#Desvelos. Lo inenarrable

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Hay algo que me persigue como una sombra de la que no puedo escapar, como una presencia fantasmagórica que cada vez que me olvido de su existencia vuelve sutilmente a recordarme que aún está ahí, esperando a la vuelta de un sueño o escondida detrás de una foto de un paisaje ajeno. Es algo que por más que he querido narrar, siento que no me alcanzan las palabras y creo que por eso me acecha.

El recuerdo es difuso pero algunas cosas aún relucen. Un viaje. Una comida de infancia con amigos de los padres en un rancho en medio de Hidalgo. Domingo. Recuerdo todo árido y una planta de cemento; uno de esos viajes que parecen eternos por la edad y en donde hay máquinas a la distancia. El paisaje de la nación también es su industria y un niño lo sabe, aunque de otra manera.

El coche lo maneja mi padre y mi madre funge de copiloto. Atrás mi hermana, creo recordar a un primo, y yo, que voy mirando el tiempo pasar por la ventana. Un pueblo y luego otro y luego una iglesia y un kiosquito y finalmente el rancho, que después de todo lo árido parece un edén. Una puerta de fierro pintada de blanco que se abre con un alambre y que esconde detrás un jardín, y luego una entrada bordeada de macetas que en realidad son latas viejas y oxidadas de donde crecen helechos y cactáceas. Un par de perros, seguro, moviendo la cola. No, no muerden, los pueden acariciar, nos habrá dicho el dueño. Un naranjo y un limonero.

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Y luego de saludar a todos esos adultos, una casa fresca, con arcos de ladrillo barnizado y unos cuartos tan oscuros que por las ventanas entra una luz intensa a la que los ojos tardan en acostumbrarse. Cortinas blancas de una tela delgada que terminan en un encaje ondulado.
Nos reciben con agua de limón. Afuera los grandes platican y acá nosotrxs lxs niñxs jugamos a algo. Por supuesto que hay algunxs más; y nos hacemos sus amigxs y presumimos cosas que no tenemos y nos inventamos historias de momentos que nunca nos pasaron o que sí, pero los exageramos. La infancia es hiperbólica. Afuera hay un caballo bronco y mi madre se espanta y nos dice que no salgamos porque no vaya a ser. Adentro hay guacamole y chicharrón.

Pero eso no es lo importante porque en realidad no me acuerdo, o sólo me acuerdo como de viñetas. No me acuerdo ni de la mesa ni de la comida ni de la conversación, pero adivino el resto porque a cuántas de esas comidas no fui de niño. Lo que supongo es que al terminar de comer alguien sugiere que vayamos, lxs niñxs, por un paseo. Que hay algo más allá, un barranco, y vale la pena. A mi madre no le hace mucha gracia pero me deja ir porque todxs los demás van, y si sí estaba el primo aquel hay alguien que me cuida.

El trayecto también me viene por momentos como en un display de diapositivas. Hay algunas casas y más perros y un camino de terracería de donde se levanta un polvo seco que se va directo a la garganta. Una miscelánea, seguro llamada Mary o tal vez Providencia, y que en su fachada tiene carteles de aluminio oxidado de Coca Cola y Gansitos, y un piso de cemento a la sombra que es la única promesa de frescura en este llano yermo que es un pueblo cualquiera de Hidalgo en una tarde soleada de abril. (Ahora pienso que si fuera una escena de película pasaría una troca con música banda, pero acá en mi recuerdo la troca está estacionada y lo que impera es el silencio).

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Pasamos, eso sí lo sé de cierto, por un hueco en el que hay una piedra que después conoceré que se llama piedra pómez, pero que en ese momento en el que no me sirve de nada me sorprende porque casi no pesa y la puedo romper con la mano. Parece que en ese letargo que es el aire denso y caliente y estático de la media tarde hidalguense, y del cual soy irredimiblemente parte por lo pesado del cuerpo, la piedra pómez es como un descanso liviano con un mensaje claro: otra realidad es posible.

