¿Con beso o sin beso? El lugar de los límites. Entrevista con La Chona

por Aldo Rosales
@AldoRosalezV

I

—¿Con beso o sin beso?

—Sin beso —contesta el niño, luego voltea a la cámara que sostiene su padre y sonríe al lado de La Chona, a quien ha pedido que se tomen una foto juntos.

El luchador se lleva la mano derecha a la cadera, que arquea en gesto casi de vedette, y ladea el cuello a la derecha frente a la cámara, con una sonrisa de labios rosas abierta y franca, mientras sus ojos, pintados de azul y rosa metálico, se entornan en gesto coqueto. A través de las aberturas en las piernas de la malla azul que cubre todo su cuerpo (a excepción de la espalda y el rostro) se pueden ver las medias negras que lleva puestas; sus botas blancas lo hacen ver más alto. Son las siete en punto y la noche ya es una presencia más en la arena. Un segundo después de que la luz los baña, La Chona estrecha la mano del niño y sigue recorriendo los pasillos de la Arena San Juan, como quien busca o espera. Luego, al llegar a la entrada del lugar, saluda a tres niñas que lo miran hacia arriba, un tanto extrañadas. “¿Cómo van en la escuela?”, pregunta el luchador exótico, y luego les besa la mejilla; tal parece que se siente más cómodo besando mejillas que estrechando manos.

II

La Arena San Juan es un edificio echado hacia adentro; desde afuera, pareciera sólo un bloque de concreto forrado por un mural que representa a diversos luchadores, cuya pelea es más contra el desgaste de los días que contra ellos mismos. Ahí arriba, en alguna parte de la fachada, hay una alarma que el único desastre que anuncia es el paso del tiempo. La única ruptura del macizo de la fachada es una pequeña puerta que sirve como entrada y salida, a cuyo lado está la diminuta e inverosímil taquilla. En las paredes, un cartel entierra al anterior; esta arena es el palimpsesto donde el aire escribe el mensaje de la vida.

La avenida sobre la que se halla apenas puede llamarse así: es una calle angosta que se estrecha aún más por los autos estacionados sin orden aparente, a ambos lados de ésta; aquí el espacio parece no bastar y las cosas existen en un orden que apenas merece ese nombre.

Un altoparlante repite el mismo mensaje una y otra vez, donde se anuncia a los luchadores que estarán presentes en la función de esta noche. Si el tiempo es cíclico, y nada es nuevo, esta es la muestra. Sobre la calle, tomando un trozo del ya de por sí escaso espacio, una mujer y su hija esperan dentro del puesto de máscaras y playeras que han montado con tubos y trozos de tela negra. A unos pasos de ellas han instalado, sobre la banqueta, otro puesto, este vigilado por una familia más numerosa (padre, madre y dos hijos pequeños) donde también se venden máscaras y playeras, además de figuras de luchadores.

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—Los luchadores son impuntuales, si te dijo que a las cinco te va a ir bien si llega a las siete y media.

El hombre que vigila la entrada me ve pasar por décima vez frente a él. Hace cuarenta minutos, cuando me acerqué a preguntarle por La Chona, con quien ayer concerté una cita por teléfono, me indicó que la función comienza a las ocho, pero hay una convivencia programada a las siete. En este preciso momento, son las seis de la tarde con quince minutos.

—¿O no? —agrega con la vista en la mujer de la taquilla, quien asiente de forma lenta, lapidaria, con la cabeza.

—¿Y no es posible que llegue por la entrada trasera? —pregunto.

—No hay entrada trasera; por aquí se entra y se sale.

—¿También los luchadores?

—Todos, todos entran y salen por aquí.

Doy las gracias y me alejo un par de pasos hacia atrás. No es posible, no hay arenas sin entrada trasera, pienso, y rodeo la cuadra para cerciorarme de lo que me están diciendo. No mienten: la parte trasera de la Arena es un silencio gris, un muro altísimo de ladrillos a cuyo lado reposa una capilla recién remodelada; frente a esta, un hombre devora un trozo de sandía que tomó de la carretilla que venía empujando. Remueve con los dedos las partes podridas de la fruta y sus manos sucias brillan con el jugo.

