Ceremonia 2017: la grieta que dejó entrar la luz

Por Israel Pompa-Alcalá
@thesmallestboy

Fotos de Óscar Suárez Alemán
@casitremendo

Lunes 16 de enero, 2017.

Desde temprano las redes explotan. Björk, M.I.A., Beach House, Underworld, James Blake, Vince Staples, Nicolas Jaar. Los nombres deslumbran, la emoción se desborda. “El Festival Ceremonia es el mejor evento del año”, se lee por aquí y por allá. Comienzan los “vamos”, los “allá nos vemos”, los “no me lo pierdo por nada”, los “pobre del que falte”, los “vamos a disfrutar del mejor cartel que se puede presentar en México hoy“.

Mientras tanto, Dios, muy calladito, casi imperceptiblemente, empezó a reírse de nosotros y nuestros planes.

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Sábado 1 de abril, 2017.

El día había llegado. La emoción acumulada a lo largo de los meses, amenazaba con explotar y generar un ambiente único. Desde la noche del viernes, todo mundo presumía su supuesto futuro: voy a ver a éste y ésta, me voy a poner así y asá, seguro la vamos a pasar increíble.

Nuestra comitiva salió a las 12 pm, apenas con tiempo para llegar a ver a los abridores Sotomayor. La carretera, pesada pero nada a lo que no estemos acostumbrados los chilangos, hacía que la conversación fluyera. En eso, un primer rumor: mientras M.I.A. hacía soundcheck, una de las columnas del escenario principal se vino abajo por culpa del viento. Ante la incredulidad, un par de llamadas a personas que sabemos están en el lugar. Un querido amigo que iba a tocar con Sotomayor, me dice que justo cuando afinaban detalles para su presentación, les pidieron desalojar, pues el peligro de que otra estructura se cayera era muy real. Primera información: la entrada al público se retrasaría dos horas. Conscientes de eso, decidimos hacer lo más sensato: parar a tragarnos unas ricas tortas en Lerma.

Mientras comíamos, Twitter se volvió el CNN de la hipsteriza: todo mundo comentando lo que ocurría en el Centro Dinámico Pegaso. El espíritu del caos, dado que la gente esperaba entrar bajo el sol inclemente sin demasiada información, rondaba Toluca. Nosotros, con chela en mano, teorizábamos: ¿qué se hace en estos casos? ¿Mueves todo dos horas y le dices a Björk que salga a las 12 de la noche? ¿Después de disculparte con M.I.A. por el incidente, le informas que no saldrá a tocar sino hasta las 2 am (realmente las 3, pues el horario de verano entró en vigor el domingo)? ¿Cancelas a las bandas abridoras para no mover nada? La única certeza: nadie quería estar en los zapatos de los organizadores.

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La información, como la cerveza y las tortas, siguió fluyendo: las puertas se abrirían a las 4 pm, mientras los grupos abridores cancelarían participación. La gente en el lugar, desesperada, empezó a forzar las entradas. Se sentía muy cerca un desmadre de proporciones recias, como pasaba en esos shows mal hechos en los años noventa.

Decidimos movernos al lugar para reportar en directo (era nuestra Guerra del Golfo particular), cuando recibimos un mail: la organización cancelaba el evento para resguardar la integridad de los asistentes. La noticia corrió como pólvora, igual que la rabia de quienes ya estaban ahí: decidieron hacer un portazo, lanzar cosas a la gente de seguridad, patear camiones, etcétera, etcétera. El escritor Daniel Sada decía en su obra maestra, ‘Porque Parece Mentira La Verdad Nunca se Sabe’, que “en masa es cruenta la emoción”, pues no se rige por ninguna lógica más que la de las tripas.

La verdad es que los organizadores del festival hicieron lo más sensato, a pesar del clamor generalizado y la tristeza infinita: más valía no ver a nuestros artistas favoritos, que ser testigos (o víctimas) de una verdadera tragedia. Sí, Dios se había reído de nuestros planes, pero había evitado un infierno en Toluca.

En concreto: comúnmente se señala con dedo flamígero a la organización de un evento cuando éste sale mal, sobre todo si de pronto, en unas horas, el asunto inicial se soluciona mágicamente. Pareciera que simplemente no se habían tomado las medidas precautorias necesarias o que hubo cierta negligencia ahí… Pero todo eso sólo queda en el terreno de la especulación. Los únicos que verdaderamente saben qué ocurrió, y cómo se solucionó todo, son los involucrados directamente.

