#Desvelos. Estrategias de supervivencia

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Los límites entre la tragedia y la comedia son tan delgados como una sábana que hondea húmeda y transparente al sol de media tarde. A veces es sólo cuestión de perspectiva si algo lleva a la risa total o a las lágrimas desconsoladas, pero lo que no se puede negar es que llegar a ese momento significa una sola cosa: que el espectador está sujeto a una conmoción que lo pone en jaque y que es tan incontrolable que debe tener algún tipo de expresión —catártica, quizás— que resuelva la situación, generalmente a su favor. Por esto no quiero decir que lo cómico o lo trágico dependan exclusivamente del acontecimiento-en-sí o de la autonomía del observador externo, sino que la valoración es algo que sucede en la relación empática que se establece en el momento en que éstos se encuentran frente a frente, como dos ráfagas de viento que corren, por azares del destino, en dirección contraria.

Y esto no lo digo de manera fortuita, sino porque es algo con lo que me enfrento día a día en el barrio en donde vivo; uno que no es nada más que otro barrio pobre y chiquito y olvidado en el sur de la ciudad de México y que no se llama ni colonia Roma ni Condesa ni del Valle sino Cuevitas de Curamagüey. El barrio de Cuevitas no figura prominentemente en ninguna guía turística pero está rodeado por los famosos barrios de La Lonja, La Fama y Camisetas, y es tan poco extraordinario que si no hubiera vivido ahí toda mi vida no sabría distinguir una esquina de la otra, ni sabría a qué miscelánea ir, ni qué pesero tomar para llegar de ahí al Ajusco.

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Es un barrio poco interesante, lo confieso, donde hay perros con los codos pelados, pollerías con sanguaza en las losetas y bardas que anuncian toquines de bandas en Xochimilco, o que hacen propaganda política para algún candidato que sólo se aparece por ahí durante su campaña, o que incluso aún anuncian productos descontinuados de Bardhal, los cuales se asoman verde-botella-y-blanco entre graffitis viejos y sucios. El barrio es también una colección de muros de todo tipo de piedras y tabicones pintados de los más excéntricos colores, de hiedras polvosas y banquetas en ruinas, de antenas parabólicas, vidrios rotos y cables colgados. También hay coches viejos, chingos de baches, un mercado y un campo de tierra; rutas de peseros que van o al metro o a otros barrios parecidos; y gente que vende jugos y jicaletas y dorilocos en puestos improvisados con tubos de acero y lonas.

Luego pienso que si no hubiera vivido toda mi vida en este barrio tal vez me sentiría hasta cierto punto intimidado, como buen clasemediero chilango, por la apariencia de la gente que vive en él. Pensaría indecente que compren tenis piratas en los mercados sobre ruedas, poco civilizado verlos tomando caguamas en las calles los fines de semana y tal vez hasta supondría como una amenaza personal ver a alguien caminando por las banquetas a altas horas de las noches cuando todo está solo, porque evidentemente no dudaría de sus malas intenciones. Pero por suerte he vivido en el barrio y conozco a Chucho, que es entrenador de futbol de niños y por las noches pone un puesto de quecas, o a Macario, que es padre soltero y que tiene a sus dos hijos en la UAM. También conozco a Gaby la-de-las-verduras, que ahora trabaja sola porque el marido está estudiando para bibliotecario, y a Margarita, la dueña de la tortillería, que es una soltera de lo más chingona que siempre se viste como se le da la gana, un día de pants fosforescentes y con un escotazo y otro con una peluca roja y uñas negras, porque por qué chingaos no. Y sé que la gente que camina sola y a altas horas de la noche por las banquetas destruidas no está ahí porque quieran asaltar sino porque a esa hora vuelven a sus casas de sus trabajos, que están quién sabe dónde y en donde pasan todo el día para ganar un salario que apenas les alcanza.

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Y así como les conozco porque a uno le compro la cena y a la otra el queso y las chelas; también veo que es gente que hace lo que puede con lo que tiene disponible, a pesar de que muchas veces tienen todo en contra. Por esto no quiero hacer una apología al esfuerzo individual y al sacrificio cristiano, ni mucho menos pretendo generalizar una ética. Todo lo contrario, lo que quiero decir es que es gente que a pesar de tener un gobierno que sólo les usa como sujetos cuando necesita sus votos, y que les deja a solas frente a una economía a la que en ningún momento le preocupa una distribución más equitativa de sus recursos, intentan hacerse una vida digna por sus propios medios.

