La homosexualidad: un régimen de luz

por Tadeo Cervantes
@samo_tad

Hiedra

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Hemos vivido ensombrecidos por la luz. Cegados por su seductora resplandecencia. En la ilusión de los sexos que salivan. En el hechizo de los genitales que jadean. Ahí, donde nuestras miradas ven lenguas que se frotan, batallas de verdaderos iguales (hombre a hombre, mujer a mujer), deberíamos de ver toda una prisión de claros y obscuros. Todo un régimen de luz. Eso es la homosexualidad, lamento deshacer el engaño. Eso es el lesbianismo. El imperio de lo que incandece o ensombrece, la captura blanquecina, la palabra diáfana.

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¿Qué es lo que nos construye como sujetos, lo que dibuja nuestros bordes, lo que nos conforma? Una pregunta insistente en el trabajo de Foucault, quien develó el encantamiento, el poder de las sombras, de lo que oculta y se deja ver, de lo que se dice y lo que calla. De esa manera, para el filósofo francés, los cuerpos somos el resultado del sonido y el silencio, de la mirada y la ceguera. Basta recordar el panóptico. Torre central rodeada de celdas. Ojo vigilante. Un abismo circular en el techo: puerta al sol que todo lo invade. En los cuartos no cabe la penumbra. El reo siempre transparente. La retina, la iris, la córnea observan minuciosamente el respiro malintencionado, la carne prisionera palpitante. La luz hace su trabajo. El prisionero obedece.

La homosexualidad no se libra de ser sometida por la iluminación. Me atrevo a decir que aquí los negros son de mayor intensidad y fuerza. También hay panópticos, reos y celdas. Vigilantes. La obediencia ante la mirada. El reo torre, el reo vigila, el vigilante prisionero. La invasión y el abismo. La palabra que hace luz. Vampíricos, habitantes de prisiones-closet. En la noche nos amparan los astros de luces neón. Estilitas, residentes de columnas. En templos oscuros donde procuramos los trances, los pasos de una boca a otra. Lo enegrecido de las fauces, lo blanquecino de los pechos, la luz que ensordece.

Clóset

[Amnesia]. El aire es negro. ¿Quién soy? [La palabra aclara]. Por qué yo estoy aquí. [La palabra ensombrece]. Las paredes diminutas. Los materiales de una dureza frágil. ¿Habrá otros como yo? [En la enunciación hallarás la salida]. La luz aterra y la oscuridad reconforta. El temor del exterior. La ipsidad, el soliloquio. Un gesto delicado se asoma al exterior. Me habrán visto, se pregunta. El cuerpo se tensa y se pone nervioso. El cuarto diminuto, se vuelve un laberinto. [Minotauro-hilo-Ariadna]. El fulgor de todo túnel. Un conjuro es invocado. Soy gay. Los muros se derrumban, el techo cae, se deshace el laberinto, hemos liberado al toro-hombre-bestia. ¡Corre Ariadna! Salimos de la prisión-clóset. La libertad. O eso queremos creer.

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Tiqqun: conocerán la prisión.

-Nosotros ya lo conocimos. Conocemos el aislamiento. El poder reflexivo de la sombra. Vivimos presos en el clóset. Ocultos, escondidos quince, veinte, cincuenta, nunca de años. Nuestro cuerpo está atravesado por penumbra.

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Rostridad/la luz de las pantallas

Salir del clóset es salir a la luz. Emergimos de esa prisión impuesta, nunca quisimos estar en ella. Nos hubiera gustado no conocer el armario. Una precaución: la luz no es la libertad. Esta impone nuevos regímenes corporales. Recordemos el panóptico, no era un juego de sombra, era claridad y nitidez. Una nueva vigilancia. Citando a Focuault: “las luces que descubrieron las libertades, también descubrieron las disciplinas“. Ahora, transitamos a un nuevo orden. Una nueva disciplina. Nuevas exigencias más deseables, más corporalizadas. Esta era post clóset, el renacimiento gay, nos fabricó un rostro.

Para Deleuze un rostro es una máquina, constituida de una pared blanca y un agujero negro. El muro es un espacio neutro sobre el cual se va a inscribir la significación. El hoyo es un dispositivo que selecciona aquello que es adecuado, aquello que puede pasar. El rostro siempre es el hombre blanco: Cristo. El homosexual sin identidad, oculto en el clóset, ahora tiene un rostro. Nos lo talló la luz, corporalidad ahora significada por la blanquitud, por Jesús. No sólo la cara, toda nuestra persona, los objetos también se rostrifican. Nuestro pene pasará por esta máquina. Demasiado pequeño, dicen. Nuestras maneras de vestir se inscribirán en la pared blanca. Este es un Oso, lleva barba y gorra. Esa es una Loca, mira su cabello y sus pantalones pegados. Nuestro deseo también capturado por este aparato: deseamos ahora al hombre blanco. Crucificar a Cristo en nuestra cama.

La luz neutraliza todo. Lo aplana. Desaparece las sombras. No hay singularidades. Las diferencias deben ser rostrificadas. Lo desigual debe ser colocado en un espacio de tolerancia. Las maricas van a este antro, por allá se encuentran los machos, en esa esquina hallarás a los que consumen poper. El rostro no nos crea una singularidad, nos hace una subjetividad. Hace entrar a nuestro cuerpo en exigencias. En mecanismo de verificación que nos someten a un mercado, a una forma de vivir. Que impide así la capacidad de inventarnos una manera propia de ser.

