#Desvelos. Llueve sobre mojado

por Joaquín Díez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Veo la noticia del tipo que quedó atrapado entre dos edificios, reportado como extraviado por su familia, tres días antes y hoy muerto ahí, como si nada, como si tortilla o tomate, secándose al sol y usando una polo muy fea. Como si nada, como si la muerte lo hubiera visitado así de súbito, sin siquiera prevenir o pensárselo dos veces, como si la muerte fuera así nomás un segundo en que pasas de un estado a otro, justo como el tipo, en polito y en jeans y en el límite entre dos edificios, ni en el uno ni en el otro, y todavía con la boca entreabierta y con el pelo medio húmedo por el sudor de saberse muerto, o quizás porque ha llovido y en vez de secarse al sol, como cecina o como tasajo, en realidad le ha estado lloviendo encima a su cadáver, una incesante repetición de gotas plash plash como las de esa lluvia que quizás lo mató, tres días antes, porque voy a la azotea a ver qué pedo con la gotera y quizás resbaló, porque estaba ya tan inundada que no vio el pretil, y entonces cayó por aquel hoyo, y tal vez, aunque al principio sintió dolor, después lo invadió la angustia de saberse ahí, bajo el rayo del sol, o no, y tal vez empapado por la lluvia que lo había, ya él lo sabía para entonces, matado. Y probablemente quiso gritar pero no podía porque su asfixiada caja torácica que usaba esa polo horrible de un color tan mundano que era ridículo pensar que la muerte lo iría a encontrar, con ese color tan de güeva, cuando le vino a apretar el pecho para que ni siquiera estando vivo lo volvieran a escuchar; o tal vez no, tal vez se supo muerto desde el principio y en vez de intentar se dio por vencido de inmediato porque debe estar cabrón, también, no tener trabajo y estar encerrado en casa mientras los demás…, y sin un clavo encerrado en casa mientras los demás…, y tener que además subir a ver esa pinche gotera que nos está pudriendo el tapete que nos regaló tu mamá cuando nos casamos, Clara, y Clara tan sin cuidado, la condenada, porque ella se va a trabajar, y deja la casa sola y a él encerrado mientras va a trabajar, y está cabrón estar encerrado en casa porque además la pinche gotera y voy a ver qué pedo porque igual y el pedo está en la azotea, Clara, ¿no crees?, gritó Enrique por el cubo de la escalera, pero el final del espiral de barandales sólo le regresó el eco porque Clara ya había bajado hasta la planta baja del edificio porque iba a trabajar, ¿y sabes qué es lo peor?, que al pobre vato lo reportaron perdido porque cuando Clara volvió de trabajar no sólo no lo encontró sino que nomás vio la gotera cayendo a la cubeta llena y el piso mojado y el tapete empapado y dijo pinche Enrique, ¿cómo no me avisa que va a salir?, digo, sé que está cabrón estar encerrado en casa todo el día, pero mínimo una pinche llamada, dijo cuando llegó, sin saber que Enrique se asfixiaba al lado y no mames, dijo un par de horas después, sin pensar que Enrique se moría ahí al lado, y ya totalmente preocupada, a la hora tres de su llegada le llamó a su suegra que le dijo que hablaran al MP, y desde entonces lo buscaron sin saber que probablemente en lo que buscaban, a Enrique se le iba la vida ahí, aplastado y sin poder gritar, entre el edificio de junto y el muro en que se recargaba el sillón en donde él se sentaba a ver la tele mientras encontraba chamba y ahora pienso qué ironía, cabrón, pinche Enrique se debe haber muerto nomás del otro lado de la pared, mientras lo buscaban y en la misma pinche posición en la que se fue pudriendo por no poder encontrar una chamba, cabrón, encerrado ahí todo el día en casa, haciendo de comer, lavando platos, y a veces levantándose para planchar la ropa que se irían a poner al día siguiente, ropa como esa pinche polo mundana que compró en el tianguis el otro día porque le gustó aunque nunca se imaginó que moriría con ella, porque ¿quién piensa en eso?, ¿a quién se le ocurre cómo estará vestido el día en que le llegue la muerte?, y que luego luego regresando del tianguis la lavó, la polo esa, y no pudo secarla en la azotea por la lluvia y la había tenido que secar adentro, que es un estorbo, dentro tanta ropa, el cuarto es chiquitito y con la ropa y la humedad me siento angustiado, pero claro que la pinche Clara no se entera porque ella no está encerrada aquí todo el día en casa, como yo, ella sí tiene chamba, y lo más cabrón es que al güey no lo vieron entre los dos edificios no sólo porque no podía gritar de lo asfixiado (o de lo muerto) sino también porque afuera pusieron un cartel anunciando una estética en el edificio de al lado y justo tapaba la perspectiva y entonces al carnal lo encontraron tres días después los güeyes que iban a limpiar la azotea porque ya había más vecinos que se habían quejado por las goteras que habían llovido, y aunque Clara estaba buscando a Enrique como loca y primero sospechando que la había dejado y luego temiendo lo peor, tampoco se olvidó de la gotera, a la que le tenía que cambiar la cubeta a cada rato y que la tenía hasta la madre, y cuando le habló Daniel el vecino para decirle que