#EnElAjo: carta sobre el derecho a la palabra

Por: Manuel de J. Jiménez

 

Ciudadano y ciudadana Mx:

Sé que a veces no sabes cómo actuar frente a los acontecimientos históricos que estás presenciado, de los que eres partícipe y de los que puedes dar un testimonio entrañable, más vivo y fiel que el mío. Lo sé, porque yo a veces no sé qué puedo hacer para que en este país germine un volcán purificador. No sé qué decir ni qué emoción seguir. A veces me contagio de una revolución que va más allá de cualquier filósofo o ideología, un movimiento que llame sencillamente a la fraternidad y aliente los pensamientos más hondos en el espíritu para transformar la realidad. Estarás pensando que ese sentimiento es el de la justicia. Te confieso que en otras ocasiones me he desencantado y he extraviado la perspectiva de las dimensiones sociales. Soy ciego incluso en mi entorno inmediato. Otras veces, como tú, tengo miedo de revelar las injusticias, de confrontar a la autoridad y actúo en relación a lo que pienso que la sociedad espera de mí. No sé qué creer (porque la mayoría de las relaciones humanas florecen por la confianza y no por la certeza), desconfío o pierdo cualquier esperanza de cambio y lucha. Como verás, no tengo ninguna autoridad moral sobre ti.

Por eso, no te escribo para exponer teorías de lo bueno o de lo correcto ni busco apelar a los deberes ciudadanos frente al mal gobierno, pues ya tu código genético sabe que desde la antigüedad el pueblo podía oponerse al tirano, que se cubrieron de sangre las ciudades cuando se abanderaron nuevas prerrogativas frente al rey y que en alguna oración de nuestra Constitución se reconoce tu poder y el de nuestros pares. Todo esto y otras tantas “verdades evidentes” se encuentran en tu inconsciente colectivo, en tu familia y hasta en tu cuerpo. Mira tu cara frente al espejo; observa las líneas en las palmas de tus manos. ¿Hacia dónde van? Te escribo con un único propósito. Deseo que tengas presente hoy, ante las manipulaciones mediáticas, la desinformación y las ideologías (porque éstas al final son una fijación política de las subjetividades), que posees un derecho a la palabra. Este derecho, me corregirán los especialistas, no se localiza aún en las Constituciones de nuestros entristecidos países: el Estado no lo reconoce y no hay garantía para hacerlo efectivo. Otros escépticos dirán que ya existe el derecho a la libertad de expresión, por lo que este supuesto “derecho a la palabra” es redundante y se reduce a una figura retórica más en el discurso ambicioso de los derechos humanos. Pero este derecho, te confío, no se encuentra en los documentos de la historia constitucional y las declaraciones de los derechos del hombre y las mujeres (figura a lo sumo entrelíneas). Sin embargo, sí aparece en la tradición oral de los pueblos y en los acuerdos que forjaron naciones, inclusive en las sociedades más simples: tribus, clanes y familias. Un derecho similar al de Antígona: no escrito, inquebrantable, perenne. Este derecho lo resguardaban los dioses y por eso en algunas mitologías la humanidad lo obtuvo con dolores y esfuerzos. Es quizás el bien más preciado en una colectividad. Tú lo articulas con tu voz. En tu testimonio, en tu dignidad, se encuentra el poder primigenio para armar cualquier política y, por ello, puede replantear siempre las fuerzas que nos atan y unen: las reglas que sujetan a México. El texto dice: “el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar y modificar la forma de su gobierno”. Con tu palabra, ten la seguridad, se puede sanar cualquier nación. Una lengua chamánica, ancestral y volcánica.

Articular las voces en un coro que aunque no levante la nota al unísono sea armonioso: una melodía de libertad, si se quiere, con temperamento romántico y trayectorias plenarias. La libertad, observan aquellos que han tocado las fibras del ser político, se tensiona en el fondo con la igualdad. Sin embargo, en el primer plano, no hay nada que se le oponga más que la servidumbre y el clientelismo. El bozal que silencia al ser humano no se lo pone un amo, sino él mismo. Saber que lo que pasa hoy en nuestro país rebasa cualquier razonabilidad y se ensancha en territorios súbitos. Los hechos son motivos indelebles. Ya no se trata de una reforma educativa ni de una reforma laboral dirigida al magisterio nacional; se trata de la defensa de derechos inalienables como los poros de la piel, reconocimientos por los que lucharon padres, madres y abuelos. No se trata de un asunto de seguridad nacional, sino de crímenes de Estado y desapariciones forzadas. No se trata de verificar si las víctimas son maestros o no lo son, sino de las muertes en Oaxaca que se suman a cifras enormes y macabras. No son enfrentamientos armados ni guerras, son heridas y cicatrices toponímicas: Nochixtlan, Ayotzinapa, Tlatlaya, Chilpancingo, Acteal, Wirikuta, entre otras. En suma, no se trata exclusivamente de si existe o no el Estado de derecho; se trata del buen vivir y la felicidad.

Ejerce este derecho a la palabra. Siempre los has tenido en tu cabeza: es inalienable e intransferible. No soporta representación como sucede con otros derechos. En tu testimonio, más que la verdad, se encuentra la fuerza de una verdad que nos es común.

No habrá mañana entonces.

 

Ciudad de México, 23 de junio de 2016.

en el ajo marcha1

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