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Salimos del laberinto siendo anormales, minotauros, devenires animales. El hombre blanco, el héroe, Teseo mató a la bestia. Mató nuestra posibilidad de ser imperceptibles, de no vernos signifcados, rostrificados. Colocados en un lugar de lo que se tolera. Casi derrotados por la luz. Pero no añoramos tampoco la prisión-clóset.

Tintinea

Tintinea. Parpadea. El torso de Cristo, ya rostrificado, aparece en mi celular. De nuevo la luz. Lo blanco de la pantalla ilumina mi cara, deslumbra mi deseo. [Activo con lugar]. La captura aparece. La máquina hace su efecto. El cuerpo fragmentado opera en mí. [Veinte centímetros//no afeminados]. Las puntas de mis dedos se alumbran, comienzo a teclear. Yo también me significo. [Soy pasivo//tengo lugar]. El deseo hace sus operaciones. La liquidez, los fluidos. La imposibilidad de la comunidad. Otro cuerpo más se desecha. [Estuvo rico, cabrón, ¿quieres repetir?]. [No hay respuesta].

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La luz siempre ha estado del lado de los espejismos. Hace florecer lo árido. La felicidad es uno de ellos. En la desértica ciudad, una utopía de materias de distinta viscosidad aparece. El meloso matrimonio, baboso y de apariencia dulce. Las fluidas caricias, casi vaporosas. La espesa sangre. Paraíso. Dicha blanquecina. Desean nuestro bienestar. Un cuerpo sano es un cuerpo productivo. Siempre nos han cambiado oro por espejos. Si es necesario, pondremos al goce en tu contra. La tormenta de arena está cerca. El oasis no es refugio. El huracán ya toca tus pies. Los fragmentos de roca golpean tus pupilas. El encantamiento se deshace. Contemplad la resaca y el polvo. Admiradlo, siempre estuvo ahí, lo perdido, lo baldío.

Cuarto obscurso

Los espacios penumbrosos han estado acompañados de silencios. Se calla en las iglesias y en los cementerios. En los lugares donde no hay rostro. Donde los cuerpos, que aún están en la prisión-clóset, conviven, es refugio para la palabra. No se habla en el sauna. No se pregunta en los cines. Se calla en el último vagón del metro. La boca se zurce en los cuartos obscuros.

Es la desrrostrificación la que confunde a las corporalidades. La que hace que el jefe penetre al obrero. La que borra las edades. No hay raza donde no existe la luz, donde no se puede ver el rostro. Las prendas cargadas de significado desaparecen. Un festín de intensidades. Coros de gemidos. Los acuerdos no se hacen por sonidos. Son gestos. Una mano retira mi palma de su pene. Un movimiento ligero me indica que el otro no quiere. El cuerpo que permanece significa que continúe. La obscuridad resguarda lo clandestino. Tomo riesgos. Acerca su erecta epidermis a mi estriada piel. No hay barreras. Aspiro. Mi ano se expande. Miro por los poros, observo sintiendo la holgura de los vientres. Él termina. Se calla. Recordemos que es la palabra la que rompe los hechizos, la que invoca la luminosidad. La obscuridad permanece. Otro, ese anónimo se une al rito. El cielo es negro. El cielo está manchado, masacrado por los astros. El cielo sangra, la sangre son puntos blancos. El ritual nunca ha sido terrestre. Religarse, unirse con el universo. Ser anónimos. Los sin rostros danzan. Mi mirada es espesa, borrosa. Es el ocaso.

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La nuestra es una luz cálida. La de las velas. Incandecemos. Somos, como decía Heráclito, fuego eternamente viviente. Debajo de tus cejas se dibuja una sombra. Tu piel es tersa y roja. La llama se mece. Palpita tu orina. Ésta es otra mirada. No es la imagen del vigía. Aquí, el mundo es transparencia.

Revelar/rebelarse

Hay papeles de una sensibilidad tal que el sol deja huella en ellos. A ese maleficio le hemos llamado fotografía. Sontag sabía el efecto de esa brujería, la cual transmuta a las personas en objetos. Como toda cosa, ésta puede ser comprada, intercambiada, poseída y desechada. La homosexualidad es una historia de revelaciones, hacernos objetificables. Mutamos, con la magia del encuadre, la cara se vuelve rostro-selfie. Destazamos nuestro cuerpo: pechos, pompas, penes. Recuadro. Otro recorte. Compro un culo a través de Grindr. Poseo pezón. Mi memoria asfixiada por imágenes. La nude es la oda a lo inmemorable. Otro tajo, rebanada de pelos o piel, no lo recuerdo, llega a mi celular. Los pixeles, aliados de la luz, hacen su trabajo. Un producto más. Yo mercancía. El cliente siempre tiene la razón. Querido consumidor, dice una voz omnipresente por el micrófono, le recordamos que usted tiene unas cuantas horas para devolver esa insignificancia de otredad al depósito más cercano. Vuelva pronto.

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Que la imagen no se revele. La memoria es desmesura. Hacer de la fotografía una acción. De la iluminación, movimiento. El regreso a la roca, su recuerdo. Golpear una sobre otra, crear chispa, avivar el fuego. Silvia, en Stonewall, con su mano firme sostiene una piedra. La mano se rebela. La piedra vuela, golpea a un enemigo. Los cuerpos no son fragmentos. Se vuelven masa. Comunidad. La piedra reverbera. Choca. Las ondas nos impactan. El golpe duro sobre el policía obscurece su mirada. El poder se ciega. La luz de las sirenas. Nuestros pies no retroceden. La rebelación. La revuelta contra las luces. La batalla contra las sombras. El candil. El fuego que se renueva. Incandecemos.

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