José Tomás: hasta no ver, no creer. Por Antonio Calera-Grobet. (En exclusiva para NoFM desde la Feria de San Marcos en Aguascalientes).

José Tomás: hasta no ver, no creer

a los doctores Alfredo Ruiz y Juan Carlos Ramírez,
salvadores de la vida de José Tomás.

Por Antonio Calera-Grobet
@manchadetinto

Deja sentir todo su concreto el sofocante calor de Primavera. (¿Tendrá por ahí un concierto para la estación en relación a su capacidad infernal, señor Vivaldi? ¡Por Dios!). “Duchazo de agua fría es lo que uno requiere en esta tierra”, me descubro diciendo en mi cabeza, in fraganti: “Aguasfrías en Aguascalientes”. Aguascalientes, me repito. Me gusta su nombre: altísima ciudad por percha propia y, por si el calor no fuera suficiente, por la calidez de su gente. ¡Viva Aguascalientes! Limpio su cielo, limpias sus calles, limpia la mirada de su maravillosa banda, que canta y baila a la altura, que se brinda como Dios manda, linda esta ciudadanía que no esconde doble clara.

Entonces, así las cosas: nos encontramos arropados por una tarde de lo más diáfana. Cubre a la ciudad, decía, el cielo abierto de África. Me gusta también pensar que estamos en la India y abajo, conformando un nosotros de lo más extraño (taurinos mayores y menores, coetáneos, turistas de todas partes, y una villa de villamelones, en fin, diecisiete mil mortales contemporáneos tatemados del cráneo, léase 17 mil carbones), nos agolpamos felices en torno a la fiesta que nos viene de añales (1830 ésta de Aguascalientes), un ritual de orígenes más que ancestrales. Huele a miedo, por supuesto. Huele a establo, huele a mito quemado. Pero de pronto ahí ya, al abrirse las puertas, se drena ese todo de azufre y azoro. Se abren paso, en el centro del ruedo de la Monumental de Aguascalientes (por cierto en un lleno a tope, lleno de “Ya no hay billetes”), el viejo sabio mexicano “El Zotoluco”, Eulalio López, “Chintololo”, oriundo con orgullo del reinado de Azcapotzalco, y el príncipe de Galapagar, José Tomás, el más grande de todos: José Tomás: el número uno y bajo suyo, un millar. Cosa curiosa: ahí plantados, antes de partir plaza, uno a un costado del otro, pero estrictamente divididos por el sol. Tomás iluminado, como si su capote fuera de puro iridio, portento irradiado, y el mexicano en la sombra, como un lobo agazapado, apenas en silueta, apenas trazado. Ya se verá. Y uno recuerda entonces que esto es un mano a mano. Como los hombres, dirimiendo las cosas cara a cara, de cara a una plaza pletórica, lista para la gesta. Para el cierre del trato, todos en su sitio, se trata de una estampa perfecta. Y corrijo porque quiero y puedo, este texto: ya no estamos en la India. Estamos en Sevilla. Y más: las puertas que se han abierto me hacen pensar que se tratan estas de las puertas de Ishtar, de una especia de arcadia. La palabra es Arabia: Arabia de sueños, dorada.

Y por cierto que no flota. Al verlo ahí arropado por su armada cuadrilla, ahí en su terno azul cielo, (como azul era el cielo arriba del ruedo), al verlo ahí no había ya tal mueca de muerte, no flotaba , señores morbosos, de pensamientos flojos, la muerte. Y no sólo no flotaba sino que se hundía, el fantasma de Navegante, aquel toro de Garfias que se lo quiso llevar puesto al inframundo. Sí, lo sé, lo sabemos, que aquella cogida fue casi mortal, que atravesó la arteria ilíaca y tajó la vena femoral, que Manolete y Paquirri murieron así, ahuecados por el asta de su toro asesino: pero en esta no hubo extremaunción, no hubieron santos óleos. Por lo tanto, naufragio digo el de “Navegante” y sigamos adelante: al toro. Todos al toro y con todo.

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La crónica. Pues bien, estuvimos ahí los convocados por un cartel de cepa. Dos de los grandes. En Aguascalientes, donde José Tomás tiene su casa, literalmente, ahí en esa plaza en donde se estrenó como novillero en 1994 (sí, en México el comenzó a torear), ahí en la plaza donde sufrió su primera cornada. De manera que quizá estuvimos en el mejor de sus estados. Su estado de gracia: en casa y haciendo fiesta brava. Y bueno, aunque el siguiente juicio valga para poco, creo que las cosas se dieron de este modo, y describirlas como va es decir verdad: creo, como comentario general, que los toreros han estado por arriba de sus toros, sin decir esto que los toros no dieron juego. No. Lo dieron seguidamente y estuvieron presentados por todo lo alto, hubo mucha fiesta en ellos. Pero no se recordarán por su bravura. Valieron por otros elementos. ¿Uno caro? Haberse prestado al juego. Por dejarse llevar por el ruedo, sin tanto recorte, pérdida de tiempo. Por el lado del maestro mexicano, hay que decir que Don Eulalio anduvo muy torero pero no anduvo matador. Fue variopinta su lidia, con capote enarbolado como sólo los grandes y muleta densa, pesada, soberbia. Todos sabemos que tiene cómo, que tiene con qué, pero de nada sirve estar valiente y voluntarioso si se está enfadado con la espada. Sin la espada: nada. Sin acero: cero. Y es una lástima. Ovación en los dos primeros que pudieron ser trofeos. De buenas intenciones están hechos los sinsabores, aunque se trata de un torero que se brindó con mucha valentía y merece todo el respeto. Y repito: lástima. Uno lo tiene en un particular afecto.