Vuelvo a la parte frontal del edificio luego de revisar mi teléfono y darme cuenta de que no hay mensajes de La Chona. El anuncio del altoparlante sigue su peregrinaje circular en el aire, y ahora hay, junto a los puestos de mercancía, un hombre que vende cacahuates en diminutas bolsas. Alcanzo a escuchar a la mujer de la taquilla mientras contesta las preguntas del vendedor, que es casi un adolescente.

—Son 300 pesos por instalarte aquí afuera para la venta; eso es lo que pagaron las señoras de las máscaras.

—Pero sólo es una canasta, chiquita —revira el hombre joven, mientras abre tímidamente los brazos, como si sostuviera una vasija inexistente— como de este tamaño.

—Es lo que se cobra.

A un costado de la entrada se posan un hombre y una mujer, a quienes sólo separa un niño, que lleva entre las manos una figura desgastada de luchador. Discuten, sopesan, calculan, y bajo sus voces, que hablan del precio de las entradas y del presupuesto con el que cuentan, la tristeza fluye como un riachuelo. La madre del niño se acerca nuevamente a la taquilla y pregunta a la mujer, a quien es imposible ver detrás de los anuncios que tapian la ventanilla, sobre el precio del boleto.

—Ciento veinte en gradas.

—¿Niños también?

—Es costo general.

Regresa al lado de su marido y susurra el precio. Vuelven a hablar en voz baja, como si la pobreza fuera un delito, y sus ojos rehúyen la mirada del otro. Bajo ellos, entre sus cuerpos, el niño mira las figuras del puesto grande. Las manos del hombre escarban en las bolsas de su pantalón viejísimo, mientras las de la mujer permanecen exangües sobre el pecho, cruzadas. Entre los labios del hombre, que parecen haber sido fabricados en la marmolería al lado de la arena, un cigarrillo se vuelve torre de ceniza.

—Ey, te hablan.

La mano del hombre de la entrada se agita frente a mis ojos y me señala, con el pulgar, a la persona detrás de él: un hombre de cabello largo, vestido con camiseta entallada sobre la que lleva una camisa gris sin abotonar. Nos estrechamos la mano y me invita a seguirlo por el pasillo que da entrada a la Arena. Me pregunta si llevo mucho tiempo esperándolo, luego murmura algo sobre el tiempo. Sus palabras se pierden en el aire, se disuelven como el cigarrillo de aquel hombre.

El pasillo, tras una cortina amarilla, florece en un espacio de bóveda altísima, en el centro hay un ring que contrasta con el resto del edificio, cuyas paredes son opacas. Las sillas alrededor del ring varían en tonos y modelos: la mayoría son de tijera, aunque algunos asientos son parecidos a los de los cines, y quizás ese es su origen. Un barco de concreto flotando a la deriva en la ciudad, cuyos restos permanecen a pesar del tiempo, eso parece ser la Arena San Juan. La Chona me invita a sentarme y me pregunta si ya conocía el lugar. Cuando le digo que no, asiente con la cabeza y después se queda en silencio.

—Hagamos esto: dame chance de cambiarme y comenzamos con las preguntas, ¿te parece?

Apenas contesto, desparece tras la cortina púrpura que separa el área de vestidores del resto de la arena.

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III

Es un día caluroso en la Ciudad de México: el tiempo es una sábana húmeda y caliente que se tiende sobre los edificios y las calles; una mortaja de smog sobre una urbe que amenaza con morir a cada instante y, sin embargo, sigue de pie.

A unos metros de la entrada a la estación General Anaya, un microbús arranca y se incorpora lentamente a la circulación: va con destino a Las Torres, según anuncian los letreros adheridos al parabrisas. Quien lo conduce, un hombre de mediana edad, cabello largo en forma de cola de caballo y mirada tranquila, tiene un par de cicatrices en la frente, que se arruga un poco más cuando aprieta los ojos por el destello del sol en los demás autos.

Casi al terminar el recorrido, que duró más de una hora, el último pasajero, un hombre de mediana edad que viajó todo el camino en el último asiento, se pone de pie y avanza hacia el chofer, que lo mira de forma un tanto recelosa a través del espejo retrovisor, para luego volver a colocar la vista al frente, en las calles que parecen derretirse.

