La ignominia urbana. Joaquín Díez Canedo Novelo sobre el #CCChapultepec

Joaquín Díez Canedo Novelo
@joaquindcn

Supongo que nadie en su sano juicio puede estar en contra de una intervención en la Avenida Chapultepec, sobre todo si está enfocada en darle un lugar privilegiado al peatón y mermar el impacto de los automovilistas[1]. Ahora, de ahí a que el gobierno de la ciudad quiera convencernos de que un segundo piso “cultural” y con comercio es la opción más viable para arreglar el caos que reina abajo, eso me parece una aberración. Además, un vistazo rápido revela que el proceso ha sido opaco, apresurado y equivocado; y que todo esfuerzo por llevar a cabo una genuina consulta ciudadana —importante precisamente por la escala y el impacto de este proyecto, — ha quedado reducido, por tiempos y formas, a una mera apariencia de democracia.

La realidad es que la ciudad y su Jefe de Gobierno no necesitarían de estos esfuerzos superfluos si realmente tuvieran un plan de desarrollo a largo plazo, que incluyera estrategias en toda la zona metropolitana y no sólo en la ya muy desarrollada zona céntrica. El Corredor Cultural Chapultepec es, como lo deja claro el video promocional, sólo un icono, un icono grandilocuente pensado para resumir en un gran gesto todo lo que no se ha hecho por el resto de la ciudad; un icono desesperado porque es claro que Mancera pierde adeptos y necesita convencer a la gente de que su mediática “CDMX” avanza hacia algún lado; un icono nada inocente porque pone en jaque el rol del Estado frente a la sociedad civil. ¿Para quién piensan la ciudad?

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Y lo peor es que si funciona es precisamente porque estamos ávidos de espectáculo y circos mediáticos, de inmediatismos inconsecuentes y “cool”; porque estamos muertos de ganas de pertenecer al mundo “global” y cualquier idea que parezca importada o “innovadora” la compramos a cualquier precio, incluso si para llevarla a cabo no se tomó en cuenta la opinión de nadie, ni se consideraron otras opciones, ni se tomaron en cuenta todos los efectos secundarios que podría conllevar. Necesitamos este montaje vacuo y ellos lo saben. Y en ese mismo mundo de “progreso” sin cuestionamientos, preferimos la fantasiosa realidad de atardecer dorado y gente rubia que ofrecen los renders de los arquitectos a la abrumadora y compleja realidad social que es la norma de esta ciudad, porque ¿para qué enfrentar los problemas cuando los podemos tapar con árboles imposibles, jardines colgantes y segundos pisos mágicos?

Además juega porque somos una sociedad tan poco preparada que los tibios e ignorantes que nos gobiernan pueden hacer lo que quieran — es decir, hacer un centro comercial con algunas jardineras, — con tan sólo decir que es un corredor que fomentará la “cultura”. Y para convencernos de que van en serio y que realmente les importa el desarrollo de algo que en realidad no apoyan, designan con colorcitos, como si fuéramos niños, áreas específicas para cada una de las “bellas artes”. Y así tenemos la pintura y la escultura y la danza y el teatro, y no se olviden de la fotografía y la música y el cine y la arquitectura, porque la cultura, para estos genios, es eso: categorías de colores perfectamente enmarcadas. Pregunto, ¿qué saben ellos de cultura, si toda la infraestructura de los alrededores, su competencia, subsiste gracias a una mezcla entre genuino amor al arte y mucha suerte? ¿Qué saben ellos si creen que lo que su proyecto hace es “celebrar” — porque aunque parezca increíble así lo dijo el genial Fernando Romero, — la historia de nuestra ciudad?

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Y lo venden como espacio público cuando en realidad están cediendo lo poco de público que tiene a un ente de moral dudosa que impondrá las normas de conducta, eliminando así cualquier anomalía que amenace el orden establecido. Y en sus páginas de Excel el espacio público son sólo números y más números, como dice sonriente un impecable funcionario con gomina que al tiempo de hablar de transparencia se da el lujo de bloquear a los que se atreven a cuestionarlo.

Y aun así pasará como todo pasa en este país de imposiciones turbias e innecesarias. Pasará y será el único legado que el ignominioso y parco Mancera habrá dejado a esta ciudad junto con el alza en el precio del boleto del metro y un amplio historial de represión policial. Pasará y se construirá como una gran estructura que pudo ser evitada si tan sólo se hubiera pensado bien, es decir, como parte de un gran tablero metropolitano, tomando en cuenta a la ciudadanía, y no como una línea abstracta y rentable, concebida por fríos cálculos financieros.

Yo por eso, y aunque me hablen maravillas, ya no les creo nada.

[1] Y que, ante el lema de “si no te gusta propón”, ha generado muy buenas propuestas, como ésta de Roberto Remes o ésta de Alejandro Hernández.

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