Decir que Tomás fue lúcido no sólo es frío, es casi un despropósito, un desatino. Equivaldría a no saber dónde mana la sabiduría. Porque se trata de un torero ni duro: maduro, Ni seco: justo. Torero no para gustos masivos sino para delectación de los espíritus finos.

El primero, “Guantero” lo brindó a los tendidos, a ese nosotros que decía yo arriba. Y aún así, a pesar de que la muerte estaba brindada a uno, el primero pasó tan rápido como el viento, tal primera oreja se sintió tersa, como seda. No se trató de una faena tibia. Para nada. Sino que uno apenas comenzaba la tarea, nada fácil, de saber de nuevo esa cosa de Tomás de no sentirse, de no moverse casi nada. Y eso lleva tiempo. Varias tandas. Reconocer el tempo requiere un tanto de lo mismo. O más. Pues así pasó, como trago de agua tibia. Molinetes, pases por abajo, recónditos y aireados. Una cosa de portento. Lo recuerdo y lo recuerdo y no lo recuerdo. Era una cosa, eso sí, que se iba abriendo. Me queda la magia pincelada, tenuemente, a cabello de ángel, en la imaginación. Demente pero con clase. Elegantemente. Ceñido el lienzo finamente. Un lento río. Sin concesiones. Con los pies juntos e ideas apuntaladas. No cedió. No. Jamás. Se trata de José Tomás. No se equivocó. Y hasta la empuñadura. La gente se desvivió en aplausos y abrió el apetito: “Queremos de ti, queremos verte torear”, eso fue prácticamente lo que le dijo el tendido: “Queremos más. Nos alquilamos para soñar”. Algunos dicen haber visto a José Tomás dejar caer la oreja antes de dar la vuelta: hubo discrepancias y eso no es digno del Príncipe de Galapagar. Faltaba más.

El éxtasis llegó con el segundo de la tarde: “Pollo querido”. Un toro noble y dispuesto. Sabía, parecía, que iba a morir de manos de Tomás así que decidió ser parte de la lidia. Eso parecía. Comenzó Tomás con el capote con tafalleras delirantes en los medios y luego con la muleta, de nuevo en el terreno del centro, y a pies juntos dio cinco pases por alto. Estatuarios. Y lentos. Sabrosos. Nada raudos. De nuevo ese tempo. Porque el maestro madrileño, metafóricamente, es cosa del almíbar. Ambar su almíbar. De luz sosegada. Eso se llama temple, y eso se llama Dios. Néctar. Maná. Alimento divino para el mundo taurino. En calma. Y ahí hubo de levantarse esa escultura de inercias, coreografías de brazos y pies que son hilos de su propia marioneta: el arte. Purista pero a tope de sangre. Tabla gimnástica, rítmica, “amanoletada”, dicen en España. En verdad quisieran decir: pasmosa, ingrávida, versura elongada. Estiramiento manierista y fauvista al mismo tiempo. Españoleto y Bacon. Al mismo tiempo. Schiele y El Greco. Al mismo tiempo. Carne y hueco. A veces cárnico y a veces como sin cuerpo, pura muñeca y tela desmayada, pura alma. Tomás no concreta faenas, sublima las lidias. Es cosa del aire y no de la tierra, y deja esa sensación de que pasa todo y que en realidad no está pasando nada. Y eso es, en otras palabras, un salvajismo. Un realismo bárbaro. Una ensoñación propia del surrealismo. Tomás es eso: un perro salvaje que flota y un fantasma que se desangra en pases. Pasa y vuelve a pasar, pasa y vuelve a pasar, pasa y pasa y vuelve a pasar. Molinetes, pases cosidos, de pecho y de nuevo, derechas izquierdas. De pecho y nuevamente. Y de pronto el trance acaba. Cuadra el matador al burel y hasta la empuñadura. Cuarenta segundos después el astado había muerto y al grito de “¡Torero, Torero!”, el maestro dio, de nuevo, su vuelta al ruedo.

