo el agua, o bien, se puede tomar un taller de astrología o una clase de baile, o simplemente recostarse en el pasto disfrutando los efectos de la sustancia de nuestra elección; todo esto mientras de fondo suena alguna propuesta musical internacional. Esto sin duda le hace mucho bien a la oferta nacional de entretenimiento.

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El Bahidorá no sólo amplía la oferta de festivales musicales, sino que pone a pensar cuál será el siguiente paso, pues su propuesta es sólida y sin duda faltaba algo a ese nivel, sé que no es la primera edición, por ello me entusiasman las siguientes pues es palpable que se ha ido depurando en su organización.

Ingenuo sería pensar que de un evento de esta índole tendrían que salir consignas revolucionarias o propuestas de nuevas sociedades, lo que sí otorga el Bahidorá es conocer que nuestra ciudad es muy amplia, que en este espacio geográfico convivimos individuos de las más variadas fisonomías. Confieso que no sé en dónde vive mucha de la gente que llena el lugar, pues en mi vida diaria en la ciudad nunca los he visto; pero qué mejor que paladear los distintos estratos que conforman nuestra ciudad y deshacernos de los prejuicios clasistas que son de ida y vuelta.

Finalmente, parafraseando a Douglas MacArthur: “Salí de Bahidorá, y volveré”.

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