De Informe a infomercial. El No informe de EPN

Por Diego Mejía

El Palacio Legislativo de San Lázaro, sede del pleno del Congreso de la Unión y de la Cámara de Diputados, es uno de los gestos supremos de la estética “estalino-priista”. Sus formas duras y sus líneas rectas, además de su Escudo patrio (pétreo), nos imponen el peso de la nación: México es una patria milenaria, no lo olvide señor ciudadano.

Sin embargo, la obesidad del edificio no hace más que representar lo que sucede: el ciudadano no está invitado a su edificio parlamentario, en el que trabajan quienes dicen representarlo. Si la arquitectura es una forma política, en el caso mexicano el mensaje se asume plenamente: por tradición, política nacional es de un solo hombre, de un solo partido.

No es coincidencia que además del mexicano, los parlamentos de Corea del Norte, Cuba y Rusia, estén construidos de una manera de pedestal, una manera que privilegia la admiración sobre el diálogo.

A pesar del origen, se extraña la pantomima del Informe del Ejecutivo: se fingía un mensaje a la nación (tecnicismos que no dicen nada), énfasis emocional, una respuesta calculada hasta el borde de la coreografía, y aplausos sugeridos, aplausos que callaban los gritos de los pocos representantes de la incómoda oposición. Mucha mentira en un país experto en la gesticulación. Cómo olvidar las pancartas, los chiflidos y las máscaras de cerdo en la tribuna. Eso es, justo, lo más importante de un Informe presidencial: el enfrentamiento de un poder contra el otro, la comparecencia del jefe del gobierno a los ciudadanos representados en su congreso. El diálogo es un terreno vedado los mexicanos, parece.

El actual formato es la simplicidad del mensaje: el presidente envía con su secretario un informe por escrito al presidente de la mesa directiva del pleno del congreso; en la era del acceso a la información, el ciudadano se debe atener a filtraciones. El Legislativo no le vale ni un día al presidente. Luego, en sus aposentos reales, imperiales, emite un mensaje desde un set televisivo, el diálogo institucional, y entre poderes, terminó como un infomercial con oropel y tabla roca, con catering y floor manager.

La carísima democracia mexicana es un lujo en un país de necesitados: no es más que la traducción electorera de la legitimación del poder.

En un país ajeno al diálogo, se debe evitar la discusión y el enfrentamiento de las ideas. Mejor lo hacemos por escrito: te mando un memo, te respondo el tuit.

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