Holy Wave y Jóvenes adultos en Bajo Circuito: Entre madurez y olas rebeldes. Presentado por Beyond

Por @vikingomorales@vidaleando

La noche se manifestó en una pregunta animadísima: ¿qué carajos es el garage? Comenzamos con algunos intentos lerdos de responder, pero de pronto entraron los Jóvenes Adultos y el asunto adquirió una sintonía teórico-práctica. Con sus riffs poco definidos pero contradictoriamente, bastante concretos nos empezaron a aclarar de que va el asunto. Lo chingon de este trío es que son la misma persona envejeciendo en su concierto. Poco a poco se pone más macizo su sonido sin importar que digan, piensen o gesticulen los demás. Lo único relevante es cómo cada uno de ellos se enajena con el avatar del momento: la canción.

Este trío define de una manera excelsa el significado de su nombre: son jóvenes porque no escatiman en divertirse, son adultos porque, como diría el tío Ben, “con un gran poder, viene una gran responsabilidad”. Así es como estos sujetos se manejan, avientan puñetazos con los ojos cerrados, pero saben que sus impactos serán certeros y catastróficos, un knock out definitivo para el más grande rival de una banda emergente: el público.

Un acto tan fuera de lo común que termina con: “nos quedan cinco minutos más, pero queremos que los utilicen para pensar en la respuesta de la siguiente adivinanza, si me conoces me querrás compartir, pero si me compartes dejaré de existir ¿qué soy?”. Palabras que probablemente no signifiquen mucho, tal vez fue un chascarrillo o tal vez fue una invitación a reflexionar la manera en que nos comunicamos, tal vez la música sea un secreto, tal vez Jóvenes Adultos es un ente que no quiere dejar de existir.

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Y de pronto, la atmósfera recuerda que viene del océano e invoca a Holy Wave. Una banda de cinco, de los cuales, dos parecen clones de Varg Vikernes, druidas del black metal pues. Los otros tres parecen geeks de libro de texto; sin embargo, bastó con que saturaran el océano con sus riffs. Se presentan como una de las bandas más fieles al sonido psicodélico sesentero, plastas de sonido y melodías agudas, notas que nos seducen para extraviar la razón para rendirnos ante nuestro subconsciente.  

Su sonido es mucho más vívido que en estudio, trae esas deliciosas aberraciones antes ausentes. Para la mitad del concierto nos debatimos entre sí escuchábamos psych o krautrock; estábamos viendo al Kraan texano, trazando a modo espeso una línea que sonaba al Mr. Elevator & the Brain Hotel. Son dignos representantes de una de las mecas de la música: Austin, lugar donde hay más conciertos que coitos por día.

“Ti tiruri tiruri tiruri” (Western Playground), onomatopeya que resuena en nuestras cabezas, un riff que se convierte inmediatamente en un llamado, una invitación a perderse en las olas. Movimientos orquestales que nos conquistan de una manera sutil, sin embargo, su cadencia es reiterativa y hasta cierto punto invasiva, pero nos encanta dejar de ser y empezar a sentir. A medio viaje nos dimos un cale digno de plantas de poder: un maldito ruidero orquestado por instrumentos entre rola y rola, pero nadie se da cuenta pues ellos son el firme puño del capitán Nemo timoneando el Nautilus.

Nos transportan inmediatamente después, a una presentación de The Velvet Underground pero escrita y dirigida por Terry Gilliam, las siluetas que de por si ya eran abstractas, empiezan a perder todo significado preestablecido para convertirse en un caldo cósmico lleno de luces, ruido, delay y surrealismo. Frente a nuestros rostros tuvimos a sibaritas en una misa cuyo fin era dejar claro el caudal del mar.

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Al final de la noche las miradas del público se cruzaban con extrañeza y admiración, como esa primera vez en la que consumes psicotrópicos, en realidad no estás seguro si lo que experimentaste fue real o simplemente un sueño. Muchísimas gracias a Beyond por invitarnos a escuchar y vertir nuestros pensamientos en este texto, gracias también a Bajo Circuito por recibirnos con los brazos abiertos siempre.

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