Habitar nuestro cuerpo es combatir, pelear y dignificar lo que nos pertenece. Ansiedad 1.4

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Habitar nuestro cuerpo es combatir, pelear y dignificar lo que nos pertenece
Ansiedad 1.4

por Daniela Orlando
@danieltitlan

Hay que partir de la realidad de hecho del cuerpo, de su fuerza asimiladora y apropiadora,
de su fuerza digestiva, porque en todas las manifestaciones de la cultura, incluso de la
cultura superior, pervive la animalidad, pues -como precisa Nietzsche- a lo que más se
asemeja el espíritu es a un estómago.
-J.Conill

A mi juicio, la no-violencia no tiene nada de pasivo, sino que es la fuerza más activa del mundo.
-M. K. Gandhi

El malestar en la cultura

A lo largo de estos textos he buscado mostrar los distintos aspectos que involucran a la ansiedad y que la convierten en parte de la cotidianidad. Lo que me interesa resaltar a modo de conclusión, es que la ansiedad es, como todo lo que cubre nuestras emociones, un aspecto que sucede en, por, a través y para el cuerpo.

La educación del sentir es precisamente el esfuerzo de hacer tangible y concreto el desarrollo de lo emocional en conexión con los procesos corporales a los que estamos sujetos, de tal forma que podamos ver en nuestras emociones un camino de conocimiento y reconocimiento. Las emociones, en tanto aspectos culturales, definen en gran medida nuestras formas de relacionarnos y nuestras búsquedas específicas, negar su relevancia es negarnos a nosotros mismos.

Si bien la ansiedad es un espectro del dolor y estamos condicionados a evitarlo, es inhumano negarlo como un espacio más del sentir, de estar vivo. La modernidad, en su perpetua necedad por mantener el control dentro de los límites de lo “correcto” y que se traduce como la felicidad permanente, ha puesto nuestras emociones vulnerables como un error, o lo que es peor, como una falla.

Fallar y equivocarse son espacios de la experiencia que nos han sido negados, pero sobre todo, que nos hemos bloqueado nosotros mismos. Frente a una lógica de éxito sustentada en la productividad eficiente, permitimos ser violentos e ignorar nuestras necesidades en búsqueda de un objetivo que parece alcanzarse sin tener en cuenta el camino para lograrlo y sin ceder a otras posibilidades.

Las dificultades sociales y personales para “triunfar” nos muestran que lo que no es “éxito” lo asimilamos como una falla, rompiendo toda posible realidad alterna que nos satisfaga o nos permita sentirnos plenos. La ansiedad como patología social nos ha permitido ver que no estamos fallando, estamos respondiendo.

El verdadero malestar en la cultura actual es evidenciar que nuestras ideas no han sido suficientes, que a veces nos quedamos sin recursos y opciones, no porque no existan más sino porque las que teníamos contempladas ya no funcionan. Y esto no demuestra incapacidad, sino sólo etapas de nuestra madurez. El cuerpo, mientras permanezca vivo, seguirá creando opciones. Liberarnos del dolor no es una pelea contra nuestro cuerpo, sino con los límites que creamos para ver y percibir el entorno. La razón y el saber construido desde la teoría no son los únicos caminos para generar respuestas y soluciones.

 

“A veces se gana y a veces se aprende”

La gran parte del conocimiento ha surgido gracias al error y a pesar de ello hemos creído que la palabra en sí es una pérdida si lo relacionamos a nuestros propios resultados. Si la realidad nos acelera en una búsqueda por un lugar, un espacio para ser y desarrollarnos, la falla no somos nosotros, sino el discurso que nos convenció de competir y asumir que sólo los “mejores”, “los valiosos” pueden tener un lugar digno. Pero nosotros mismos, nuestro cuerpo mismo es un espacio, un lugar que puede y merece ser habitado. Ya somos espacio, ya somos lugar, ya somos identidad.

Fallan los resultados no las personas. Una persona que “falla” es una persona que simplemente no ha cumplido procesos suficientes para comprender su circunstancia, pero juzgar eso frente a lo “correcto” es estandarizar el sentir y el saber. El error y el dolor son aprendizajes como todo proceso de vida y su valor radica en la posibilidad de crecer, es decir de seguir aprendiendo. Nuestras ideas y creencias funcionan en el cerebro como caminos transitados, mientras más repetimos la idea, más se enfatiza el camino, permitiendo además que la sinapsis o la conexión entre una idea y otra sea tan eficaz y veloz que se convierte en un reflejo automático. El error nos invita a buscar nuevos caminos de conexión, otras formas de transitar y de percibir el camino, pero sobre todo, es reconocer que lo anterior ya no es funcional. Educar el sentir es cuestionar precisamente esos caminos marcados en nuestras ideas de manera autómata, nos abre la posibilidad de construir nuevas ideas y con ellas nuevas realidades donde el dolor no sea sufrimiento sino una opción más para crecer.

Frente a la ignorancia, la incertidumbre es la capacidad de confiar en encontrar nuevas respuestas o nuevas formas de buscarlas, aprender a darle tiempo y resolución a lo que está sucediendo, adueñarnos del caos que habitamos. Obtener lo concreto, lo material, lo objetivo, es permitirnos sentir y tomar responsabilidad de sí; nuestro cuerpo es el territorio que nos pertenece, si aprendemos su valor, sus capacidades, habilidades y respuestas, entenderemos las necesidades esenciales, aprenderemos a defender y priorizar lo más elemental.

Un país de desaparecidos, un mundo que objetiviza y devalúa la existencia entera en lo efímero, requiere cuerpos conscientes de sí. Fortalecer la voluntad de vida y bienestar colectiva nos obliga a romper las estructuras de poder.

 

“Lo personal es político”

Es necesario cambiar las reglas, no se puede construir estabilidad en un campo minado, entender la fragilidad y vulnerabilidad es la única forma de crear un terreno fértil para crecer. El miedo es la zona de tránsito para modificar las estructuras y ese tránsito puede realizarse con seguridad. Aprender a sentir es confiar que todo aquello que sucede dentro de nosotros es la voluntad misma de permanecer vivos, es la expresión más honesta y básica de quienes somos. Relacionarnos a partir de este principio es convertir el poder en respeto y equidad. El cambio no está en uno mismo, sino en la comprensión y acción de quien aprende a modificar y cuestionar lo que está dicho, quien aprende que su voluntad de cambio es la necesidad de quienes lo rodean.

Quizá no podemos acceder y modificar las superestructuras de poder en la economía, la política y el pensamiento hegemónico, pero podemos comprender, fortalecer y cambiar las formas en cómo nos relacionamos con nosotros mismos, emprender la conciencia contra la violencia que las superestructuras han dejado y que repetimos con quienes nos rodean. Habitar nuestro cuerpo es combatir, pelear y dignificar lo que nos pertenece.

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