#CrónicaInmamable. La vida va para Observatorio y yo voy para Pantitlán: Belafonte Sensacional

Por Gabriel Gómez Hernández
@Chico_Calavera

Fotos: Alfredo Padilla
@padre_de_todo

Me he encontrado ya desde hace algunos ayeres con esta situación: ya no salgo de noche. De un tiempo para acá soy un renegado de la vida nocturna. Hay quien dice que “he madurado”, yo lo resumo en que realmente me he amargado, estoy cansado, o ambas. Antes, añoraba poder salir de noche, emborracharme, no llegar y despertar en lugares extraños con personas desconocidas. Ahora sueño con dormir temprano, levantarme tarde, hacer ejercicio y adelgazar unos kilos.

Y es que realmente son pocas las cosas que logran emocionarme, aunque estoy muy lejos de haberlo visto todo, hay cosas que ya no estoy dispuesto a ver ni repetir. Justo esto pensaba mientras conducía bajo la lluvia con destino a un lugar que conocía perfectamente bien, pero que tenía años que no visitaba y al que juré no volver jamás (ya no estoy para esos desmadres, me decía).

El Doberman Aragón debe ser uno de esos bares que solían ser de culto y terminaron siendo de lo más mainstream (lo que quiera que eso signifique), incluso yo toqué ahí en un par de ocasiones. Es la clase de sitio en el que va mucha banda bien “rocker”, en donde se congrega toda la policía de lo merol y en el que no hay lugar para algún popero trasnochado.

Lo que me llevó a volver al sitio en el que pasé gran parte de mis años universitarios fue algo muy simple y complicado a la vez: Belafonte Sensacional.

 

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Belafonte es una banda mexicana a la que escuché por casualidad un par de veces y me pareció una propuesta muy “entretenida” (con un par de escuchadas no podía hacer un juicio más amplio y comprometido), después me di a la tarea de buscar algunos videos y canciones sueltas, me gustó. Por otra casualidad me enteré de que una persona a la que conozco y aprecio toca en la banda. Eso fue lo que me motivó a ir a verlos a aquel sitio.

El Doberman, en mis tiempos era el lugar más concurrido de los aledaños a la FES Aragón (supongo que entre semana aún lo es gracias a los estudiantes borrachos), por esa razón me llevé una sorpresa al entrar al sitio y ver a lo mucho 30 personas. En ese preciso momento una banda tocaba y otras 2 esperaban su turno, entre ellos Belafonte.

Desparramados en sus sillas pude ver a Israel (Belafonte) y al Ale de la Portales. Probablemente su poco ánimo se debía al cansancio de tener llegar a hacer un soundcheck temprano y esperar 4 horas más para tocar, tal vez se fueron de fiesta ayer y sus organismos ya son tan viejos como el mío, o podría ser también el desánimo porque la audiencia aragonense no resultó ser tan comprometida como se esperaba y se dice; no lo sé.

El Ale se me acercó, lo saludé, le pregunté de qué va el toquín, dice que no sabe, que la lluvia espanta a la banda. Aunque yo creo que la banda es más como yo, que la banda se espanta sola, que la banda ya no sale. Al parecer nuestra vida va para Observatorio y nosotros para Pantitlán.

 

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El hecho de que no haya gente en un sitio a mí no me molesta ni me desanima, al contrario, me parece mucho más cómodo y “personal”. Aunque entiendo perfectamente que para un músico es importante que haya público, que al final, la misión de una canción es que llegue a un par de oídos en los que encuentre empatía y se quede a vivir ahí al menos por un tiempo. A veces me pongo de lo más poético, lo sé.

Por lo que me habían contado, Belafonte Sensacional tiene fama de ser una banda que ejecuta bien en el escenario, formada por buenos músicos y con composiciones de primer nivel. Pero también sabía que esa es sólo la punta del iceberg; que la banda es todo un espectáculo en el escenario, que la interacción con su público sobrepasa lo “común” y que en una buena noche los asistentes se vuelven parte de la banda. Eso tenía que verlo.

Después de un par de cervezas y de escuchar a otra buena banda antes de ellos, estuve listo para ver lo que “Los increíbles Belafonte Sensacional” (según palabras de Citlali de Tralalí lala, quienes también tocaron el sábado y de quién escribiremos posteriormente) tenían para ofrecer.