Por otro lado, es necesario desmitificarnos como uno de los mejores públicos en el mundo, cuando somos bastante ramplones. Desde el portazo más absurdo de la historia hasta el asunto de “todo fue un engaño”. No, no hubo engaño: un festival atravesó por un asunto climatológico, que si bien se puede prevenir, tampoco se puede adivinar qué día atacará con más fuerza. Tal vez el sábado el viento era REALMENTE violento. Igual todo quedará ahí. Pero este asunto de enojarse porque no se hizo el sábado, es una cosa mucho más compleja que el berrinche: la organización devolverá íntegramente el dinero a quienes no hayan podido o no quisieron ir. Por ahí se escuchó el reclamo de que “hicieron un festival a medias y te cobraron igual”. Pues no, porque los organizadores igual dejaron claro quiénes se habían bajado del cartel y quiénes seguían: la decisión de ir o no, era del público. Lo que sí es muy lamentable es toda la porción de gente que vino de otros estados exclusivamente a Ceremonia, quienes perdieron dinero en pasajes, transporte, comidas y hospedaje. Ahí, la gente de la organización, si se quiere ver elegante, debería ayudar a esa banda y no a nosotros, los chilangos berrinchudillos. Esa gente perdió tiempo, dinero e ilusiones en el viaje, lo cual debería ser compensado de alguna manera, si no monetaria (bastante duro debe ser haber perdido una tercera parte de público, así como pagar penalizaciones a las bandas), sí de otra índole. Los de Ceremonia, OCESA y Sicario hicieron lo mejor que pudieron… pero aún pueden salir mejor si muestran sensatez, empatía y capacidad de negociación.

Sin más, todos regresamos a nuestros puntos de origen, un tanto decepcionados de que el Ceremonia haya fallado a la hora buena por culpa del clima. Muchos artistas se resignaron como nosotros, y prometieron visitas futuras. Todos menos Björk: la islandesa, vía Twitter, decía que habían ensayado semanas, y que lamentaban lo ocurrido, pero debería existir un “plan F”. Tal vez ese primer impulso hizo que Dios recapacitara su decisión, pues también es fan de la Guðmundsdóttir. Las horas y la decepción generalizada seguían. Hasta que circa las 10 pm, el milagro: el Ceremonia sí se realizaría, pero en domingo.

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Domingo 2 de abril, 2017.

La madrugada del domingo seguro fue un tormento para la gente del Ceremonia. Renegociaciones, lamentables (pero incontrolables) cancelaciones de headliners, reorganización de horarios, personal y logística, conseguir más varo, saber que vas a perder otro, el miedo de quemarte ante el mundo, la posibilidad de que en 2018 muchos te dijeran que no… En fin, todo avatar ocurrido en meses de planeación, ahora sucedía en cuestión de horas. La primera baja fue M.I.A., seguida por Vince Staples. Como en efecto dominó, los siguientes en caer fueron Beach House. Por distintas razones (agendas, inicio de tours o de plano no querer tocar así), de golpe y porrazo tres de los artistas más esperados del festival quedaban fuera. Pero como en Casablanca, siempre tendremos a Björk.

James Blake, con una amabilidad de sir, aceptó quedarse, pero tuvo que reacomodar su horario, el cual estaba previsto para la noche: ahora tendría que tocar a las 3 pm, pues debía salir por la noche en avión. Los demás actos se reorganizaron, y si bien cojeante, el festival caminaba.

Otra vez salir a las 12 pm. La carretera mucho más tranquila que el día anterior. Lamentos de no ver a Beach House o a M.I.A. La sensación de que Björk nos iba a volar la cabeza. Las ansias de llegar y escuchar a Blake. Mi ánimo particular de ver a mis queridos Sotomayor triunfar en un escenario grande. Las ganas de sorprenderse con nuevas bandas. Todo estaba en su lugar.

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Entramos y lo primero que vimos fue a un dueto de muchachitos espigados hacer muy buenos mixes. Tayrell (nombre del dúo) encendió muy bien los ánimos de los pocos, pero animados, primeros asistentes. Por ahí hicieron sonar “Move Your Feet” de Junior Senior, lo que me llevó a pensar que, generacionalmente, ya tenemos nuestros propios clásicos.

