«Soltó los tigres, a ver si puede domarlos». Frases de nuestra historia para este mes patrio

Por Óscar Muciño
@opmucino

Hay frases que se esculpen en letra de oro. De toda una escena, de todo un acontecimiento, a veces sólo sobreviven en el recuerdo un par de palabras, no más. La historia ofrece muchos episodios de este tipo.

Por ejemplo, durante la intervención estadounidense, el general Pedro María Anaya, ancestro de Jorge Negrete, dijo al rendirse ante el General Twiggs en la Batalla de Churubusco, cuando le pedían las armas y la pólvora: Si hubiera parque no estaría usted aquí. A pesar de la derrota, Anaya contesta desafiante (no son gratuitos sus lazos de sangre con el charro cantor): ¿El parque? Pues si hubiera parque ya lo tendrías sorrajado en el hocico gringuito; bien pudo haber contestado de haber sido pariente de Pedro Infante.

La frase es brava, por lo menos más que la emitida por Guillermo Prieto cuando salvó al presidente Juárez evitando que fuera fusilado por los hombres de Filomeno Bravo. Prieto se antepuso a Benito y gritó: Los valientes no asesinan.

No deja de parecerme similar a aquella cita que estaba en los tableros de las “maquinitas” o arcades allá por los años de Ben Jonson, Maradona, Canseco y otros más: Los campeones no usan drogas. Tampoco imagino al general Filomeno dando marcha atrás en su resolución sólo por la intervención de Prieto. La frase guarda un aspecto de la historia, y en este caso la palabra parece tener una capacidad mágica, queda en la memoria, es un momento de lirismo el que salva la vida de don Benito.

Años después a Juárez no le harían cambiar ni todas las cortes de Europa en su decisión de fusilar a Maximiliano I Emperador de México. El archiduque de Habsburgo momentos antes de recibir la descarga gritó un ¡Viva México!

El caso de Maximiliano es notable, y cómo no, un hombre que es utilizado por Napoleón III, por los conservadores, y que termina hermanado en la muerte con dos generales mexicanos: Miguel Miramón y Tomás Mejía. A los que uno pensaría no hizo justicia Manet en su cuadro L’ Exécution de Maximilien, pues aunque son “algo parecidos”, por decirlo de algún modo, no lucen con la gallardía del austriaco.

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Maximiliano va quedándose solo en México, su esposa Carlota ha vuelto a Europa, Napoleón III lo ha abandonado cuando se percató de lo poco propicio que Maximiliano resultaba para sus intereses, y es despreciado por los conservadores mexicanos al conocer sus ideas liberales y su renuencia a devolver los bienes a la Iglesia. Seguramente llegó con ilusiones. No puedo evitar imaginar la plática que tal vez sostuvo con su esposa Carlota al enterarse del ofrecimiento. Ya en el dormitorio, cambiando sus ropas por las de dormir, el archiduque diría a su consorte: ─Querida debo platicarte algo. ─Dime mi esposo. ─Me han ofrecido un puesto como emperador en el extranjero, yo aquí no tengo nada, todo es de mi hermano, es lejos, pero sería algo nuestro…

Otras frases que antes fueron puro orgullo ya no transmiten nada, por ejemplo, Vicente Guerrero responde al indulto ofrecido por el virrey: La patria es primero. Tiempo después se abrazará con Iturbide, cerrando el pacto entre insurgentes y realistas. Iturbide que combatió durante diez años a los insurgentes terminará entrando triunfante en la ciudad de México para firmar la independencia.

En cambio, Hidalgo y Allende respondieron al indulto ofrecido por el virrey Francisco Javier Venegas con más energía: El indulto es para los criminales, no para los defensores de la patria. Morelos también diría que Morir es nada cuando se muere por la patria. En cambio, don Porfirio, tal vez más conocedor, dijo antes de dejar la patria que Madero soltó los tigres, a ver si puede domarlos.

En fin, frases graves de hombres graves, de otros tiempos, de cuando había patria.

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