—Yo a usted lo conozco.

El chofer mira intermitentemente al espejo y a la calle frente a sí, luego niega con la cabeza, apenas.

—Sí, yo a usted lo conozco —insiste el hombre, en un tono calmado, seguro— yo lo conozco.

La frente del conductor se arruga nuevamente, y vuelve a decirle al hombre, ahora con palabras, que se equivoca.

—Usted es La Chona —asegura el hombre— con razón se me hizo conocido ahorita que me subí.

La mirada en el retrovisor se ablanda, y una sonrisa le rompe el gesto de hace un momento.

—Sí —contesta—la verdad sí soy yo.

Intercambian un par de palabras más, hablan del trabajo del luchador en una función pasada y después el hombre, que no dijo cómo se llamaba, desciende de la unidad, que ahora está vacía. Hay una similitud entre los asientos vacíos de la Arena y los asientos vacíos de este vehículo, aunque quizás a La Chona no se lo parezca así. No sabe si le molesta o le agrada que lo hayan reconocido en su otro trabajo, el que por lo general, a diferencia del otro, realiza de día y donde casi nadie repara en él.

 

IV

Chona2La Arena San Juan se llenará en un par de horas, poco a poco, hasta estar repleta, en un proceso casi imperceptible; las calles y este recinto son parte de un reloj de arena, donde el tiempo se mide a través de los granos multicolor que se vierten de un lugar a otro. Familias enteras (de hasta ocho miembros), parejas que aprovechan cada descanso en la lucha para besarse, niños que gritan los improperios que han aprendido aquí mismo; ellos poblarán el lugar dentro de poco. Un grupo de jóvenes, de entre 15 y 19 años, desplegarán una manta en apoyo a una de las luchadoras que desarrolla su labor en el encordado. “Putos a la izquierda, putos a la izquierda”, van a entonar al unísono, e inclinarán sus cuerpos hacia ese lado, impulsados por la fuerza centrífuga de su fervor, porque dentro de las divisiones existentes en la arena (palco general, ringside y filas) hay más subdivisiones; siempre hay que inventarnos más separaciones, como aseguraba Brodsky.

—Y entonces, ¿por qué decidir ser exótico en un medio donde la fuerza masculina parece ser el bien más apreciado?

La Chona agita un poco la cabeza, sonríe y prepara la respuesta. A su lado, sobre la banquita de cemento donde acabamos de sentarnos, una pequeña radio portátil deja escapar la voz de José José, cuyas notas polinizan el aire caliente de los vestidores. La Chona siempre pone música mientras se viste, mientras pasa de ser una persona a un personaje, me comenta, y asegura que necesita escuchar canciones para prepararse, para entrar en personaje y comenzar la transformación. En su maleta se esconden el maquillaje y la ropa que traía cuando nos vimos.

—Todo empezó como una broma —vuelve a sonreír— cuando entrenaba en el gimnasio de El Novillero, Óscar Sevilla. Yo en ese tiempo luchaba bajo el nombre de Metatrón, mi segundo personaje, después de Niño Mortal (porque era muy joven, quince años apenas, y mi repertorio contaba con muchos mortales); un personaje más fuerte, de aspecto rudo y colores firmes, muy en concordancia con lo que se estilaba en aquellos años. A ese gimnasio acudía a entrenar, con bastante frecuencia, Mayflower, y en una ocasión comencé a imitarlo, sólo como broma, y los compañeros me dijeron “oye, qué bien te sale, ¿por qué no te vuelves exótico?”

—¿Y qué te pareció la idea?

—Mi primera reacción fue de rechazo. “¿Qué pasó?, yo soy machín”, les dije, pero insistieron, dado lo bien que imitaba los gestos de Mayflower. Decidimos entonces, ya pasado el tono de broma, formar una tercia de exóticos: La Chona, La Petus y La Nacha, que rivalizara con una tercia de teporochines: queríamos crear un espacio idóneo para la picardía y el humor, algo que apelara al público y hacer así que se involucraran un poco más con lo que sucedía arriba del ring, que se calentaran.

—¿Y cómo fue la recepción del público?