Después tratamos de ver a AJ Dávila, pero un ligero retraso en el montaje nos lo impidió, ya que James Blake se empalmaba en el mismo horario.

Con uno de los mejores discos del año pasado bajo el brazo, el británico tomó el escenario en punto de las 3 pm. Acompañado por un baterista y guitarrista, su set estuvo conformado por todos los elementos que lo han encumbrado como uno de los mejores artistas de su (nuestra) generación. “Gracias por estar aquí a pesar de todo lo ocurrido y de tener que tocar en este horario, son un gran público”, lanzó Blake a una audiencia que se entregó a casi una hora de música plagada de hits: “Love Me in Whatever Way” sacó lágrimas y llevó a las parejas a besarse, “Limit to Your Love” levantó los primeros gritos y un par de temas instrumentales nos pusieron a bailar. “A Case of You“, cover a Joni Mitchell, fue el cierre perfecto para un show que seguramente hubiera sido mil veces más emotivo por la tarde noche, pero a pesar de, todos quedamos contentos. “Ha sido una de mis presentaciones favoritas. Nos vemos muy pronto”, lanzó James, y se fue del escenario.

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A los pocos minutos, Sotomayor subió al mismo lugar donde había estado James Blake, para ponernos a bailar con su ritmo sabrosón y la poderosa voz de Paulina. Nota personal: hace un año pude saludarla en el Ceremonia, pero ambos como público, así que resultó muy especial para mí verla arriba de ese escenario, donde demostró que es una de las mejores frontwoman que existen en el país. Contaron con un par de invitados (Carolina Camacho, directo de República Dominicana, y Juan Manuel Torreblanca, conocido músico y compositor) que hicieron las delicias de la gente.

Después corrimos para alcanzar algo de Banda Bastön, que si bien lo hicieron bien, no sorprendieron del todo, a pesar de presentar varias canciones nuevas. Por ahí los acompañó Denisse, cantante de Hello Seahorse!, pero nada espectacular. De nuevo correr, pero ahora a la Carpa Roswell, uno de los tres escenarios del festival, y sin duda el más raro de todos: pequeño, atascado de elementos y colocado muy cerca de los baños. El asunto era ver a Buscabulla, proyecto nacido en Puerto Rico pero avecindado en Brooklyn, al cual, sin duda alguna, el extraño stage les quedó chico: la gente se desparramaba fuera de la pequeña carpa, pero eso sí, todos en baile. Una fiesta que hubiera sido aún mejor en otro lugar.

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Mientras caminaba solo después de perder a mis amigos en la bulla de Buscabulla, escuché un poco del set de What So Not, con buena electrónica y ciertos atrevimientos, como colar por ahí el tema de Stranger Things, lo cual sólo demuestra el impacto que la serie ha tenido en todos nosotros. La fiesta subía y subía, así que todo estaba puesto para que Nicolas Jaar por fin reventara el lugar.

El neoyorquino, otro de los artistas que se aferró a que el festival continuara (la noche del sábado se armó un set improvisado en algún lugar de Toluca), no decepcionó: con una de las afluencias más grandes de público, nos puso a bailar como locos. Lamentablemente, dos cosas evitaron el primer show memorable de todo el festival (Blake se quedó muy cerca, pero el sol nos distrajo mucho): un muy pobre juego visual, y el hecho de que Björk estaba por arrancar en el escenario principal. Consciente de ese asunto, decidí dejar al buen Jaar a mitad de su set para buscar un buen lugar donde disfrutar a la de Islandia.

Al llegar al Escenario Vans, todavía continuaba Majid Jordan, uno de los exponentes más firmes de esa nueva oleada de R&B, con los mismos elementos que se han repetido en años recientes: mucha fuerza en el ritmo, una base sólida y una voz poderosa. La constante del festival permanecía: buenos shows, pero nada realmente mítico, nada memorable, nada heroico, sólo chispazos momentáneos. Supongo que la imposibilidad de alcanzar un pináculo se debió a la cancelación de por lo menos tres headliners, un golpe durísimo para cualquier festival. Y entonces, el mantra: siempre tendremos a Björk, siempre tendremos a Björk, siempre tendremos a Björk

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Y así fue. Acompañada por la sección de cuerdas de la Orquesta Carlos Chávez y por ese geniecillo de la electrónica llamado Arca, Björk se encargó de volarnos la cabeza por segunda vez en menos de una semana. Su show en el Auditorio Nacional, apenas unos días antes, había sido un derroche de virtudes, a pesar de la histeria de un público que quería cantar más fuerte que ella, gritar más fuerte que ella, ser más que ella. A punta de cuerdas y voz (no llevó ningún otro instrumento), logró controlar a esa bestia emocional llamada público mexicano. Ahora, con todo lo ocurrido a cuestas, se sintió a una Björk igual de genial, pero mucho más libre, mucho más divertida y juguetona, consciente (quizás) de todas las vicisitudes por las que había atravesado el festival.

