El sí que es no y el no que es sí. El viaje continúa con Alain Derbez

-En cualquier otra parte si enfatizas la palabra “” con un gesto, meneas la cabeza ligeramente de arriba a abajo y de abajo a arriba: “¡!”

-En cualquier otra parte si enfatizas la palabra “no” con un gesto, la cabeza va de un lado al otro y de regreso: “¡No!”

-En cualquier otra parte menos en Bulgaria, creo. No conozco lo demás del mundo -apunta mi interlocutora con espectral acento- y si alguna vez lo hice, lo olvidé. Inténtalo. Es difícil hacerlo para los que no están acostumbrados. Di que “” y mueve la cabeza de un hombro al otro… Ahora di que “no”, mira para enfrente, mira tu ombligo… -Ríe igualmente con risa espectral.

-En cualquier otra parte un mercadillo de antigüedades y de eso que se llama souvenires, ubicado a metros de la catedral, cerca de la mezquita, al tiro de piedra de la sinagoga, casi encima de ruinas romanas, a unos pasos de donde se realiza a cierta hora un cambio de guardia que arranca gestos y ademanes del viejo Kremlin rojo como del más añejo palacio de Buckingham, no contaría con marchantes que expenden, junto a los imanes del refrigerador “Viva Sofía” o esas tazas y camisetas “Corazón I Love Bulgaria”, monedas, pipas, sellos postales, viniles de los Rolling Stones, Abba, Caruso y el Festival de San Remo, gorras que portó algún soldado invasor del Ejército Rojo o cuchillos empleados por militares nazis con su filosa swástica a flor de piel inscrita y siempre amenazante, medallas por actos de heroicidad en la batalla de Dobro Pole o en la de Kajmakcalan, espadas no oxidadas o cascos poco abollados de aquella y esa otra guerra ya en el 14 ya en el 39 en las que el gobierno, con los otomanos, al contrario de casi todos los países vecinos, apoyó a alemanes y austro-húngaros y luego de casi tres décadas al Eje que finalmente sería derrotado. En cualquier otra parte menos en Bulgaria, creo. No conozco lo demás del mundo. ¡Pero claro!- apunta con un retintín de ironía- lo demás del mundo no conoce Bulgaria.

Gente muerta en otras partes

He descubierto en Sofía que aquí vive gente muerta en otras partes. Cerros hay alrededor de la ciudad y es ahí donde van a instalarse. Algunas tardes se miran en Vitosha fogatas en los crestones y luego caen la noche y los fantasmas. Con el sol los muertos bajan pero no con mucha gente logran entenderse. Como yo aquí: no hablan el idioma. Los he visto, claro, aunque por lo regular pasan de largo. No me preocupa que alguno se detenga y amigable extienda la mano y me salude. El año pasado me sucedió lo mismo en Dublín y un tiempo atrás en Porto Alegre. Viajo cada octubre para hallar muertos forasteros y, si necesario, hacerles plática sin verme descortés. Saludo pues. Platico. Ahora mismo sentado en la calle peatonal que si se camina recto llegará a la montaña de los fuegos fatuos y las luciérnagas bailarinas -una vía cara como elegante que con sus cafés nos haría pensar en en Les Halles parisino de hoy- uno de ellos (una de ellas), sentada en esta banca, insiste en conversar, hacer preguntas y apoquinar respuestas no pedidas. Apareció así como así. Yo estaba escribiendo en mi diario sin meterme con nadie, solo, concentrado en perderme en las voces de las muchas personas que caminan junto y pasan a su ritmo. Como no tengo ni la más mínima idea de lo que van diciendo –si globos hubiera como de caricatura serían en cirílico luego entonces en nada para mí- sólo quiero capturar los sonidos, la musicalidad, los tonos, los timbres. Miro el letrero de la ciudad sin saberlo leer. No hay señales, hay señas; gestos con ruido, escenas sin subtítulos. En eso estaba, digo, cuando, con una voz al lado mío, súbitamente comencé a entender y así a atender. Me volví aunque, como un profesional que sabe tomar dictado, no dejé de escribir.

Como en tu país, nuestros países

-¿Y tú a qué viniste?

-A conocerte, supongo.

-Sabes que no estoy aquí ni tú tampoco.

-Sí.

-Entonces dime la verdad: ¿a qué viniste?

-A averiguar leyendo que el sábado pasado, en Rose, la ciudad donde nació hace muchas décadas el sefardí Elías Canetti a quien tanto he disfrutado en su autobiografía, a cuya casa quiero ir y transitar el barrio junto al río Danubio. Han violado y matado a una mujer, a una periodista. Se llamaba Victoria Marinova. Tenia treinta años. Fue golpeada en el rostro con tal violencia que quedó irreconocible.

-Como en tu país, nuestros países.

-Ella investigaba sobre la corrupción de los poderosos, sobre chantajes a las autoridades para poder construir carreteras, hacer negocios turbios.

-Como en tu país, nuestros países.

-Ya mucha gente se moviliza para exigir medidas urgentes que permitan capturar a los culpables.

-Como en tu país, nuestros países.

-…

-¿Quieres irte de aquí?

Muevo la cabeza como en Bulgaria.

-Sabes que en tu país asesinaron ayer de un disparo en la cabeza al hermano de tu amigo.

-¿Quieres volver ahí?

Muevo la cabeza como en México.

-¿Volverías a Bulgaria?

Muevo la cabeza como en Bulgaria.

¿A dónde el sí y el no ya en este mundo?

¡Dónde chingada madre la respuesta!

Me pongo de pie y me voy. Nadie quedó en la banca. Lejos, en la montaña, vuelan cocuyos. Se encienden. Se apagan. Se encienden. Se apagan. ¿Cómo se dice en búlgaro esperanza? ¿Cómo leer la palabra en español?

—–

por Alain Derbez@Alain_Derbez

Comments

comments