Consumir nunca es tener. Desapego o la construcción de la identidad

por Daniela Orlando
@danieltitlán

Todo conocimiento viene sólo desde la piel.
B.K.S. Iyengar

El apego (upadana) es un concepto usado en el hinduismo y en el budismo que significa agarrar, aferrarse o, literalmente, consumir. Ha sido adoptado por la cultura occidental para explicar el engaño de la felicidad a través del consumo, pues para el budismo, el apego es una de las razones del sufrimiento.

El desapego es claramente la ausencia de apego, pero se ha convertido en una referencia de la vida moderna porque buscamos en ese concepto la respuesta a una pérdida o separación dolorosa.

Obtener y consumir

Ya sabemos que el dinero no da la felicidad (o de eso nos convencimos a falta de otra realidad), pero permitimos que los discursos sociales se fortalezcan a través de los poderes adquisitivos de objetos o situaciones expresadas en lo material; es decir, quizá no nos interesen las joyas, los automóviles y distintos objetos asociados a la riqueza, pero sí viajar, comer, asistir a conciertos, festivales y lugares de interés común. Asumimos que la felicidad implica la posibilidad de gastar y consumir. No suficiente con alimentar nuestro deseo, consumimos de manera frecuente y efímera,  que gastamos más por satisfacciones menores. Esta ha sido la lógica de mercado en tecnología, moda, entretenimiento e incluso el mercado sexual, por lo que hemos relacionado el bienestar, placer y felicidad a la capacidad de obtener algo, y no necesariamente a través de la experiencia.

En los primeros meses de vida (incluso sucede desde el vientre) somos seres sensoriales, lo que significa que aprendemos y reconocemos a partir de los sentidos; claramente nuestro cerebro no está formado, por lo que nuestras capacidades cognitivas apenas empiezan a vislumbrar de qué va la vida terrestre y para conocer hace uso de los sonidos, el olfato, tacto, los sabores y por último la vista. Como les he explicado, no es un proceso lineal progresivo sino que va sumando elementos cada vez más complejos.

El tacto, en conjunto con la boca, cobra muchísima importancia porque es el inicio del autoreconocimiento, la necesidad de los bebés de llevarse todo a la boca, incluso sus propias extremidades, es un reflejo natural para encontrar y sentir sus fronteras corporales. La palabra “saber” comparte raíz etimológica con “sabor” que indica degustar, de tal forma que la acción de saber está ligada intrínsecamente a la relación oral, pues la boca es sin duda una de las zonas con mayor cantidad de terminales nerviosas del cuerpo que se desarrollan rápidamente a través de mamar.

Así, el acto de tocar se refleja en tener y consumir, y marca un recorrido cognitivo de satisfacción y bienestar, pero al mismo tiempo nos muestra los límites de lo que no podemos obtener. Alrededor de los dos años de vida se inicia un proceso de autonomía e independencia que reta los límites de lo posible y permisible, porque ese ejercicio irá reafirmando la identidad con respecto a los otros.

Por un lado, sabemos que nuestros procesos para encontrar seguridad, confort y estabilidad están en el acto físico de traer algo hacia nosotros, acercarnos hacia lo que deseamos. Pero olvidamos que al relacionarnos con otras personas las fronteras de identidad se vuelven complejas y la satisfacción de las necesidades también, pues cada persona tiene nociones distintas de confort y estabilidad.

Un amor que me represente

Volviendo al desapego, el budismo habla de la transitoriedad; puesto que en estas religiones creen en la reencarnación, se asume que la vida sólo es un camino de paso hacia otras vidas más iluminadas, de tal forma que aferrarse a lo terrenal es negarse a esa posibilidad. Podemos interpretar de esto que existimos a través de frecuentes procesos de crecimiento, aprendizaje y madurez constante, de tal forma que el cambio y la transformación no sólo de nosotros como individuos, sino de las personas, situaciones y toda la realidad que nos rodea es inevitable, eso lleva necesariamente a presenciar el final de muchos procesos.

Hemos crecido bajo un modelo social y económico enfocado en la creación y fortalecimiento de los individuos, haciendo entonces del acto de consumir, tener y obtener un proceso unilateral. Bajo esa lógica, consumimos y desechamos de acuerdo a nuestro gusto y necesidad efímera, o bien, a satisfacción de un capricho (como lo hacemos de niños). Esto sin duda construye un marco de referencia para nuestras necesidades a través de lo que nos brinda placer, bienestar y seguridad, pero ha convertido nuestra cotidianidad en un catálogo de oportunidades para gustos temporales: tenemos carteleras, listas de música, restaurantes de moda, tinder, etcétera.

