Crear comunidad en tiempos de guerra

Durante estos cinco años de existencia, uno de los objetivos fundamentales de NoFM Radio ha sido la defensa de la comunidad. Esa idea tan resbaladiza nos ha sido robada en más de una forma, en particular durante los años del nuevo PRI en la silla presidencial. Uno de los grupos más vulnerados, pero que también ha levantado la voz con más fuerza, es el de las mujeres. ¿Cómo ha cambiado la discusión en torno a las comunidades a partir de los discursos de lucha por la equidad? ¿Cómo han florecido estos discursos en uno de los entornos más violentos de la historia de nuestro país? A partir de estas preguntas, convocamos a varias autoras a reflexionar acerca de la creación de comunidades desde diferentes trincheras y con distintos objetivos, en un momento en que los defensores de “el cambio está en uno mismo” atacan con más fuerza. Tras cinco años, lo que nos queda claro es que el futuro es colectivo y con Todo Menos Miedo.

Crear comunidad en tiempos de guerra

por Diana del Ángel
@espejodetierra

Uno de los episodios más significativos en torno a la represión en México ocurrió el 3 y 4 de mayo del 2006, en San Salvador Atenco, Estado de México, entonces gobernado por Enrique Peña Nieto. El despliegue, primero de la policía municipal, luego de la Policía Federal Preventiva y elementos de la Agencia Estatal de Seguridad, bajo las órdenes del entonces gobernador dejaron una larga lista de violaciones de derechos humanos, de entre las cuales, destacan las agresiones y violaciones sexuales a 26 mujeres. Otro rasgo significativo del mandato de EPN es el ocultamiento de las cifras de feminicidios en su gestión. Con estos datos, maquillados por la intensa y espectacular campaña televisiva, un fraude electoral y las historias, también silenciadas, sobre la sospechosa muerte de su primera esposa, EPN llegó a la presidencia.

Hasta el 6 de marzo del 2016, el portal Desinformémonos, daba la cifra de 6 mil 488 mujeres asesinadas bajo en mandato de Peña Nieto. Por desgracia, el número —aunque ominoso— de mujeres asesinadas en México, por el hecho de ser mujeres, es sólo una de las estadísticas del horror en el país, donde la muerte de hombres y mujeres en la guerra contra el narco, o las cifras en aumento de desaparecidos, o los casos emblemáticos como los 72 migrantes asesinados, la masacre de Allende, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa o el caso Tlataya son cosa de diario.

En este contexto, crear comunidades y diálogos implica una manera de resistencia abierta y ardua, aunque el panorama resulta desalentador. Uno de los propósitos de la guerra y del clima de terror que deviene de ella es generar aislamiento y crueldad en las personas. La conocida re-victimización al difamar a quienes han visto vulnerados sus derechos: el caso de Julio César Mondragón, de quien se dijo era líder de un grupo de narcos, o el más reciente de Lesvy Berlín, difamada desde la cuenta de la PGJ de la CDMX, dan cuenta de este mecanismo. Hay gente que contribuye a la revictimización, cree a pie juntillas que las víctimas no lo son tanto porque en cierto sentido se lo buscaron o se lo merecían. Hay quienes hacen patente sus ideas en el desprecio, en el silencio, en los mensajes violentos en redes sociales y, quienes son funcionarios o servidores públicos no sólo no ayudan a quienes se atreven a pedir justicia sino que ahondan más las heridas con violencia burocrática. Eso también es la guerra, o es el triunfo de la guerra impuesta desde hace años.

Creo que esta fragmentación, este aislamiento, sólo es posible de sanar creando diálogo. En mi experiencia, la escucha es el primer paso, escuchar con el corazón abierto a los otros. Una se siente en comunidad cuando es escuchada con respeto y amor; esa comunidad puede ser de dos o un pueblo entero. Pienso que no hay sólo una comunidad, sino varias, tantas como las necesidades de las personas que las conforman lo definan. Yo me siento parte de una comunidad de mujeres feministas, aunque no las conozca a todas, pero el feminismo no es un movimiento homogéneo, no hay una plataforma común, por ello a veces hay ataques entre colectivas y colectivos: desde luego no es el fin del mundo. Algo importante por aprender es que el diálogo implica disentir, y que el conflicto, incluso entre gente que tiene los mismos objetivos, siempre va a estar ahí y es necesario.

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Una de las experiencias más amargas es sentir los efectos de la violencia del Estado al interior de una comunidad, cuyo objetivo era buscar acompañar a víctimas o generar un cambio social o llevar a cabo un proyecto comunitario. Creo que muchos hemos pasado por eso, en distintos niveles y con distintos resultados; lo terrible es ver que las prácticas contra las que luchamos están dentro de nuestras comunidades. Pero si se piensa bien, no tiene nada de extraño, pues por más que no nos guste el sistema en que vivimos y que hagamos cosas para cambiarlo, al final en él nos formamos y no es fácil cambiar hábitos. Esto puede resultar frustrante si uno busca la perfección. Es duro despertar de esa idea y aceptar que, en verdad, la utopía no tiene lugar. Sólo existe lo que hacemos día con día.

Me parece importante hablar de esto porque creo que a veces pensamos, al menos yo lo he pensado, que para hacer comunidad basta con tener buenas intenciones o una amistad entrañable. Sin duda los lazos afectivos son parte de los hilos que unen una comunidad, pero no lo son todo; en última instancia, creo, hacer comunidad es un trabajo sostenido. Del día a día, de palabra por palabra, de acto y acto, es una labor más de gota que de aguacero, por decirlo de algún modo. Crear comunidad no es fácil y los resultados pueden parecer muy pequeños en comparación con lo que nos rodea; sin embargo sus efectos son duraderos y fuertes. Crear comunidad implica abrir puertas dentro de una misma y estar dispuesta a dejarse habitar por otras palabras, estar dispuesta a ver con los ojos del otro (no tanto para ser convencida, como para ampliar la visión propia).

De las múltiples comunidades que existen y de las que me siento parte, me gustaría hablar de esa comunidad imaginaria que se crea mediante la lectura de esa otra manera de narrar la violencia en México (me refiero a la propuesta que con más claridad han planteado las Periodistas de a pie, pero que por fortuna se ha replicado por otrxs). Esta otra narrativa complementa su sentido con una lectura muy consciente sobre la comunidad que se construye en la medida otras personas leen los textos. La imaginación en este caso no está vinculada a la no existencia, sino a la actividad de imaginar. Una comunidad imaginaria sería la que está imaginando a partir de lo leído, por ello es importante dar cuenta de las resistencias con que otras comunidades apartadas o silenciadas hacen frente a su realidad. Crear ese archivo de ‘otras historias’ es el principio de esa comunidad que nos imagina distintos cada día.

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Diana del Ángel (Ciudad de México, 1982) Poeta, ensayista y defensora de derechos humanos. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2010 a 2012 y del FONCA, en su programa de residencias artísticas, obtuvo la primera residencia de creación literaria otorgada por Fondo Ventura y la editorial Almadía, para terminar Procesos de la noche, un libro de crónicas sobre el caso de Julio César Mondragón Fontes.  Ha publicado Vasija (2013) y artículos sobre literatura en revistas como Tierra adentro, Este país, Cuadrivio, Casa del tiempo, Círculo de poesía y Artetipos. Actualmente realiza un Doctorado en Letras.

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