Pero nosotrxs seguimos porque hay que llegar al barranco, que todavía queda más delante. Arrojo la piedra y corro detrás del grupo, que ya me lleva unos cuantos metros, diciéndoles que me esperen. Evidentemente soy el más chico.

Confieso que tampoco me acuerdo de la llegada al sitio, pero vaya que me acuerdo del sitio en sí. Es una ladera de pasto seco y con una pendiente tierna pero que se va escarpando rápidamente, y hay muchos nopales y magueyes y más abajo se escucha que pasa un río y aunque no se puede ver se sabe porque las copas de los árboles allá abajo son mucho más verdes, de un verde brillante y lleno de vida que nada tiene que ver con este verde opaco y metálico y de agua turbia de las cactáceas que nos rodean. Hay un cielo impecablemente azul y no se mueve nada.

Sentado desde acá, desde este lado, el otro costado del barranco se antoja exactamente igual, como si la cañada fuera nomás una hendidura en el terreno que llegó de otra parte y que si no estuviera daría igual. ¿Qué sería del territorio sin quiebres? ¿Qué sería una cartografía de la nada? Pero la cañada ahí está, y es tan violento el rompimiento y tan igual el otro lado que uno podría pensar que está como frente a un espejo gigante, e imaginarse que más allá hay un pueblo igual al que acabamos de dejar, y unxs niñxs como nosotrxs que tal vez hoy no salieron porque su comida fue el fin de semana anterior y hoy están en otra parte. Y el eco de sus voces se convierte entonces en sólo una posibilidad.

Pero enfrentados contra nuestro propio reflejo de espejismo, de eso sí me acuerdo bien, todxs nosotrxs nos sentamos y nos quedamos observando esa escena de la que nos sentíamos totalmente parte pero a la vez no, como si el tiempo nos prestara ese instante para olvidarnos del resto. Recuerdo que ante la magnitud de lo que teníamos enfrente no nos quedaba de otra y, sin decirlo, todos accedimos a sólo verlo, y fue bonito porque aunque éramos nada y entendíamos poco, nadie habló, y por primera vez en mi vida fue el silencio lo que me unió a otras personas.

No sé cuánto tiempo haya sido, cuánto tiempo te toma volver en ti y darte cuenta que llevas ya un rato callado nomás viendo, pero sí recuerdo que lo único que hacía que en eso que teníamos enfrente se sintiera que pasaba el tiempo era un halcón chiquito, que flotaba a veces y luego se dejaba caer para volver a subir, como si fuera un papalote pero con completa soberanía, y tal vez un poco el ruido del río que se escuchaba como un rumor lejano, allá lejos al fondo.

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Lo que supongo —y eso porque hoy estoy aquí y no allá— es que alguien logró romper el velo de nuestro letargo y sugerir que volviéramos, y como saliendo de un sueño profundo nos fuimos parando poco a poco. Y luego volvimos y seguro los padres nos preguntaron que cómo nos había ido y nosotros contestamos que bien porque no podíamos ponerlo en otros términos y ellos sonrieron pensando que había sido cualquier cosa sin posibilidad alguna de poder enterarse que había sido todo. Porque eso fue y nada más pero tampoco nada menos: todo. Fue un momento en el que no se necesitaba más. Fue el paisaje, sí, pero también la quietud del calor a la hora del viento inmóvil y el color como exagerado de esa aridez sin nubes, y mientras tanto el sol por allá arriba cruzando el cielo y las cactáceas abajo y arriba y a todos lados y al mismo tiempo todos estupefactos y en silencio.

Y confieso que mi problema con ese recuerdo, la razón por la que creo que aún me acecha, es porque he querido narrarlo muchas veces y aún no me da el lenguaje, como no me dio ahora, para que alguien que no estuvo ahí entienda lo que fue. Creo que quiere ser narrado y yo no puedo.

Y mientras, en algún lado, un halcón vuelve a tomar vuelo con una corriente de aire caliente que sube por un barranco verde, para después desplomarse con soberanía sobre el paisaje agreste.

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