#LaPrimeraVez que fumé tabaco

por Óscar Muciño
@opmucino

Hay fechas que, no por su importancia sino por razones de asociación mnemotécnicas, recuerdo con exactitud. El 21 de marzo del año 2001 fue la primera vez que me fume un cigarro. Ahí comenzó la relación más larga que he tenido en mi vida. Sé que hay miles de asociaciones psicoanalíticas acerca del consumo de cigarros, pero como contestó en una ocasión Freud, “a veces un cigarro es un cigarro”.

Recuerdo que era 21 de marzo porque no tuvimos clases, cursaba mi quinto año de bachillerato en la Preparatoria 3 de la UNAM. Soy de esa generación que cuando dejó la secundaria se topó con meses sin escuela por la huelga de la UNAM que se extendió por 9 meses. Fui a un par de clases extramuros, mi bienvenida fue en un cine cercano a la escuela y cuando las autoridades azuzaron a los alumnos a tomar camiones e ir a tomar las instalaciones, combatiendo contra otros compañeros, me limité a irme a mi casa para ser testigo desde las noticias.

Ya el ritmo de la escuela era normal, había entrado la generación que seguí a la mía y ya me sentía en dominio de mi papel como preparatoriano. Teníamos un amigo cuyos padres trabajaban desde la mañana y regresaban pasadas las 5 de la tarde, así que su departamento era un cuartel destinado a pasar las mañanas “perdiendo” el tiempo escuchando música, tomando y fumando. Yo en esos tiempos ni tomaba ni fumaba, pero me gustaba escuchar música y echar carrilla con los valedores.

Ese 21 de marzo aprovechando el asueto llegamos desde temprano a la casa de mi amigo, a mitad de la dinámica que solía establecerse uno de los cuates me ofreció un cigarro y me dijo esas palabras que suelen iniciar largas relaciones: pruébalo.

En la primera calada tosí, como creo que le ocurre a todos, pero eso no impidió que terminara de fumarme el cigarro. Una languidez invadió mi cuerpo, me sentí muy relajado, y eso fue lo que me enganchó.

Smoke2

Como en todo vicio no comencé fumando diariamente, empecé paulatinamente, cuando quería sentir de nuevo esa languidez, pronto me nació la necesidad física, en las noches un poco de ansiedad me llegaba junto con un “antojo” de un cigarro. Después un cigarro no fue suficiente para llegar a ese estado de relajación que me gustaba. Una vez probé fumarme varios cigarros encendidos uno con la colilla de otro, hasta que me sentí mareado.

Tras varios años de consumo de nicotina ya no siento mareos, a menos que deje de fumar mucho tiempo, lo que siendo sincero suele no ocurrir; el cigarro es de esas drogas que no te saca de tus cabales pero que sabe acompañar, que forma hábitos alrededor de él, además que es el mejor amigo de todas las demás drogas.

En estos años como fumador he pasado por varias marcas: Broadway, Montana, Camel, Marlboro para finalmente establecer un matrimonio duradero con los Delicados con filtro, a quienes sólo llego a traicionar con los Marlboro.

No sé cuánto seguirá acompañándome el cigarro en mi vida, como en toda relación he pensado en dejarlo, pero es que me sabe comprender, ha estado ahí cuando no había nadie, me ha acompañado en llantos, alegrías, borracheras, pláticas, discusiones, “es el amigo en buenos y malos momentos”; además siempre es un buen pretexto para darse (valga lo absurdo) un respiro en cualquier ambiente. El placer de un cigarro tras la comida, o el primero del día, no puede describirse pero quien fuma lo conoce.

En ocasiones pienso que este mundo estaría aún más sobrepoblado si no fuera por él, a veces caigo en la paranoia y pienso que es un concertado método de exterminio humano. Al final me consuelo pensando en el espanto que provocaba en los españoles el ver cómo los antiguos mexicanos escupían humo por la boca al acercarse una brasa a ella.

Ya llegará el momento en que el tabaco me diga: mira, aquí está la cuenta. La pagaré y le diré: gracias por los favores recibidos.

Luego vendrá la ocasión de hablar de otros humos que me acompañan.

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