Pero esto no siempre sale tan bien. Hace unos años, por ejemplo, una de las accesorias que sirven de fachada —y de ingreso extra— para muchas de las casas que alinean la avenida principal del barrio abrió una flamante tienda nueva. El negocio se llamaba Literas Escorpio, y en un espacio de unos cuatro metros de fondo por otros tres de ancho vendían, como su nombre lo indica, literas. Evidentemente las dimensiones del local permitían que cupiera una sola litera, que supongo que era nomás la muestra —me acuerdo de un marco precioso de rojo cromado— y un escritorio en donde se sentaba una aburrida dependienta a esperar a que alguien —supongo que alguna madre de familias con por lo menos dos hijos pequeños (¿quién más podría necesitar una litera?)— pasara, de vuelta de comprar pollo o tortillas o tamales, y en el camino se encontraran con el milagroso changarro que les solucionaría las necesidades de pernocte de sus chilpayates.

Confieso que ya desde que abrió, a mí se me estrujó el corazón. Esto porque con mi intuición de adolescente güero sabía que el negocio era pésima idea por muchas razones. Para empezar, el barrio Cuevitas resulta estar muy cerca de una zona de la avenida Insurgentes conocida como la zona de mueblerías, por lo que la competencia sería no sólo voraz sino probablemente de lo más desigual: intentar equiparar a las Literas Escorpio con los Muebles Troncoso es como poner al Payaso Bolita a darse un tiro con el mismísimo Chabelo. No hay manera. Por otro lado, Corregidora, la avenida a la que abría sus fauces nuestro vilipendiado negocio amigo, es una calle en la que es imposible detenerse: sus dos carriles los ocupan peseros, camiones de ruta, ciclistas, motociclistas, pickups llenas de pollos y hielo, camiones de mudanzas, coches particulares, taxis, furgonetas, y todo tipo de vehículo motorizado y no motorizado que una se pueda imaginar. Finalmente, y sin saber demasiado de negocios, me pasaba por la cabeza que no todas las casas necesitan una litera. No sé, ¿eh?, nomás se me ocurre.

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Pero pasaban las semanas y veía yo con esperanza y sorpresa que las Literas Escorpio se mantenían a flote, y que la dependienta cada vez se veía más feliz. Noté con entusiasmo que el primer marco rojo cromado fue sustituido por otro que era azul marino, y supuse que habían hecho una transacción exitosa con la cual se sostendrían algunas otras semanas, hasta el día en que volvería a pasar alguna madre de familia que… en fin. Al poco tiempo, sin embargo, mis ilusiones se verían truncadas de manera estrepitosa, y el peso de la realidad efectiva llegaría a darme una bofetada como con un trapo húmedo y apestoso. De vuelta de la escuela noté que afuera de las Literas Escorpio había un letrero, en donde escrito a mano y sobre una cartulina amarillo fosforescente se podía leer “Literas Escorpio los invita a probar nuestros deliciosos helados y paletas.” Adentro, además de la litera-muestra y el escritorio de la dependienta, habían conseguido que embonara un congelador tamaño industrial que zumbaba incómodo al frente de la accesoria.

En ese momento me cagué de risa. No supe qué más hacer. Y tal vez no debía, pero de otra manera me hubiera deshecho en un mar de lágrimas incontrolables y por desgracia soy hombre y estaba en la calle y pues no. Otra tragedia.

Entonces como no podía llorar supe de qué lado de la sábana húmeda estaba y me reí. Y me reí tanto que me dolía la panza y las costillas y de los ojos me salían unas lágrimas que no podía controlar pero que eran tan reales como si hubiera escogido el camino del llanto pero que igual se manifestaban de forma tangible, aunque por una suerte có(s)mica, de forma diferente. Me reí porque si no había humor lo que había era condescendencia y eso sí que nunca. Me reí porque en este mundo dominado por el valor de intercambio, si no eres aunque sea un poco hijo de puta te mueres. Y hasta cierto punto me arrepiento de haberlo hecho y a la vez no, como tampoco me sorprendió nada cuando un mes después de eso la accesoria de las Literas Escorpio ya no era nada más que una cortina de acero pintada color marrón y con un graffiti culero que decía algo así como Charly en una caligrafía entendible por nadie más que por el pinche Charly —y por su novia, si es que tiene. Y en ese momento supe que se me había hecho un poco más dura la piel. Porque si no, cómo.

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