#Desvelos. Ponte el suéter

por Joaquín Diez-Canedo Novelo
@joaquindcn

Ahora que vuelve la época de frío, vuelven también los atardeceres dorados, los días con viento, las hojas oscuras y las horas por el suelo. (¿O eran las horas las que eran oscuras y las hojas las que surcaban los suelos? A saber.) Con el fin de octubre vuelve el chiflón y apresurados, también, aparecen los suéteres, chamarras, bufandas, gorros y abrigos que han esperado pacientemente desde el comienzo de la época de calor, por ahí de marzo pasado, al negro fondo del armario. Grises, azul marino, de rayas, lisos, de lana, de algodón o de cashmere; con cuello de tortuga, en v o redondos —largos o cortos, regalados por tías o no— surgen estos ropajes de su encerrado letargo de pelusa y polilla para recalentar las vapuleadas cuerpas de sus portadoras, cuerpas azoradas por el aire que, juguetón, recorre por estas épocas las calles.

A mí este tiempo del año me encanta y me pone nostálgico. Será quizás porque después de la larga temporada de lluvias que supone el verano chilango, octubre finalmente nos ofrece momentos suficientemente prolongados de sol y, como ya se acerca el solsticio de invierno, éste ya está tendido al sur, lo que lo vuelve más una sensación de mañana perenne que ese sol brillante y juzgón de mediados de junio. O será quizás porque hay algo de las hojas regadas y los rincones donde se arremolina el viento que lo hace a uno sentirse en otro lado, una sensación de hojas amarillas que fue robada de películas extranjeras a la autumn in New York y que más que ser, evoca, llevándolo a uno a imaginarse épocas mejores, o a recordar una infancia añorada que anida en la nebulosa lontananza de la memoria.

Y entonces me acuerdo de estar jugando con primos lejanos en una casa antigua llena de cosas, corriendo de arriba para abajo, y luego de mi tía abuela —agarrotada en su silla con sus arrugas, su pelito blanco y un suéter negro que de lo grande la hacía ver como un buitre— tomando entre sus manos de dedos largos y delicados un bastón que la ayudara a caminar, y gritándonos desde una esquina oscura y con una voz que nadie sabía de dónde salía que nos pusiéramos el suéter porque ella tenía frío. Y nadie hacía caso porque corríamos en mangas y sudábamos y brincábamos sobre muebles demasiado delicados, en espera de que nuestras madres terminaran su sobremesa —que acabaría temprano por la época del año— y finalmente pudiéramos ir a casa a dormir, o a cenar un chocolate caliente y un pancito de muerto, tan tradicional de esta época.

otoño1

Ponte el suéter que tengo frío”, decía la pobre, cuando te acercabas a decirle adiós y te acariciaba la mejilla con sus ojitos azules.

Pero ahora he crecido y ella ya no está, y ya no existe su casa ni sus muebles y los primos ya no viven acá —ellos sí se fueron a Nueva York. Yo estoy, sentado en una silla con mi suéter azul (que me regaló mi tía en Navidad), en ese momento suspendido del ocaso en el que uno prende la luz. Mi padre lee en un sillón con una cobija gruesa encima, y sugiere que prendamos el calentador. Mientras, yo veo por la ventana cómo baja el sol, cómo juegan los pájaros antes de dormir y cómo caen las hojas doradas al pasto del jardín; y entonces me da por acordarme de todos los otoños que he pasado acá, de todos los suéteres que me han regalado y de lo cómodos que son.

Y yendo a la cocina por un té, veo a mi sobrino corriendo por el jardín, quitado de la pena y desprovisto de abrigo, y en ese momento siento un escalofrío que me recorre el cuerpo, un algo que me sale de las entrañas y que por suerte reprimo a tiempo y que en seguida reconozco como unas ganas terribles de gritarle que se ponga un suéter.

Por el simple hecho de que yo tengo frío.

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