—La gente, cuando ve este tipo de personajes, tiende a discriminar. “Ay, mira, el jotito” o, “mira, el maricón”. Sin embargo, de parte de los niños había buena recepción: en lugar de sentir aversión, o mofarse, se acercaban a pedirme un autógrafo o una fotografía. Mis compañeros (La Petus y La Nacha) decidieron que eso no era lo suyo, que no se sentían cómodos con los personajes; sin embargo, yo encontré mi nicho ahí. Puedo decir, con orgullo, que fui pionero en la cuestión de hermanar el carácter de exótico con la lucha técnica, porque antes los exóticos eran rudos.

—¿Y la gente cómo veía esta nueva mezcla? Ser técnico y exótico.

—Bien, les gustó el concepto. Porque antes, y te hablo de los primeros exóticos, los personajes eran más bien, cómo decirlo, metrosexuales; ahora estábamos frente a una personalidad más extravagante, más colorida y abierta, y que no estaba peleada con la calidad desplegada en el cuadrilátero. Claro, los insultos de algunos aficionados seguían ahí, eso es común.

“Putos a la izquierda, putos a la izquierda”, recuerdo pero, ¿a la izquierda de dónde? ¿Hasta dónde llega la aparente —o no aparente— discriminación hacia los homosexuales dentro de la lucha libre? Porque La Chona, si bien se encuentra dentro de un grupo de luchadores que parecen haber nacido para recibir más escarnio que el resto, se halla, a su vez, en una minoría dentro de la minoría: es heterosexual. Y según sus propias palabras “los mismos compañeros exóticos te ven distinto, a lo mejor creen que te burlas, y los demás compañeros también se burlan. No estás ni aquí ni allá: es como si fueras de un grupo aparte”.

Allá afuera, tras la delgada cortina y el escalón que separa los vestidores del resto de la Arena, un enjambre de ruidos, de las más distintas tonalidades y registros, cobra fuerza a cada momento. La Arena San Juan está en la zona donde colindan Estado de México y Ciudad de México; no es de aquí ni de allá. ¿Cómo saber dónde empieza una y termina otra? Imposible: la misma nomenclatura de las calles no deja nada claro. En ese sentido, La Chona se parece a este lugar donde ahora conversamos: no es de aquí ni de allá, su carácter de anfibio le da muchas ventajas (y el cariño de un grupo específico del público) pero también le acarrea los problemas que él mismo mencionaba.

El hombre detrás del maquillaje (que es, en realidad, otra especie de máscara) puede que sea distinto, puede que no llegue a conocerlo, pero el personaje es colorido, ruidoso, aunque tiene episodios de reflexión y análisis: de silencio. Como la misma Arena, que a veces calla de la nada. Quizás se han frecuentado tanto (quince años de luchar, periódicamente, en este sitio, me comenta La Chona) que se dio un proceso de mimesis, de simbiosis. O tal vez, es una opción, esto es algo común en el mundo de la lucha libre.

—Pero con todo y eso —continúa después de unos segundos de silencio, donde parece acomodar los pensamientos— estoy muy agradecido con el público y con lo que me han dado. A dos personas me debo: a Dios y a la afición. Sin ellos no hubiera logrado nada de esto.

La Chona antropomorfiza todo ese conglomerado de voces, de colores y de almas y les otorga carácter y voz: la afición, a quien dice deberse. Me pregunto si a esa persona incorpórea, inclemente en ocasiones y amorosa a ratos, La Chona le querría besar la mejilla.

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V

Hace ya un par de años (La Chona dice no recordar con precisión la fecha) una cajera de un conocido supermercado (joven de complexión delgada) no supo qué contestar cuando un hombre, de cabello largo, nariz aguileña y mediana estatura, le preguntó si ella recordaba los días en que aquel lugar era una Arena y no un negocio. La mujer no tenía una respuesta satisfactoria: cuando ella llego, ya las cosas eran así.

—Todo esto —le dije mientras señalaba al techo con la mano—era una Arena; fíjate en lo alto que está.

Miro al techo, como si fuera a mí a quien La Chona le hablara en ese recuerdo, y caigo en la cuenta de que rara vez volteo a ver el techo de algún lugar.

