#Durangueñas 2. Navegando con cabrones

Por Alejandro Merlín
@vulgatas

Ilustración de Santiago Solís 
@SantiagoSolisM

Creo que en Durango existen expresiones endémicas. Quiero referir algunas, comenzando por esa que da título a este texto.

No había notado hasta hace poco el uso particular que los durangueños, esos extraños seres, dan al verbo “navegar”. Puede significar que alguien es asiduo a un lugar, por ejemplo, “se la navega en las cantinas”. A un amigo una vez le dijeron en Santiago Papasquiaro: “Si quieres platicar conmigo búscame en la plaza, ahí donde se navegan las mujeres los jueves.”

También este verbo puede significar lidiar, soportar o tener que hacerse cargo de alguien o de uno mismo: “Pues ya ve, venimos a la vida a navegar”; o también, “soy cantinero y navego con borrachos.”. ¡Qué expresión tan cabal! Pero le debo a mi tía Lili, parte central del habla durangueña, la conciencia de estas expresiones.

Hace unas semanas, en la boda de unos amigos, recordé aquella vez que le pregunté a mi tía por qué no había vuelto a casarse, después de tantos pretendientes, corazones rotos y vagos noviazgos: “Mijo, ¿pa qué andar navegando con cabrones?” Razón de más para quererla mucho. A ella se debe la expresión, cuando alguien está enamorado, de gritar “A gusto Chuy con su pastora”; expresiones que acusan el despilfarro, como “Deberle a las siete vírgenes” o la expresión con que acusa la lealtad a alguien quien no nos es leal: “Ay, mijo, está amarrado y sin mecate.” También recuerdo por ella una forma peculiar de referirse a la gente ansiosa que se mueve mucho: “Parece que tiene lombrices en el cuajo”. Y cuando quiere alentar a alguien a dejar a su pareja, usa esta expresión: “Que al cabo nadie se muere a la vigilia de un divorcio”.

Mi mamá y mi tía Lili siempre mostraron desprecio por la gente descompuesta y desaliñada, a los que consideraban prejuiciosamente flojos y blandengues. Recuerdo que se referían a algunos de mis amigos como “Tu amigo, el que está de a tiro ñango”, “tu amigo el guandajón” “tu amigo el frangollado”, “tu amigo el fifiriche”. Incluso mi mamá le decía a un amigo El Fifiruchillo.

Durante mucho tiempo le dije cascuichas a las tapas de metal de los refrescos y pichicuate a los renacuajos (supongo que por deformación de la palabra “atepocate”). Hay expresiones de una elegancia rústica y avejentada, de un español que quizá —en realidad he viajado poco— sólo se habla en Durango: decir “no se dilate” para decir no te tardes; preguntar “¿pa dónde ganó?” para decir ¿adónde se fue?; decir “de a tiro” como “muy”: ejemplo, “está de a tiro tonto, mijo”; la gente que cuando ve llover con sol dice “está pariendo una venada”. Las personas que usan el verbo “arrempujar”, “abajarse” o “arremangar”. Recuerdo que mi abuela me decía, cuando quería bajar algo, que le ayudara a “apiarlo”. Mi abuela que le decía “destramador” al peine, “fajilla” a un cinto, y “blanquillos” a los huevos. Mi abuela que usaba la expresión “muy de jilito” para decir “muy de vez en cuando”. Ella que usaba el verbo “procurar” para casi todo, como para decirme “procure un suéter que afuera está helado”.

Hay eufemismos más sofisticados que la enunciación prosaica, cosa rara, como cuando alguien en Durango habla de la muerte de un familiar cercano: “Cuando se acabó mi amá…”

Dice una canción norteña: “Y te quedas en el mundo a navegar”. Navegar es algo que hacemos solos, por y para nosotros. Uno navega con quien quiere, pero tiene razón mi tía Lili, mejor navegar solos que con cabrones.

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