Chanfle. Del Bahidorá 2018 y otras ilusiones

por Rafael Martínez
@rafafams

Gifs y fotografías de Ana Martínez de Buen
@Anamdb

“Eramos un grupo de artistas, actores, poetas, magos y un rompehuesos, para cuando tuviéramos que usar la fuerza bruta de manera inteligente, decididos llevar nuestro arte a la vida de otros para crear, aunque sea por un momento, la ilusión de una realidad diferente.”
Algún güey.

Ilusiones S.A. fue la película con la que la compañía conocida como Pullman de Morelos decidió amenizar nuestro traslado al Parque Natural de Las Estacas. A manera de monólogo con voz en off (mismo donde se menciona la cita anterior), un apasionado soñador nos prepara para una aventura sin igual. Está parado en un campo de trigo y su porte tiene un aire que parece haber salido de una narración romántica. Por cierto, es Jaime Camil.

Volteé a ver a Ana, Ale y Diego. Todos nos burlamos y reímos de lo que veíamos en pantalla. La película resultó ser un drama digerible en donde Jaime y un grupo de otras personas guapas crean escenarios ficticios para hacer sentir emociones profundas a los demás. Y a lo largo de este proceso, adivinen qué… ¡encuentran el amor!

Ese fue el inicio de la aventura llamada Bahidorá, y si la retrospectiva de apenas un día de haber regresado a mi cotidianidad ya me permite hacer una reflexión aventada, sería que nuestras risas y burlas hacia Jaime y otros de nuestros televisos predilectos fueron muy ingenuas.

Permítanme explicarme. El susodicho carnaval de Bahidorá en su sexta edición fue completamente una ilusión. Poco sabía cuando me eché una jeta en el camión que el Sr. Camil sería un clarividente de nuestro fin de semana. Para que no haya malentendidos, y a manera de preámbulo, les digo de una vez que esta cavilación no va orientada para haterear el festival ni ningún elemento sus componentes.

Y es que creo que, como medios ya es momento de dejar de vanagloriarnos con la pluma, el micrófono o cualquier otro chunche. Y es que, ¿qué culpa tiene la música? ¿Qué culpa tienen los asistentes? Aquellos asistentes, en su mayoría conformados por millenials, la generación que por nombre lleva esta pinche palabra que, solo de pensar en ella me la imagino con la tipografía de la peli de Frankenstein.

Aguanten vara. Creo que me fui un poco lejos ahí. Vamos por partes. Soy Rafael Martínez y tengo 27 años y soy un millenial. En esta edición del Bahidorá me tocó ser el más morrito de la pandilla de los que fuimos representando a NoFM, pero ésta fue solo una anomalía en la conglomeración de todas las experiencias que tuve ahí, pues prácticamente en todas las demás fui el más “ruco”.

Pero bueno, ¿a qué chingados voy con todo esto? Permítanme explicarles con una anécdota. La primera noche cenábamos en el oasis del carnaval conocido como la zona de prensa y una colega de un medio cuyo nombre prefiero no acordarme, hablaba de la escena musical mexicana en tiempos de antaño. Grandes experiencias nos contaba, y con enjundia. Seguramente fueron tiempos muy emocionantes e, inclusive, más que un simple movimiento musical. Lo hacía sonar como una auténtica revolución. Bastante fascinante todo lo que decía.

Corte a:

Exterior, escenario “comochingadossellame”, noche. Estábamos fumando un porro y llegaron dos morras de veinte años a pedirnos un toque. Se los dimos y hubo ahí un intercambio chido de buena vibra. Morras muy buen pedo, las cabronas se vinieron directo a la fiesta con todo y maletas en vez de esperar a quien sabe quién, que después llegaría con sus respectivas tiendas de campañas. Querían pasar un buen rato, igual que nosotros, igual que todos los que estábamos ahí. Pasó algo de tiempo y, me veo muy obligado a creer que el intercambio con las morras incendió la chispa de aquella colega, pues una vez más remembró los viejos tiempos, pero en esta ocasión hizo un comparativo con la actualidad y usó la palabra “maricas” para describir a la chaviza. La música de aquella noche fue puro punchis, y todo indicaba que la colega también la recibía con algo de rencor (excepto cuando pusieron algunas cumbias, de hecho intenté bailar con ella pero más bien me usó de trompo).