—Le pregunté si era posible que me dejara pasar para ver la parte de atrás, donde se instalaba el ring. No supo qué contestar y entonces se lo pregunté al gerente.

Y, por sorpresivo que parezca, el gerente accedió. La Chona entró al área donde ahora se almacenaban las mercancías, y recordó, mientras avanzaba por el lugar, quizás a la vista extrañada de algunos empleados, la última vez que luchó en ese preciso sitio, bajo ese techo altísimo.

—Fíjate cómo cambian las cosas —asegura— donde antes era una Arena, donde luché varias veces y hasta me rompí un brazo, ahora es un supermercado.
Se señala el brazo izquierdo, aunque no sé si fue ese el que se rompió en aquella lucha que en este preciso momento reconstruye tras sus ojos. Cuando le preguntó por qué quiso visitar el sitio preciso donde se colocaba el ring, qué lo llevó a acercarse al gerente para tal petición, sonríe.

—Son recuerdos que uno tiene, son los lugares por donde uno pasó y que forman parte de quien uno es. Son los orígenes, vaya, y te das cuenta cómo pasa el tiempo y cómo cambia la vida.

Imagino a La Chona mirando al techo, atrapando con la mirada los recuerdos que aún flotaban en el techo de ese lugar. El techo de estos vestidores, donde ahora conversamos, es muy bajo, y parece regresar a la realidad al hombre que en unos minutos luchará allá afuera.

VI

Faltan dos horas para que comience la función, cuyo primer encuentro estará protagonizado por La Chona; sin embargo, el ruido de gente se comienza a filtrar por la cortina y las paredes.

—También hay gente muy machista —continúa La Chona, después de la pausa que se tomó para hablar de los recuerdos y las primeras arenas en las que luchó— que te agrede sin motivo alguno, que te insultan más de la cuenta, sobre todo cuando ya tienen unas copas encima. Sin embargo, cosa curiosa, esa misma gente, ya afuera de la arena, ya que conocen a la persona que está detrás del personaje, me piden un autógrafo, una foto; platicamos y les pido que recuerden todo lo que decían allá adentro, pero yo no soy rencoroso, no es algo que forme parte de mi naturaleza: en cuanto lo hablamos, ahí queda el asunto.

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La Chona mueve las manos cuando habla, mucho. Insiste sobre la idea de que está en medio, con los pies sobre una frontera; no sólo él, sino los cinco o seis compañeros que, al igual que La Chona, son heterosexuales y exóticos: habitantes de un limbo porque no son completamente aceptados por los compañeros heterosexuales ni por los exóticos que son homosexuales.

—A lo mejor sienten que nos burlamos —aventura— no lo sé, pero lo que sí sé es que su aceptación no es total: algo en nosotros, en estos compañeros que, como te comento, están en la misma situación que yo, ser exóticos y heterosexuales, parece molestarles.

Se toma un momento de silencio.

—Si la lucha ya es de por sí un sacrificio —continúa— algo dificilísimo, imagínate ahora con este tipo de obstáculos que a veces los mismos compañeros nos plantean.

Se nos acerca un luchador enorme, entrado en kilos y altura, y nos tiende la mano. Al darse cuenta de que La Chona está siendo entrevistado, baja un poco la voz y retrocede, después vuelve, con gesto jocoso, y lo señala al tiempo que me pregunta:

—¿Ya te platicó de cuando nos fuimos juntos a Chapultepec? —luego, dirigiéndose a él, con una sonrisa franca, pícara— ¿ya le contaste, mi amor, de todo lo que pasó junto a la jaula de los changuitos?

La Chona, sonriente, le dice que ya todo eso está contenido en la entrevista. “Claro que ya le dije lo de Chapultepec”, afirma. Y es curioso que mencionen ese lugar en específico, porque minutos después, luego de una pausa, y de que le pregunto dónde surgió ese amor por la lucha, La Chona rememora que el primer encuentro que tuvo con ese deporte fue, precisamente, ahí.

