David Bowie: sonrisa y desesperanzas

Por Iván Cruz Osorio
@IvanCruzOsorio

Escudriñar en la obra artística de David Bowie es aventurarse en la vida de un renacentista de nuestros tiempos. Un ser inclasificable, inasible, que incursionó en la actuación, en el mundo de la moda, y, desde luego, en la música (como ejecutante, compositor, cantante, productor). Desde luego, Bowie no es producto de generación espontánea ni de una abrupta caída a la Tierra desde el espacio, pero así parece. David casi siempre ha caminado sobre la Tierra y sobre todo en el mundo música como un ser adelantado a lo que se oye y dictando lo que se escuchará; pero esto se ha dado porque, como todo gran innovador, ha sabido tomar lo mejor de las mentes a su alrededor y de sus predecesores. Admirador ferviente de Bob Dylan a quien realizó varios homenajes, incluso en las primeras versiones de “Space oddity” se puede percibir el estilo dylanesco en Bowie; ni hablar de la influencia del Pink Floyd de Syd Barret, de Iggy Pop y The Velvet Underground que empezarían definir el glam de Bowie y la creación de su alter ego: Ziggy Stardust. Durante años la etapa glam de Bowie fue deslumbrante para mí, escuchaba una y otra vez los discos The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y Aladdin Sane (1973). La icónica figura de un alienigena andrógino que rockeaba con un teatral, furioso y seductor magnetismo, las letras entre folk y psicodélicas, la vestimenta y maquillaje salidos de una fiesta queer era una bomba a los sentidos. Recuerdo el día exacto que escuché por primera vez la rola “Moonage Daydream” el día de mi cumpleaños en 1996, mientras vegetaba en el tercer piso de un edificio del barrio de La Merced, esperando la llamada de felicitación de mi entonces volátil novia. En contra del estado de gracia de lo cursi, la llamada nunca llegó, pero para ese momento yo estaba repitiendo una y otra vez, a todo volumen, esa canción de imágenes tan bizarras y abiertamente sexuales, de fuerza en la guitarra y el bajo. Una locura muy lejana a mis gustos de la época basados en los frezoides de Blur, o un incipiente Radiohead (antes del Ok Computer). Esa rola, fue la rola durante gran parte de mi adolescencia.


Posteriormente, una amiga de Guadalajara se compadeció de mi obsesión y con alguna tapatía intención me compró el casete de Heroes, en realidad ella sólo quería dedicarme la canción homónima del disco, que, en efecto, es devastadora. Desde luego, la de ojos tapatíos fue mejor novia a distancia que las novias distantes que me conseguía acá en el barrio. Gracias al regalo descubrí los discos que integraban la llamada “Trilogía de Berlín“: Low (1977), Heroes(1977) y Lodger (1978), que finalmente significaron encontrar al Bowie más endiabladamente entrañable para mí, la colaboración del genial Brian Eno (ex Roxy Music, otra banda glam de mis amoríos) fue providencial para darle a Bowie un vuelco a su música y sus letras. Con Eno, Bowie descubrió que las canciones no siempre deben contar algo (es más, a veces, no deben decir nada), y lo llevó a la creación de letras más oscuras, más metafóricas y menos explícitas. En el sonido hay, desde luego, el uso de sintetizadores por parte de Eno, que crearon una unidad característica en los tres discos, además de la extraordinaria producción de Tony Visconti y la participación en la guitarra de virtuosos como Robert Fripp (King Crimson) y Carlos Alomar. En los dos primeros discos encontramos brutales canciones instrumentales que literalmente configuran a un nuevo artista, muy lejos de Ziggy Stardust y el Bowie clavado en el soul, hallamos un músico que experimenta en cada instrumento y técnica de grabación para obtener un sonido único. Bowie deja de lado el coro fácil, el puente clásico, la música tipo jingle, las melodías melosas y tampoco se sube al carro fácil del punk; más bien escucha los sonidos de bandas experimentales alemanas como Neu! y Kraftwerk, y ahonda en las posibilidades junto a sus compañeros obsesivos Eno y Visconti. El resultado es quizá la aventura más radical del rock y un sonido que es fresco y novedoso hasta nuestros días.

Bowie

Mis desencuentros con el camaleón se dan en el terreno de mi obsesiva búsqueda por verlo y escucharlo en vivo. En 1997 vino por primera y última vez a México, se presentó en el Autódromo Hermanos Rodríguez, que fue un bestial acontecimiento. Mis suplicas para que mi madre me cooperara para el boleto al principio infructuosas, tuvieron posteriormente un éxito deprimente al sólo encontrar entradas con los revendedores que hicieron todo lo posible por evitar que tuviera mi asiento a un precio más o menos lépero para nuestros bolsillos rotos por el “error de diciembre” (Salinas/Zedillo). Lloré, vaya que sí, como con esa novia (de a devis), que ese mismo año me dejó desvestido y alborotado. No obstante, esta primera caída, sólo me sirvió de impulso para llegar en 2007 a Nueva York, lugar donde radicó en su etapa más hogareña y ermitaña, tras su primer infarto ocurrido en Alemania en 2004 mientras promocionaba su disco (2003). Recorrí como buen fan el barrio de Nolita de Manhattan, conocido por los músicos, actores, artistas que habitan esa zona que colinda con el barrio de Greenwich Village y el área universitaria de la Universidad de Nueva York, de Washington Square Park y hacia el sur con el Barrio Chino. Una zona rica en restaurantes alternativos, bares de jazz y blues, pubs para estudiantes, librerías, cinemas y teatros de obras experimentales. Es decir, una zona pretenciosa e indignantemente excitante para mi espíritu cuartomundista. Caminaba al menos dos o tres días a la semana por la calle Lafayette, frente al número 285, que sabía que era su edificio, esperaba, leía un rato, tomaba café en un lugar cercano, y nunca tuve suerte. No estuve solo, al menos, dos o tres fans, más de uno con pinta de Mark David Chapman, lo esperaban también para que firmara sus discos en vinyl. Desistí en ese momento, pero cada año hasta mi más reciente viaje a Nueva York en 2013, iba a esperarlo frente a su edificio, con la fe de quien espera la sonrisa y la palabra de quien le ha enseñado que no hay esperanza, sino sólo un arte sin concesiones, y lo transmite de manera rotunda en su obra. Con su muerte se cierra un ciclo en que viviremos más cerca de la esperanza cínica que nos mostró Bowie y que nos reafirma en su último disco y su última canción Blackstar

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