#LadoB. Sting y algunos hijos de la stingada (parte 3)

por Alain Derbez
@Alain_Derbez

Lee la parte 1 y la parte 2.

Tres:

¿A qué vino Sting a México?

Entre otras cosas Sting vino cuatro días en octubre de 91, para que constatáramos personalmente que cada vez es mejor en lo suyo, ya como instrumentista dominador del bajo con o sin trastos, ya como cantante, ya como creador. Éstas tres son, según ha declarado, razones que le hacen permanecer en un medio tan agreste y tan poco flexible como es del espectáculo rockero.

Entre otras cosas Sting vino a a hacerme constatar personalmente que no conozco a ninguna mujer que responda al nombre de Marcela que no se haya derretido ante la visión del güero y su chalequito amarillo yema, el mismo que utilizó todas las funciones en el Palacio de los Deportes y que debe recordar por el hornazo la célebre batalla de Hastings y sus bajas jamás sepultadas, días después en el mismo campo de frente a la costa francesa de Calais en aquel poco higiénico año de 1066. Una Marcela, la que nada más lo vio a varios metros de distancia mientras tomaba fotos, pensó en Ace Face, el personaje de Quadrophenia, llevándola en moto hacia los acantilados para perderse con él definitivamente; otra Marcela, la que recibió su disco dedicado, miró la firma y rompió a llorar tres días seguidos como rompen a llorar quienes nada pueden hacer ya con su emoción agazapada, y otra Marcela, a la que abrazó al terminar el último concierto, decidió tomar un tren que, dijo ella, la conduciría a Sicilia alguna vez.

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Entre otras cosas, Stingo vino a hacernos constatar lo poco eficaces que son las así llamadas conferencias de prensa si lo que uno pretende es efectivamente conseguir información. Sirven, sí, para otros asuntos como demostrar en pocos segundos lo baboso que se puede llegar a ser por andarse queriendo lucir ante los chicos de los medios y el artista con preguntas del tipo de “Señor Sting, ¿y usted qué opina de nuestra música prehispánica?”; demostrar que los traductores oficiales le echan de su ronco pecho y que si el artista dijo que está contento de volver a México luego de haber estado en aquella gira con Police y filmando Dunas en los Churubusco, la traducción se torna un “aquí el señor Sting dice que como México no hay dos”, y como esta declaración del señor Sting en la pluma de algunos de los asistentes ya portando su gorrita de Sting en la testa y su camiseta del refresco oficial se tornará un “el señor Sting, consciente de que el mariachi es la neta, anunció que abrirá su concierto el mariachi tal, y que está muy contento de que el cantante bravío fulano de tal sea quien le abra y que si le hubieran avisado antes, mejor él le abría al mariachi”, demostrar que Sting tiene una muy limitada idea de lo que es la música mexicana y que hubiera sido función de su compañía disquera- soñar no cuesta nada- posibilitarle opciones más allá de la del turista y no simplemente aprovechar para lanzar a uno de sus nuevos artistas manejando el lugar común de que ésa es nuestra música, lugar común que los fervorosos asistentes al grito de uff qué puntadón, aceptaron con todo el patrioterismo que un mes después del mes de la patria y a dos de las posadas todavía se almacena en catidad suficiente como para verterse en alta expresión de decibeles a la hora de “ de qué manera te olvido” del michoacano juarense, como si fuera final de un festín de graduación de universidad privada.

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Entre otras cosas Sting vino a hacerme constatar que los abuelos de mi hija Eréndira la cuidan bien mientras su madre y su padre se van a escuchar la música que con gran calidad y nada de espontaneidad puede hacer David Sancious en los teclados y la guitarra a la hora de homenajear a Jimi Hendrix con una estupenda versión de “Purple Haze”- música que al tratarse de Sting hará normalmente acto de presencia ya que el británico siempre ha admirado la obra del guitarrista de Seattle. Entre otras cosas Sting vino a hacerme constatar que los saca-leche son un inmejorable invento si se trata de dejar la mamila preparada para poder así encontrar la fuerza, la disciplina zappiana, el colchón rítmico de la batería de Vinnie Collaiuta o la rockera expresividad que al principio fue más aparato y ya en tercer concierto tejido de mejores ideas- aunque no por ello de espontaneidad- en el requinto del argentino radicado en Inglaterra Dominic Miller. Entre otras cosas Sting vino a hacerme constatar que la organización de conciertos en el Palacio de los Deportes está cada vez más lejos de la época en que cualquier funcionario menor hallaba justificación para cancelar eventos por sus pelotas y es cada vez más profesional en todos los terrenos, desde la sebosa problemática de la sonorización hasta la atención al público, a la prensa, etcétera, y que lo que menos deseamos los rockófilos es que la prepotencia vuelva a las andadas.

Entre otras cosas, este hombre nacido en octubre al comenzar la década de los cincuenta, vino a hacerme constatar que eso que es el rock, el universo del rock que tiene más o menos su edad, es un algo en el que nada se perdona y menos que menos la inmovilidad.

Entre otras cosas Sting vino a hacerme constatar que uno hace de la idea que uno tenga de su rockero favorito lo que quiera, pero que la sociedad del espectáculo del rock a fin de siglo, también.

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Texto publicado en Rines, (compilación de Carlos Chimal), México, ERA, 1994.

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