—Yo no tengo familia en la lucha, nadie. Y la primera vez que estuve en contacto con el deporte, o con algo relacionado a él, fue en Chapultepec. En aquella ocasión El Santo, ese gran personaje, estaba ahí, repartiendo autógrafos y fotografías; iba seguido a ese lugar a darse vueltas en su carro: era todo un espectáculo. Yo supe que quería eso, supe que ahí estaba una parte de mi vida. Supongo que muchos de mis compañeros, es más, no lo supongo, lo sé de cierto, se acercaron a este deporte por ese gran ídolo.

La Chona se interrumpe por un segundo para mandar un beso a un luchador que acaba de ingresar a los vestidores. “Mi amor, te amo”, le susurra en un grito, luego se besa la punta de los dedos de la mano derecha y arroja el beso como un proyectil: ignoro si dio en el blanco o se perdió en el aire caliente de los vestidores.

—Y después —prosigue— uno de mis tíos me llevó a ver una función a la Arena Revolución, y entonces la idea, que estaba presente desde aquel día en Chapultepec, terminó de florecer. Después de eso yo solo, sin ayuda de nadie, me di a la tarea de buscar un lugar para comenzar mis entrenamientos; todavía cursaba la secundaria cuando sucedió esto.

—¿Y cuál fue la reacción de tu familia?

—No querían, estaban preocupados. Creo que, como todos los padres, estaban preocupados por mí, querían protegerme. Pero yo a escondidas iba a entrenar, hasta que, claro, un día se dieron cuenta, ¿y qué les quedaba? Apoyarme, solamente eso, y lo hicieron.

La Chona menciona a su familia con especial vehemencia, algo en su voz, amable de por sí, se suaviza todavía más. Se define como un hombre de familia, hogareño, y asegura que durante sus giras prefiere quedarse en la casa de algún amigo o promotor antes que pernoctar en un hotel.

—A veces me dicen (los promotores), un poco apenados, que no podrán ofrecerme un hotel ya no digamos lujoso, sino adecuado, y entonces les comento que de preferencia me ofrezcan una habitación en su hogar, un rinconcito, lo que sea donde pueda acomodarme: sinceramente lo prefiero, porque es mejor tener un amigo a un conocido o un simple colaborador.

Esto, como todo lo que hemos conversado, me lo dice sentado en un rincón de los vestidores, mientras mueve los pies (que le cuelgan de la banca) hacia adelante y hacia atrás y se deja envolver por las notas que siguen fluyendo de su radio portátil. A su lado, el cinturón que lo avala como campeón latinoamericano (y que lo ha llevado a viajar a Sudamérica, principalmente a Guatemala) reposa. Le pregunto a este respecto, a lo que significa ser campeón y viajar a otras latitudes para refrendar su calidad de monarca.

—Te llena de experiencias, de amigos, de conocimiento. Es precisamente en estos viajes donde pongo en práctica eso que te comentaba: yo soy un hombre de hogar, prefiero quedarme en alguna casa que en un hotel. Y eso mismo es lo que le hago saber a quienes trabajan conmigo: que una amistad es más valiosa que cualquier otro bien, que todos los días se aprende algo, se aprende de lo bueno y de lo malo. Inteligencia, se trata de inteligencia, para saber aprovechar cada situación y extraer algo positivo de ella, siempre algo benéfico habrá en el convivir con los demás, en estar rodeado de gente que trabaja contigo.

Sigue moviendo los pies de adelante hacia atrás, en un gesto francamente infantil, despreocupado. Si el tiempo que avanza hacia adelante puede ser medido por un péndulo que oscila horizontalmente, quizás el tiempo que retrocede, que horada más que avanzar, puede ser medido por el péndulo de las botas de La Chona, que va hacia adelante y hacia atrás. Otra melodía de José José, que no alcanzo a reconocer, trepa por las paredes del silencio que se toma La Chona para quizás, recordar algo de esos viajes que tanto le han significado.

VII

Chona7La Arena San Juan es una construcción intrincada, llena de pasillos y de escaleras que no van a ninguna parte. De techo muy alto, plagada de desniveles y esquinas, es una semilla de laberinto. En uno de los tantos nichos que alberga la construcción (a la que, al parecer, se le han agregado muros y cuartos al paso de los años) una virgen reposa sobre una cama de luces. Quizá ahí se encomienden algunos antes de subir a luchar porque, como bien señalan algunos, “sabes cómo subes, pero no cómo bajarás”. Allá afuera, los gritos y pisadas de la afición, ese ser al que La Chona lleva bien presente, estremecen el aire; un terremoto multicolor cuyo epicentro es el ring.

