“Es difícil estar solo, pero es sincero.” Luca Bocci y Ramona en el Multiforo Cultural Alicia

por Benjamín E. Morales
@tuministro

Ya podríamos decir que El Alicia es uno de los lugares mágicos de la CDMX. Algo tiene esa trampa; sus paredes dicen muchas cosas, su escenario parece incluso listo para tener una vitrina permanente en algún museo. Pero no pierde su vida salvaje y su negativa a ser un monumento, sino que cada noche refrenda ser un cauce potente de cultura y expresión que debiera seguir marchando hasta el fin de los tiempos. Siempre es importante ir, porque hay noches mágicas que no se repetirán jamás y que podremos presumir y celebrar. Como la del primero de noviembre del 2017 con Luca Bocci y Ramona.

Éramos los suficientes, se sabía que el escenario estaría practicamente solo. Ramona venía con un set reducido, Luca sólo traía una guitarra. El Multiforo Cultural Alicia tenía un ambiente peculiar: silencioso entre luces mortecinas y pocas palabras, como si todo mundo se preparara para escuchar.

Los primeros en salir fue Ramona, tan sólo dos miembros de la banda, cada uno con una guitarra y una computadora para poner algunas pistas. El dulce y desesperado canto bajo las luces rollizas del entramado caminaron rumbo al romance que los de Tijuana siempre convocan. Si la banda está sacando de los discos más interesantes en la actualidad mexicana, su trabajo en vivo es igual o más contundente. Sin reparos y abrazando la oportunidad de dar un gran show, Ramona recorrió sin miramientos parte de su catálogo, dándole nueva luz a ciertos temas ya bien conocidos y otros nuevos y más vulcánicos, para rematar con uno de sus ya obligados temas que sólo contó con la simple voz y guitarra de Chuy recorriendo el auditorio como un animal herido que encontraba refugio en el pecho de todos los que permanecían en silencio dejando que el tiempo se alargara frente a ellos.

Y llegó al que todos estábamos buscando: Luca Bocci. Ver al muchacho es como ver a un hermano que no le tiene miedo a lo que tú le has temido siempre. Llegó y saludó diciendo: es difícil estar solo, pero es sincero. Y con ese golpe empezó a deambular con su guitarra, como suspendido sobre el escenario, los ojos imitando los párpados de las esculturas barrocas en éxtasis, la cabeza pendular y una voz que podía subir y bajar entre la explosión y el susurro. Sus canciones, más las canciones de otros, que iba presentando con bellezas como ésta: es una canción muy vieja que no es mía, pero a la vez es mía. Y su soltura y flujo en el escenario es tan cercano a eso que unos llaman libertad que no impresiona que cuente cómo afinar una guitarra es como afinar un videojuego, o pida que se le aplauda como a John Lennon para pasar a hablar de su hermano en un segundo congelado que a todos se nos pegó en la piel. Y casi todo Ahora, uno de esos discos deslumbrantes por su belleza y expresividad, sonó esa noche de Todos Los Santos mientras Luca hablaba de Mica, su novia, y en lo que era creer en el amor para concluir con un hay que amar y dejarse amar loco y enfondarse una cerveza de un trago a pesar de que no hago estas cosas desde que tengo quince. Porque Luca parece tener miles de años en la espalda, algo en sus palabras y su forma de decir saben a sabiduría o algo parecido, ha haber visto mil veces los mismos patios siempre de manera diferente. Mañana es mejor, cantaría con furia casi al final como una aclaración de guía y misión, y se fue con una sonrisa y nos dejó tristes y sintiendo un amor huérfano y de extraña densidad. Así son esas noches.

Al final todos estamos solos, diría el argentino, dando tumbos entre hermosas canciones. Tanto Ramona como Luca entregaron el corazón esa noche y eso siempre se debe celebrar y agradecer. Y con ese sentimiento tan cercano a lo sagrado es más fácil caminar de noche rumbo a casa para amar y dejarse amar esperando otras nuevas y hermosas canciones vivas para todos.

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