En esta ocasión fueron sólo 5 de ellos: Belafonte (guitarra y voz), El Ale de la Portales (armónica y “sonidos orgánicos”), Cristóbal Martínez (batería), “Miroux” (bajo) y Julio “Maldad” (guitarra), digo que eran “sólo” 5 porque yo he visto videos en donde la alineación puede ser hasta de 7. Supongo que esto es como en el futbol, a veces no se puede convocar a todos a los partidos.

Suben al escenario, comienzan a tocar, y de inmediato se siente ese poder que pocas bandas pueden transmitir. A Belafonte en la primera canción se le estropea la guitarra, pero todo se soluciona con un: “ni pedo”.

Esta banda tiene una virtud (o ésta es la que a mí más me agrado) y es que te van contando historias que en verdad llegan a provocar empatía. Sin importar que la asistencia fuera poca, la banda tocó como si estuvieran en el Zócalo capitalino. Llegados a este punto, hay 2 opciones: o disfrutan mucho lo que hacen sin importar muchos factores como asistencia, dinero, prestaciones, etcétera. O realmente son unos geniales actores, quienes con sus mentiras pueden provocar que las personas conecten con ellos en dos canciones y que se queden a ver qué pasa hasta el final del toquín. Cualquiera que sea el caso, son excelentes.

 

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Sus piezas tienen vida propia, de un tiempo para acá me gusta mucho usar esta expresión de “proyecto vivo”, y en el caso de los creadores de “Valedor”, esto es cierto: pareciera que el ánimo, la música y la banda van mutando dependiendo del momento. No, no he fumado mariguana (no al escribir esto al menos), pero esa es la percepción que me dio, que cada canción llega a ciertas personas en específico dependiendo del estado de ánimo o las circunstancias por las que atraviesan en determinado momento.

Belafonte Sensacional, como algunas otras pocas bandas (afortunadamente conozco a varias de ellas) tienen canciones que bien podrían o merecerían ser himnos, canciones que fácilmente podrían ser una de las referencias claras del rock en México. “Valedor”, “¿Quién es San Charbel?” o “Lo hice por el punk”, son ejemplos claros del buen dominio del lenguaje de Israel y de la capacidad inventiva e interpretativa de la banda.

No sé si les ha pasado, pero yo no recuerdo cuándo fue la última vez que escuchar y ver una banda en vivo me emocionó, y no, no es que sea un escucha exquisito ni mucho menos; es más bien que tengo claro qué es lo que me gusta y qué es lo que puede lograr que salga de mi casa un sábado por la noche, y Belafonte Sensacional es ese tipo de banda.

Cuando yo hablé con el Ale para que me invitara a verlos tocar, le decía que nos invitaran a Padilla y a mí a un toquín chido, uno con un chingo de gente, uno que consideraran muy importante para que hiciéramos una gran crónica o lo que sea que yo escriba. La verdad es que creo que tuve suerte de ver a la banda en una presentación con tan poca audiencia, eso me dejó claro que no importa cuántos asistentes haya mientras toque Belafonte. Si sobre el escenario están Israel y sus muchachos, sin duda el show valdrá la pena aunque sean 3 los que brincan del otro lado del escenario.

 

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Después de esta noche, casi me da pena no salir más los fines de semana, casi me siento culpable. Después de esta noche me pregunto de qué más me he perdido, cuántas notas he dejado escapar por no dejar la flojera y la apatía de lado. Aunque ya haciendo un análisis más profundo, no me arrepiento, noches como éstas son las que me hacen pensar que si lo hiciera seguido seguramente no lo disfrutaría tanto, ya estaría saturado de bares, bandas y alcohol. Eso ya no es para mí.

Mi vida, como la de la mayoría de las personas, va cambiando y pienso diferente cada día, cada semana o cada mes. Esta semana por ejemplo, ya tengo claro que va a decir mi epitafio, aunque espero que para mi muerte falte mucho, gracias a Belafonte hoy me puedo morir pensando que todo valió la pena, que todo tuvo sentido, al final… lo hice por el punk.

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