—No, el campeonato no estará en juego en esta lucha.

La Chona afirma que el cinturón que reposa a su lado, esta vez, no corre el riesgo de separarse de él.

El resto de los luchadores, que han terminado ya de cambiarse, hacen ejercicios de estiramiento y calentamiento; sus músculos brillan y se tensan. La Chona, sin embargo, luce tranquilo y se limita a seguir moviendo los pies, mientras la música, como la luz a aquella virgen, lo envuelve.

—Generalmente lo defiendo en Guatemala.

Como ya me explicó, son numerosos sus viajes a Centroamérica, donde es ampliamente conocido y admirado: es un hombre que constantemente viaja de un lado a otro de distintas fronteras, muchas de las cuales lleva por dentro. Cuando le pregunto por el retiro, esa palabra que a muchos luchadores parece asustar o poner incómodos, se nota metódico, calmado.

—Claro que tendrá que llegar el retiro, eso es algo que se sabe. Está el tema de las lesiones, que son parte de nosotros como luchadores, y eso es algo que, por más que desees ignorar, te acompaña. Pero también hay otras cosas que deseo hacer, algunas de ellas relacionadas a la lucha.

El equipo de sonido, allá afuera, anuncia el orden de los encuentros; el nombre de La Chona suena de pronto.

—Yo tengo mis fuentes de ingresos porque, como te dije, manejo el microbús y además vengo de una familia de comerciantes; es algo que traemos en la sangre, algo que es nuestro. Pero ahorita, además, estoy a punto de certificarme como instructor de lucha libre. La gente piensa que cualquiera puede llegar y ponerse a dar clases de lucha, pero esto, como todas las cosas, lleva un proceso.

Es casi la hora de comenzar la convivencia, por lo que no nos queda mucho tiempo para conversar. Quizá, dentro de algunos años, cuando La Chona ya sea un profesor certificado, y su papel ya no sea arriba del ring, sino abajo (cuando haya pasado la frontera entre aprender y enseñar) recuerde estos momentos, la brizna de voces y gritos que preceden al encuentro, y sienta la nostalgia que experimentó al descubrir que una de las primeras Arenas que lo vio luchar se había transformado en un negocio.

—Pero estoy feliz con lo que he logrado, con la gente que he conocido y los lugares a los que este deporte me ha llevado.

Nos despedimos, su apretón es cálido y su voz revela serenidad. Apenas dejar atrás la frontera de la cortina, que separa los vestidores del resto de la arena, el calor de la gente me golpea el rostro: la Arena San Juan está casi llena, y la gente consume los alimentos y bebidas que se ofertan en los pasillos; me recuerda a las fiestas de los pueblos. La Chona sale después de unos minutos y posa junto a un niño, que le pide una fotografía. “¿Con beso o sin beso?”, pregunta en tono jocoso, y después de la fotografía sigue recorriendo los pasillos.

Aquí adentro, una hora son tres mil seiscientos segundos de sal y furia, de color y vida; pequeños azulejos en el muro de la existencia, del tiempo. El niño, cuyos padres sopesaban en el paladar el precio del boleto allá afuera, pasa a mi lado con un luchador de plástico en las manos y mira, hacia arriba, a uno de los hombres enmascarados que vi allá en los vestidores. La Chona sigue saludando a quienes se le acercan, posa para alguna fotografía y después continúa su camino hacia ninguna parte en este laberinto menor. Comienza la primera lucha, donde La Chona, contrario a lo anunciado en el cartel, funge como second de otro luchador. Un hombre, sentado en la primera fila, trata de ver el combate, pero La Chona se interpone entre sus ojos y el encordado. Quítate, pinche puto, grita con una rabia apenas rabia, y La Chona voltea furioso para después acercársele. “¿Quieres que te dé un beso?”, amenaza, y el hombre y sus amigos ríen.

La Chona sigue observando lo que pasa arriba del cuadrilátero; sus botas blancas hacen crujir la madera que rodea el ring, pero el sonido se pierde entre los gritos de la gente.

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