los que irían a limpiar llegaban el martes le dijo que sí, y entre toda la angustia de no encontrar a Enrique sintió por lo menos el pequeño alivio de saber que la pinche gotera la iban a ir a limpiar, sin saber que su marido probablemente moría del otro lado del muro y de tan grueso el tabique no lo podía escuchar, si aún gritaba de angustia, y poco sabría que esos mismos que le resolverían este problema de la gotera también le resolverían el otro de encontrarlo, y qué ironía, pensó Clara ya en el funeral, que el que encontró a Enrique tuvo que ver lo mismo que Enrique vio, y que fue lo último que vio, y que para encontrárselo tuvieron que hacer lo mismo, que era ver ese hoyo que lo engulló, y lo aplastó, y lo dejó ahí botado entre escombros y plantas viejas y basura, y si no hubieran ido ellos ¿cuánto tiempo más hubiéramos tenido que esperar para saber algo, eh?, y todo esto nomás en otro día, otro más, de esos en que Enrique se quedaba sentado en el sillón, viendo la tele y encerrado en lo que yo me iba a trabajar, y es que, pobre, sí estaba cabrón, y pues claro que se obsesionaba con cosas pendejas como la gotera o el tapete ese que nos regaló mi mamita, y seguro se quiso subir a arreglar lo del agua y como era re bruto, pinche Enrique, seguro el baboso se tropezó por intentar ver para abajo y ahí quedó, y quién hubiera pensado que así nomás sería yo viuda, si aquel día nomás había sido otro día en que me había despertado para ir a trabajar, en lo que Enrique me decía algo que ya no alcancé a escuchar porque tenía prisa y seguro era alguna queja y ahora que lo pienso tal vez me había estado hablando de la gotera y qué loco, ¿no? que lo último que me haya dicho Enrique fuera de la gotera y al final el que cayó como gota fue él, y se acordará entonces que él siempre se sintió chiquito y sin importancia y que ahora nunca va a saber que por un momento se hizo famoso por una nota en el periódico sobre su muerte y por una foto suya, secándose al sol como lagartija rostizada pero ya sin vida, encerrado entre esos dos edificios y con algo de tierra encima pero supongo que por fin sin preocupaciones, con la boca entreabierta como si estuviera dormido, soñando plácido y usando esa polo de rayas que hace tan poco se había comprado para verse más serio y conseguir una chamba que tanto le angustiaba y hablando de angustia, no sabes la angustia, querida, volverá a decir Clara, de estar esperando una noticia y pensar en cosas y las horas y llamadas y el silencio del otro lado y estar especulando y pensando y dándole vueltas, y qué pena, la verdad, esos tres días haber sospechado que tal vez me había dejado porque Enrique, eso sí, bruto y güevon pero no infiel, eso nunca; y eso ya lo sabía y la verdad es que hasta me sorprendió sentirme así porque ¿y si lo encontraba y no se había ido con otra yo qué hacía con eso, a ver?, si él siempre fue bueno y yo nunca hubiera querido dudar, y luego me lo imagino al pobre qué habrá pensado, a qué hora habrá muerto, qué habrá sido lo último en cruzar su cabeza, y pensará también, aunque eso no lo dirá, en qué habrá visto al final de su vida, tan corta, pobre, quizás esa línea de cielo allá arriba desde la cual llovía y cómo las gotas hacían perspectiva o el sol, también, y un rayo que no le habrá dejado los ojos abiertos, y cómo fue a dar ahí, pinche Enrique, sentado en un sillón pero cayendo por un hoyo desde cuándo, hasta que ya no cayó más, de la angustia, de no poder respirar no poder salir no poder gritar, y yo ahí al lado tal vez, durmiendo, ¿te imaginas?, tal vez soñando con la cabeza puesta ahí al lado donde él moría o yacía muriéndose; y me pregunto todo el tiempo en qué momento habrá perdido la esperanza y si perder la esperanza es dejarse morir, y pienso en cómo ahora el cuarto se siente tan amplio y tan vacío y yo con una vida tan sin él por delante y él metido en ese hoyo, pobre Enrique, sin poder respirar quién sabe cuánto y yo mientras pensando que estaba, no sé, con María o con Paz, y no, el pobre ahí cansado de estar encerrado en casa todo el día que está cabrón, saliendo a ver si podía arreglar la gotera para ser útil en algo, sin saber que no sólo no terminaría por arreglarlo sino que ya no terminaría más, o que terminaría ahí abajo como mosca o como perro, famoso por un poquito, eso sí, pero sin saberlo y aplastado por el propio peso de los días encerrado y sin encontrar chamba; y pienso entonces que ahora para qué necesito yo tanto espacio si ya estoy sola, y qué voy a hacer con su ropa esa, que a nadie le va a interesar la ropita húmeda de un muerto, decía entre sollozos, y bueno, aunque ya no va a volver a ver otro día de sol, por lo menos ya descansa en paz y ya no va a estar encerrado todo el día viendo tonterías y preocupándose por cosas como encontrar una chamba, que está bien difícil, o qué va a hacer con su día entero, que debe ser angustiante, o volviéndose loco por tonterías como la pinche gotera esa o el tapete.

No, me imagino que le dirá Clara a quien la consuele en el funeral, eso a él ya no le va a preocupar.

Desvelos1

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