La otra cara de la educación nos ha dicho que la estabilidad debe ser permanente, pero vemos la estabilidad como una necesidad que debe ser cubierta y que podemos apropiarnos de ella, lo que se traduce en delegar esa responsabilidad en otra persona. Así, esperamos que los demás satisfagan nuestras necesidades en el mismo sentido unilateral con el que adquirimos lo material.

¿Qué tiene que ver la relación de los objetos con nuestras relaciones emocionales?

Como podemos ver, nuestros procesos cognitivos son mucho más complejos cuando los traducimos en ideas, pero se basan en acciones corporales simples y de cómo fuimos educados a partir de ellas.

Por un lado nuestras relaciones materiales nos han generado hábitos y prácticas que refuerzan lo individual y el desarrollo propio por encima del colectivo o social, ignorando que es un proceso mutuo, que en la comprensión de los límites propios también se construye el imaginario del otro.

La modernidad celebra el desapego emocional porque protege de la configuración de relaciones comprometidas y responsables, evita el futuro dolor de la pérdida, y cubre también nuestras necesidades con “placebos” y estímulos efímeros que se desechan fácilmente, como el recurso de prestarle el celular al niño para que no llore. En el fondo, lo que busca el desapego es entender que nada ni nadie nos pertenece realmente, que todo es transitorio y se perderá, morirá o dejará de ser lo que era en un inicio. Que el proceso de transformación de la realidad nos sucede y pasa a través de nosotros sin tener control de ello, de tal forma que consumir nunca es tener, sino hacer uso momentáneo de su función o, en términos emocionales, es acompañamiento.

Annihilation nos regaló una de las mejores metáforas visuales de la transformación cuando cada ser toma alguna cualidad o forma de lo que mató o consumió. Construir relaciones, proyectos, redes, crea una parte de nosotros pero también deja presente nuestra participación en otra cosa. Es la perfecta explicación de todo lo que sucede a través del tacto: nunca es unilateral, tocamos al ser tocados.

Tocar es tocarse

Si construimos nuestra independencia a partir de diferenciar lo que no somos en el mundo material, todo aquello que se ejercite dentro del bienestar y su permanencia se vuelve memoria, es decir, el patrón de búsqueda para encontrar la seguridad. Por eso la estimulación sensorial es tan importante en los primeros meses de vida, pues permite crear redes diversas sobre lo que asociamos al bienestar y permite crear vínculos más fuertes.

El dolor y la sensación de pérdida son procesos difíciles porque se deshacen los vínculos con los cuales construimos nuestra estabilidad, es volver al proceso de independencia y eso genera -como lo mencioné a través de la ansiedad- momentos de vulnerabilidad donde lo que conocemos deja de ser un espacio seguro.

Entre el apego y el desapego está la empatía, el ejercicio de sentir lo que la otra persona siente, la empatía es un acto total y completamente sensorial, involucra escuchar con atención y permitirse comprender al otro desde sí mismo. La autocompasión es también aprender a ser empáticos con nosotros mismos, es decir, reconocer que detrás del miedo hay dolor pero que podemos permitirnos sentirlo.

Cuando pasamos la barrera del miedo y empezamos a hacer del dolor una experiencia, estamos permitiendo que el proceso de “muerte” suceda. El dolor es otra forma de explorar las fronteras del sentir: normalmente creemos que si nos permitimos sentir dolor, se quedará ahí por siempre y se convertirá en sufrimiento, pero es necesario confiar en los procesos. Una vez más, el consumo constante y efímero nos hace buscar “soluciones” rápidas y efectivas para anular el dolor, pero los procesos corporales son lentos, porque ningún aprendizaje es real si no pasa por el tiempo y la asimilación.

El desapego no es anular la creación de vínculos afectivos, sino de permitirlos sabiendo que es muy probable que terminen en algún momento aunque ese tiempo nunca esté definido o incluso, si no presenciamos su final.

La identidad se crea a través de la memoria, y ésta surge del contacto con otras personas. Es sabido que los recuerdos y las asociaciones que mejor se retienen en la memoria son aquellas experiencias ligadas a procesos emocionales, pues quedan en el recuerdo de toda nuestra red sensitiva. La memoria está en nuestro cuerpo.

Quizá detrás del apego está el gran misterio del miedo a la muerte. Lo que sí podemos comprender es que en la continua generación de ciclos y procesos podemos vernos transformados una y otra vez. Nuestras capacidades creativas son inagotables si las estimulamos.

Otorgarle valor a la vida y la experiencia con los otros también ha sido considerado como un camino de iluminación, generar “inmortalidad” en lo que no necesita reconocimiento más que saberse partícipes de algo más grande. Lo que siempre tiene valor nos transforma, debilita nuestra individualidad para compartir fronteras, nos toca y construye nuestra identidad.

 

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