#EnElAjo: oda al 16 o da al 16

por Manuel de J. Jiménez

Regresamos de un largo puente a seguir con nuestras labores diarias: universidad, oficina, reportes, hojas de Excel. Algunos críticos vehementes piensan que descansar en estos días, reposar la patria, es una mala costumbre entre los mexicanos. Para celebrar una nación, hay que hacerlo con trabajo, con esfuerzo, dicen. Me parece que no todo se reduce a potencializar las horas laborales. Existe una tarea de introspección y de recogimiento (si se quiere) para profesar una religión civil (como lo miraban varios autores clásicos). A pesar de las opiniones, percibo que estas fiestas fueron distintas. Si los años pasados se sentía un ahogo melancólico, un dolor profundo por una bandera hecha girones; una patria descabezada; esta vez, hasta donde mi sensibilidad lo permite, los mexicanos celebramos desde lo más hondo, ensamblando piezas en nuestra historia reciente. Más que gritar “viva México y muera el mal gobierno”, el grito fue “viva México porque es más grande que el mal gobierno”.

Sí. También los clásicos se equivocan y no vale decir siempre que los pueblos tienen los gobiernos e instituciones que merecen. Al iniciarse el Congreso de Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813, José María Morelos y Pavón, quien renunció al trato de alteza y prefiere ser “Siervo de la nación”, lee o, mejor dicho, recita Los sentimientos de la Nación. Este documento, que nada le pide a los textos de los padres fundadores estadounidenses, finaliza con el siguiente numeral. Después de la firma de Morelos, se lee:

23º. Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída; recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor Dn. Miguel Hidalgo y su compañero Dn. Ignacio Allende.

La fecha, como se sabe, fue cambiada un día antes por el presidente Porfirio Díaz para hacerla coincidir con su fecha de nacimiento. Pero lo importante para el mexicano actual no es la fecha solemnizada. Un día cualquiera, se levanta la voz de la Independencia y la Libertad comienza a sentirse en el espíritu de los ciudadanos. Los labios de la Nación, ávidos de consolar a sus hijos y pronunciar las “verdades evidentes”, reclaman delante del mal gobierno los derechos que más que reconocidos, les fueron negados. La espada en mano para ser oída, es decir, la fuerza de la palabra: el filo de las voces.

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Los hacedores de nuestra patria también fueron poetas. Los legisladores no reconocidos, para tomar la idea de Pierce B. Shelley, en México sí fueron escuchados, a tal grado que versificaron el mito de la nación tricolor. Europa no es exclusiva con Solón y otros sabios grecolatinos; en el Anáhuac también cantó y legisló Nezahualcóyotl. Como dice Claudio Magris: “Los antiguos, que había comprendido casi todo, sabían que puede existir poesía en el acto de legislar; no casualmente muchos mitos expresan que los poetas también fueron los primeros legisladores.” En nuestro país, muchos diputados constituyentes contenían en sus poemas (al igual que en la redacción legislativa) los ideales nacionalistas. Uno de ellos fue Andrés Quintana Roo, a quien otro poeta, Martínez Ocaranza, le reprocha lo siguiente: “¿Por qué don Andrés Quintana Roo no escribió una ‘Oda al Congreso de Chilpancingo’ cuando esta Asamblea Nacional Constituyente –que él presidió– hizo la Declaración de la Independencia?”. En cambio, el poeta-legislador escribió un texto clásico en nuestra poesía civil: “Oda al Diesiés de septiembre”. Al final del poema, el poeta invita indirectamente al lector (mexicano consumado y consumido por la guerra) que entregue una ofrenda a los héroes:

Sombras ilustres, que con cruento riego
de libertad la planta fecundasteis,
y sus frutos dulcísimos legasteis
al suelo patrio, ardiente en sacro fuego!
Recibid hoy, benignas,
de su fiel gratitud prendas sinceras
en alabanzas dignas,
más que el mármol y el bronce duraderas,(…)

Reconsideremos las celebraciones y alabanzas. Hagamos nuevos votos con esa religión civil. En los momentos extremos, donde las calamidades sacuden un pueblo, la ética ciudadana tiene su punto de partida recalcando los lazos que nos unen y hacen que todos nos reconozcamos, entre ellos, la palabra, la cultura y el mito de nación.

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