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Una verdadera obra maestra llegó con el sexto de la tarde, “Oye Poco”, el toro, y que brindara a Miguel Cubero, su peón de toda la vida, que se retira. Momento mágico de pura poesía. La faena no fue tanto una o tanto una muestra de valor sino un alarde de arte. “Tiró al picador Ignacio Meléndez, quien a pesar de medir bien la fuerza del astado con la pica cayó como costal de papas, espalda aplanada por una catedral. Cerca estuvo el pitón derecho de hacerle hoyo pero sacarnos a tiempo al animal. Para los conocedores se trató de una verdadera faena. Una proeza de técnica. Cadencia. Sapiencia de la música de las esferas. Sideral y sepulcral. Vaya que la gente se calla al estar frente al de Galapagar. Incluso los mismos tendidos mandaron callar la música. Todos, incluyendo general. He ahí la prueba irrefutable que para cantar la poesía no se requiere más música sino la que tiene la misma poesía es su médula espinal, en su tuétano, en su soma central: Y en este caso se trató de la magia en las muñecas y pies de José Tomás. Hasta no verlo: no creerlo. José Tomas: la “música callada del toreo”, como escribiera el poeta José Bergamín, música que hace ensordecer. Y así fue. La gente rompió en aplausos. ¿Llanto? No está vez. No fue así. Fue gesta de estilo llano. Apolíneo más que Dionisíaco. Ahí se acabó todo. Ya no había más que se pudiera hacer. Vimos morir a este tercero y partir. En velocidad crucero. Muy lamentable el hecho de que saliera el animal así, rapidito. Creo que con este último le ha salido al juez un eructo nacionalista. Juez estúpidamente expedito. Me lo imagino en su acidez estomacal, en el argumento del necio senil, un tanto, si no siniestro si maquiavélico, del amarrado: “¿Se la daré, no se la daré? ¡Que no se la daré! ¡Que se vaya el animal, anda que se las corta, anda que se vaya, que se las corta! Que no digan nunca que se las di al español”. Pero la verdad es que ya se las había dado. Tres veces.

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Queda ahí Don José Tomás como ejemplo de vida. Poeta hacia la vida, arquitecto, músico. Un poeta, un predicador no de palabras: un poeta que corta la tela de su cuerpo. De hechos. Quizá uno de los más grandes artistas del siglo que corre. Queda ahí, pues, la impronta, el tatuaje de su obra: No habrá que arredrar. No habrá que medrar: dar. Arrimarse al toro. Dar la cara. Al toro. Siempre al toro. Una y otra vez continuar. Entrarle al toro a todo lo que da. Ese cuerno de la abundancia del darse con amor a lo que uno hace, que es lo que uno sueña, ese es el verdadero cuerno en donde abreva José Tomás. El número uno, uno con el mundo y bajo suyo, un millar. No vivir bajo la sombra, alicaído. No. Levantar la cara al sol. Y más.

A TORO PASADO. (Radiografía):

Primero. “Sal de mar” (de Fernando de la Mora, 581 kilos). Para Zotoluco. Arrastre lento. Ovación.
Segundo. “Guantero” (de Los Encinos, 566 kilos). Para José Tomás. Oreja.
Tercero: “Cubetero” (de Los Encinos, 508 kilos). Para Zotoluco, quien lo brindó a José Tomás. Ovación.
Cuarto. “Pollo Querido” (de Fernando de la Mora, 509 kilos). Para José Tomás. Arrastre lento. Dos orejas. De tal nombre inefable porque el ganadero lo dedicó a Pollo Torres Landa, célebre aficionado y empresario taurino, quien fue hospitalizado para un exitoso trasplante de hígado recientemente.
Quinto. “500 noches” (de Fernando de la Mora, 501 kilos), Para Zotoluco. Silencio.
Sexto. “Oye poco” (de Los Encinos, 511 kilos), Para José Tomás. Vuelta tras petición. Lo brindó Tomás a su banderillero, Miguel Cubero, su peón de confianza por 20 años (hermano del célebre José Cubero “El Yiyo”, muerto en los ochenta por un toro), y que anunciara su retiro de la fiesta en esta misma tarde.
Otros:
Lleno total. La gente del general comenzó a llegar a la plaza dos horas antes. El cantante Napoleón canta con mariachi un corrido dedicado a José Tomás, su amigo cercano y querido de tiempo atrás. Diversas informaciones registran que el equipo de médicos que llevaron a cabo su estabilización y cirugía en la plaza cinco años atrás, se tomaron una fotografía con el diestro de Galapagar. También que Julián López “El Juli” se encontraba en los tendidos.
Un dato curioso es que el sobresaliente, torero tercero del cartel a esperas de una indeseable sustitución, corrió a cargo del matador aguascalentense, Víctor Mora quien salió aplaudido por tremendas “Gaoneras” aplicadas por anuencia de José Tomás. Contrario a su costumbre de no dar entrevistas, José Tomás, antes de salir en hombros, dio unas palabras a la radio local. Estas fueron: “Quiero darle las gracias a Aguascalientes, porque esta tierra me ha hecho volver a vivir y volver a sentirme vivo. Muchas gracias, de corazón. Me siento hidrocálido y me siento mexicano”.

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