Enkidú, los olores y la entrada al mundo civilizado

Por Óscar Muciño
@opmucino

Hace más de 3,000 años en la región de Sumeria convivieron gran cantidad de pueblos que tuvieron desarrollos paralelos (hattitas, babilónicos, acadios, asirios) y edificaron cerca de los ríos Tigris y Éufrates ciudades como Nínive, Uruk y Babilonia.

Para que estos pueblos crearan un sistema de signos escritos hubieron de pasar milenios de relaciones entre un gran número de generaciones. No obstante la distancia temporal de los textos producidos en la región de Mesopotamia, se conservan variados tablillas con escritura cuneiforme que se han descubierto y descifrado paulatinamente desde 1846, fecha en que fueron encontradas en la biblioteca de Arsubanipal.

Se han encontrado textos con cuentas comerciales, o con lecciones escolares, entre ellas una que narra el día cotidiano de un estudiante al que le cuesta aprender la lección, es algo desobligado y por consecuencia es reprendido por su maestro.

En las tablillas también se ha descifrado la epopeya de Gilgamesh, rey de Uruk, y que es de las primeras obras de este género. A pesar de lo fragmentario del texto, gracias a los constantes descubrimientos de tablillas se pueden conocer grandes fragmentos de la historia.

En la epopeya también aparece Enkidú, quien es un salvaje que vive con las bestias y azora algunas poblaciones, hasta que retoza con la hieródula (prostituta sagrada) que envía Gilgamesh para “alejarlo de las bestias”. Enkidú cuando amanece y vuelve a la vida salvaje sufre el rechazo de su manada:

Se lanzó Enkidú, pero su cuerpo no le respondió:
inmóviles quedaron sus rodillas mientras huía su manada.
Debilitado Enkidú, no corría ya como antes.
Pero había madurado y logrado una vasta inteligencia.

Conducido por Shámhat, la hieródula, Enkidú emprende camino hacia Uruk para conocer a Gilgamesh. Antes, en una cabaña habitada por una familia de pastores conoce el pan, bebe cerveza, se baña, se unta ungüentos perfumados y se viste.

Comió pues el pan Enkidú
¡Hasta saciarse!
Bebió cerveza…
—¡siete jarras!—
Su corazón rebosaba de alegría
Su cara irradiaba
Enjuagó con agua el vello de su cuerpo
Se ungió con aceites perfumados
Parecía ya un hombre.
Se puso un vestido

Este pasaje simboliza la entrada de Enkidú a la civilización; se embriaga y se baña, pero también se pone ungüentos (y perfumados) antes de vestirse. Entiendo que el uso de ropa nació para soportar las inclemencias del frío, pero el uso de perfumes delata otro estado mental, uno en el que ya se esconde el olor que emanamos naturalmente.

Sudor agrio de axila, olor a excremento y orines, boca apestosa, pelo ceboso. Sin duda el baño es importante e higiénico para evitar estas humanas fragancias y mantener limpias cavidades, pero el desodorante, la crema, la loción, el perfume, ya son vanidad y máscara. Los animales se bañan, muchos se embriagan, otros cantan, pero no sé si se perfuman.

El cómo olemos continúa siendo una puerta de entrada al mundo civilizado. Los indigentes que pasan meses sin bañarse a su paso van dejando un aroma impregnante que delata su condición. Y en esto llamado civilización no se puede ir a una entrevista de trabajo oliendo ya no digamos a meses sin baño, pareciera que ni siquiera con los dientes sucios y los zapatos sin bolear.

No es gratuito que una de la etimologías de la palabra persona sea máscara. Los ungüentos para el durante y el después del baño son sólo unas de las muchas que nos componen. Por ejemplo, uno se emboza con mecanismos de expresión como la escritura, se pueden dar rodeos históricos para hablar de los olores y al final poder lanzar un apoyo a todos aquellos que disfrutan, en la culpa o en secreto, los aromas que exhalan su cuerpo y cavidades: ¡No están solos!

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