Entonces, con un pase de magia, nos dejó locos a todos: sonaron “Stonemilker“, “Lionsong” y “Come to Me“, en el mismo orden que su show anterior, pero ahora con los arreglos de cuerda reforzados por las sólidas bases rítmicas de Arca y unos visuales hipnóticos. Una artista de ese calibre, sabe cómo ordenar su universo para adentrarnos a él y luego escupirnos transformados: sonaron ‘Jóga’ y ‘Unravel’: las lágrimas de varios cayeron. Después de pasar por un par de canciones nuevas, soltaría en fila tres de sus mejores composiciones: ‘Isobel’, ‘Bachelorette’ y ‘5 Years’. Todos estamos rendidos a sus pies: ese “plan F” del cual habló en sus tuits, se convirtió en la salvación de un festival que recurrió al plan B.

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Cuando todos pensábamos que nada podia ser mejor, deslumbró con un espectáculo de fuegos artificiales DENTRO del escenario. Si bien el glam se puede adjudicar la patente de las bengalas en escena, Björk colocó unas ráfagas rojas pirotécnicas que recorrían diagonalmente el stage, mientras sonaba “Notget“. Por fin ocurría: el momento histórico estaba ahí. Björk hizo que todos los problemas, enojos, rumores, tristezas y otras cuantas penas, quedaran enterrados bajo su genio gigantesco. A veces se nos olvida, porque nuestra memoria y capacidad de retención están atrofiadas por la velocidad de la Red, pero es necesario recordar que vivimos en la misma época que una de las mejores artistas (en todos los sentidos) de la historia.

Para finalizar, soltó “Hyperballad, pieza poco tocada en vivo. Mientras las lágrimas, las sonrisas y la emoción recorrían al público, otro juego pirotécnico, pero este a gran escala, salía del escenario principal para acompañar rítmicamente una de las mejores creaciones de Björk. Arca al mando de los beats, siempre lleno de maestría, logró una sincronía perfecta con las luces en el cielo. La orquesta tocaba al máximo. Todo se volvió pura belleza.

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Björk regresó en un pequeño encore con “History of Touches“, para demostrar que, después de una noche llena de éxitos, no se trata de una artista complaciente: todo lo hace al amparo de su visión, y nada más. Artistas como ella ocurren una vez cada 20 o 30 años. Afortunados los que pudimos contemplarla ahí. Afortunados los organizadores por contar con una presencia capaz de sepultar cualquier controversia. Afortunada la humanidad por tener a alguien con esa fuerza creativa y creadora.

Con el alma y el cuerpo cansados, escuchamos un poco de Underworld, quien representó la perfecta celebración final después de la batalla ganada. Nosotros, una bola de treintones, decidimos dejarle los pasos a los jóvenes (o a quienes se aferran a serlo), para irnos a casa deslumbrados aún por lo que había pasado con Björk.

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Una de las frases más famosas del recientemente fallecido Leonard Cohen, dice: “Existe una grieta en todas las cosas. Así es como entra la luz”. Y sí: una luz lanzada directo de Islandia nos recordó que, a pesar de todo, a pesar de que el Diablo toque a la puerta y Dios se ría y el viento derrumbe tu casa, siempre nos queda una pequeña esperanza, como la flor que sobrevive a una tormenta de mierda.

Al final, resultó una lección para quienes arman los eventos: público y organizadores. Los primeros debemos aprender a lidiar con nuestras emociones y ser más sensatos a la hora de entender razones. A los segundos, apretar (literal y metafóricamente) las tuercas en todo sentido, y si bien la primera decisión fue pensada para cuidar al público, la segunda y tercera y cuarta, tuvo que ser pensada igual: por y para la gente, no para salvar el bolsillo o amortiguarle el madrazo. Al final, quién rescató el festival, fueron los artistas. Entonces, vamos a ver qué tal nos pinta el Ceremonia 2018: si florece o hiede.

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