#EnElAjo: Ventiladores gigantes

Por Manuel de J. Jiménez

Ante la actual crisis ambiental en la muy imperial CDMX (parafraseando un título de Benjamín Morales), se buscan responsables: el nuevo reglamento de tránsito, la decisión de la SCJN que permitió a los vehículos viejos acceder a la calcomanía cero, la corrupción en Verificentros, la ineficiencia del trasporte público, etcétera. A su vez, las opiniones son diversas sobre la contingencia ambiental: personas que afirman que tarde o temprano moriremos sorbiendo la nata de gases, gente que culpa a las autoridades, gente que culpa a la ciudadanía, amantes de la teoría de la conspiración que consideran, literal y metafóricamente, que esto es una “cortina de humo” para desviar la atención. La contaminación, dicen, siempre ha estado allí como un manto tenebroso.

En esta ocasión, no entraremos en el juego de responsabilidades individuales y colectivas, basta atestiguar que es un problema que está allí y que no desparecerá hasta que exista buena fe. La mayoría de los habitantes de la ciudad siempre hemos vivido bajo los gases del infecto invernadero, con los ojos irritados, con tosecitas “normales”. Sólo algunos mayores rememoran el aire dulce de esa “región trasparente” que popularizó Fuentes con su novela o cómo fluían ríos en lo que ahora son avenidas que irónicamente siguen llevando nombres lacustres (Río Piedad, Río Churubusco, río de los Remedios). Ahora, en las riberas de la ciudad, contemplamos los “arroyos vehiculares”.

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¿Desterritorialización o broma de la posmodernidad? En fin, esa ciudad bucólica se refugia en la memoria y puede rastrearse en las páginas de la literatura chilanga.

La imagen de la “región más transparente” no es genuina de Carlos Fuentes. Él la toma de un ensayo de Alfonso Reyes: Visión del Anáhuac. A su vez, parece que el escritor regiomontano arranca la imagen de otra fuente. Únicamente coloca el epígrafe: “Viajero: has llegado a la región más trasparente del aire”. Los estudiosos no se ponen de acuerdo de dónde salió esa frase. Algunos consideran que proviene de algún texto de Alexander von Humboldt, quien describió majestuosamente la ciudad de los palacios; otros consideran que viene de alguna crónica de la Conquista; algunos más afirman que es una invención del propio Reyes. Sea cual fuera el origen, la imagen construyó un tópico: la atmósfera idílica de la ciudad. El lugar de las trasparencias, de los vientos diáfanos, tan usado y socorrido en el léxico de la poesía mexicana. Aunque la ciudad haya permanecido siempre en una nebulosa, se cree que sus orígenes son prístinos. Existe un impulso en el chilango, ahora cedemexiqueño, para regresar al momento acuático de la ciudad, primigenio, incluso antes de la mítica llegada de los mexicas y su peregrinaje desde Aztlán. Allí quizás se puede respirar ese aire puro y renacer. Existe un anhelo por la trasparencia de los cuerpos, pues también es lugar común la complexión opaca del ser chilango.

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Pensemos en la poesía de la ciudad. En la Colonia, ya la Grandeza mexicana de Balbuena vislumbra la configuración barroca de la capital del virreinato, sus riquezas y pobrezas: la mancha confusa en su espíritu. A pesar de ello, se sostiene el elogio en todo el poema. Después, en el siglo XX, ante la esquizofrenia que provoca vivir al interior de la mole, los poetas vituperaron al monstruo. Para ese entonces, la metrópoli ya lucía como una mácula voraz. Efraín Huerta, en el que probablemente sea el poema más emblemático de la ciudad, “Declaración de odio”, describe: “Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,/ de acero, sangre y apagado sudor”. En otro momento sufre: “Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,/ criadero de virtudes deshechas al cabo de una hora,/ páramo sofocante, nido blando en que somos/ como palabra ardiente desoída,”. De los últimos acercamientos a la tradición poética de la ciudad, se puede citar Tránsito de Claudina Domingo, donde la poeta se ensucia de palabras y cruza las voces de los objetos metropolitanos.

En definitiva persiste un malestar en los pulmones de la urbe (esas tosecitas “normales”). Reconsideremos la propuesta de los ventiladores gigantes del Ing. Heberto Castillo para hacer circular los vientos.

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