#Desvelos. La alacena

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Mi madre siempre se jactó de tener todo bajo control, como si nuestra vida familiar bajo su mando fuese un experimento de taxonomía o un ejercicio de rigor semántico. Por esto mismo, todo en casa siempre fue un ejemplo de pulcritud casta, una puesta en escena de ese orden arbitrario que se manifestaba en cada esquina, en cada clóset y en cada baño; y que era visible desde en el acomodo de los muebles y el arreglo de las flores hasta en el manejo de las finanzas y las tensiones emocionales. Además, la capacidad de este orden para resolver conflictos ha sido, supongo, la fuente de la aparente estabilidad de este hogar. Por otro lado y producto de esta exacerbación lingüística, mi infancia fue una constante lucha para encamisarme dentro de esta lógica —un largo camino que en el peor de los casos fue de sometimiento y, en el mejor, de formación— bajo la cual aprendí si no a civilizarme, por lo menos sí a entender que existía una estructura conceptual que me era heredada y en la que cada cosa ocupaba su lugar natural. Supongo que eso es crecer: apropiarse de un lenguaje que es a su vez un orden histórico que significa y da coherencia al mundo.

Pero este orden ha tenido que cambiar con la llegada del hijo de mi hermana, un pequeño monstruo de una cabeza que parecen mil y que todavía no cumple un año, pero que ya ha aprendido a moverse solo y es una amenaza latente. La casa, antaño impoluta y ejemplar, empieza a parecer una zona de desastre, un sitio al que no se invita a pasar por pena a ser descubierto en toda flagrancia: hay juguetes por doquier, mamilas con restos de leche vieja en el fregadero, un horrible brincolín que ocupa media sala, y la elegante escalera que antes conducía a la planta superior ha cambiado sus trazos limpios por una pinche red de nylon —porque no vaya a ser. Este niño que ahora es puro cuerpo y no lenguaje —y que todo agarra con sus delicadas manos de mapache curioso— ha venido a alterar la estructura significativa de la casa, poniendo las cosas fuera de sus lugares asignados y cambiando de raíz la suave lógica que imperaba en el hogar y a la cual todos ya estábamos acostumbrados.

Sin embargo, esta ruptura tiene sus ventajas. Como hoy, por ejemplo, que llego tarde para sentarme en la cocina a cenar algo. El niño, como el resto de la casa, ya está dormido, pero las huellas de su presencia siguen ahí, como el fantasma que aún recorre Europa. La alacena, que antes de la llegada de este ser se mantenía cerrada como si existiera un miedo a que algo se escapara —una mermelada, quizás, que cansada de su encierro buscaría un poco de mantequilla para ser pan— está hoy abierta de par en par, exponiendo sin pudor sus contenidos.

Alacena

Me imagino la escena: el niño se desespera en su silla y para calmar su ansia y después de intentar distraerlo con juguetes a los que no hace caso, la familia lo pone en el suelo y el abre las puertas de la alacena para que se entretenga un rato. El niño juega un momento con lo que está a su alcance, tirando todo y haciendo un desastre, pero después de poco tiempo y sin poder hablar, el llanto y la desesperación vuelve evidente que está cansado y quiere dormir. La madre lo levanta mientras la abuela lava los platos y el abuelo ayuda con algo más, y en la prisa por llevar al niño a la cama, las puertas de la alacena se quedan abiertas, a la espera de que yo llegue, cansado, a observarlas. Y heme aquí.

Como toda alacena, ésta tiene anaqueles que van de piso a techo. Noto también que, por la altura del niño, que no alcanza más que el primer anaquel, el orden en este rincón de la casa se mantiene casi intacto. Por supuesto que tampoco es un orden arbitrario: hasta abajo están los rollos de papel y las bolsas de basura; después, en el primer anaquel, las cosas del niño y las galletas y los tés y los edulcorantes; seguidas, en el segundo, por las salsas, vinagres, aceites y latas de conservas, atunes, sardinas, rajas, chipotles y demás. Todos estos productos, muchos innecesarios, gritan desde el silencio de la alacena para llamar la atención con sus empaques coloridos y sus envases pequeños, diseñados y pensados para cumplir una función específica: ser consumidos ellos y no su competencia. Nacidos del artificio, estos productos necesitan anunciar su presencia con bombo y platillo, pasar por el lenguaje para imponer la idea de que son necesarios y mejores que la competencia.

Esto lo entiendo porque veo que en el último anaquel reposan los productos más básicos de la dieta mexicana —como los frijoles, la sal y los chiles secos— que contenidos en unos enormes botes genéricos y sin etiquetas parecen ser las efigies de un ur-capitalismo, los ídolos primitivos y térreos ancestros que cuidan en silencio a su descendencia, y que no necesitan gritar a los cuatro vientos que están presentes y son marca porque su existencia y su necesidad anteceden al lenguaje.

Alacena3

¿Por qué no se puede etiquetar y encasillar a las habas, al arroz o al maíz seco?, me pregunto. ¿Por qué no necesitan gritar que existen? ¿Será por que quienes lucran con ellas no le han visto sentido a cambiar el empaque porque saben que no les representará mayor ganancia? ¿Será que no hay mejor manera de despachar frijol o arroz que dentro de los botes genéricos, y que por eso los capitalistas no han visto la necesidad de diseñarles otro contenedor? ¿Será que no veo las etiquetas de arroz Morelos o habas Hidalgo porque los que lucran con ellas saben inconscientemente que nadie las ve, porque todas las señoras las meten en esos botes? ¿O será, quizás, que las señoras meten las habas y el arroz y los frijoles a los botes porque eso es lo que han hecho toda la vida, mientras que todo el resto, todos los productos nombrados, han aprendido a necesitarlos?

Antes de dormir, por la mente me circula el arte pop, desde Warhol hasta Gabriel Orozco, y toda la academia mexicana de arquitectura y su voluntad férrea de, por lo menos en el discurso, volver a los materiales “tradicionales.” Tierra, madera y piedra.

Al día siguiente despierto temprano para ver al niño sentado en su sillita, desayunando una papilla que le cocinó mi madre. La puerta de la alacena está cerrada y todo el baile de la noche anterior permanece quieto detrás de las puertas de madera, listo para reiniciar su barullo semántico de colores, tipografías y marcas en el momento en que éstas se abran.

Cuando el niño termina su papilla balbucea lo poco que puede decir.

“Pa,” dice, y todos sabemos que quiere una galleta.

No pronuncia Gamesa ni Nabisco ni Marías.

Pan.

Para calmarlo tenemos una serie de juguetes, un elefante azul que tiene rueditas y espejos y hace ruido, un leoncito que es de colores y tiene distintas telas y sonajas, un tucán que es de plástico y según piques botones hace ruidos diferentes. Pero el niño no les hace caso y prefiere cualquier otra cosa: un sobre de papel que pueda arrugar, una lata de metal que pueda golpear contra la mesa, el cubito de madera que chupa y observa y le da vueltas.

Pa,” dice el niño porque tiene hambre, y su lenguaje primitivo solo alcanza para eso.

Comments

comments