Ahora sí. Repito las preguntas, y espero que ya signifiquen más para ustedes, estimada audiencia. ¿Qué culpa tiene la música? ¿Qué culpa tienen los asistentes? Mierda, ¿qué pinche culpa tienen de no haber nacido en otra época? No es mala leche para la colega, solo me gustaría que pudiera darse cuenta de cómo eventos como Bahidorá son para esta generación lo que para ella fueron los tiempos de sus anécdotas. Es cierto que dichos eventos ahora ocurren bajo el espectro capitalista a más no poder, y por supuesto que no es para nada un movimiento social, pero permítanme hacer una aseveración que quizá parezca algo controvertida: ESTO ES BUENO. Es bueno pues libra al “movimiento” de aquellas hipocresías identitarias, o dicho de una manera más simple, de pretensiones, aún con todo el narcisismo que lo rodea. Es más, ni siquiera llamémosle “movimiento”, porque fuera de andar bailando treintaiséis horas seguidas, no hay nada de esto. Simple y sencillo, la banda quiere fiesta, y eso no está mal. Lo que creo que hace daño es más bien que la gente ande pensando y pregonando el odio a todo lo que tenga que ver con actualidad. Todo por el obstinado hecho de no aceptar que cuando creces es muy probable que las cosas nuevas ya no apelen a ti, a cómo apelan al resto del mundo. De ESTE mundo, que por cierto, resulta ser uno que está diseñado para jóvenes.

Veámoslo así; la colega, Ale, Ana, Diego, mis amigos, mi carnal, la vieja que andaba con las chichis de fuera jugando frisbee, el men hasta el pito que tenía un chingo de frío y que se quería echar a la fogata como remedio, el Charlie (que desubicó su tienda de campaña en la primera noche y la anduvo buscando con una morra de seguridad por horas y cuando llegaron, ella le pidió a cambio que la dejara dormirse ahí con él), las chavas hula hula, la banda que se fue con penachos nativo americanos que muy probablemente desconozcan el concepto de “apropiación cultural”, los dealers, los chacas, los fresas, los organizadores y sus derivados jerárquicos que nos negaron comida el sábado por no ser un medio “oficial”, las chavas y chavos que más bien tomaron el evento como una pasarela de modas, la banda que no dejó de hablar entre ellos un segundo en la presentación de Kamasi Washington, la pareja que le pareció buena idea llevar a su bebé y que por lo menos tuvieron la inteligencia de cubrir sus oídos, los escasos hexagenarios, y por último, un servidor, ya tenemos algo en común: Fuimos a Bahidorá, por motivos distintos probablemente, pero al carajo, todos fuimos satélites orbitando alrededor de un fenómeno, el más hermoso de esta cosa llamada vida; la música, y creo firmemente que ese hecho debería de formar un lazo poderosísimo y no aquella maldita segregación que ya de por sí nos invade y carcome demasiado día tras día.

Por un fin de semana, hubo esta ilusión libre de segregación y demás porquerías, conocida como Bahidorá, y fue una que ni el mismo Jaime Camil y compañía podrían haber fabricado en el universo de su película. Les repito, ingenuos fuimos al burlarnos de él y su discurso en el camino a las Estacas. Para la próxima vez que el destino ponga en mi camino una peli así, le voy a poner mucha atención. Carajo, espero con muchas ansias disfrutarla (y en una de esas encuentro amor puro igual que Jaime) y de hacerlo, estoy seguro de que no significará hacerse viejo, sino más bien, crecer.

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