#LaPrimeraVez que me fui de pinta

por Óscar Muciño
@opmucino

Hay experiencias que no deberían vivirse mediadas ni falseadas, sino en la improvisación, en la ilegalidad y enfrentando el miedo. A los actos de desobediencia no les viene bien el oxímoron: revuelta pacífica, paro activo, resistencia modulada o irse de pinta con permiso.

En las primeras semanas de mi estadía en la Secundaria, mi madre en alguna plática me dijo: Óscar si alguna vez te vas de pinta mejor me avisas, porque qué tal si te pasa algo y nosotros no sabemos que no estás en la escuela. Le dije que sí.

Así que, cumpliendo la advertencia, o comentario, de mi madre, cuando en mi último año los compañeros decidimos faltar en conjunto a clases, le avisé un par de días antes que me iría con tal y cual compañero, que planeábamos dirigirnos a la Feria de Chapultepec, que nos iríamos en metro, y ella me dijo que no había problema, que nos cuidáramos mucho, hasta dinero me dio.

Esta confesión previa a cometer el delito no se las conté a mis compañeros, no quise arruinar el momento con mi mojigatería, preferí saborear un poco el ambiente de tensión que se percibía en el aire cuando en vez de dirigirnos a la puerta principal de la escuela nos encaminamos a una esquina alejada para tomar el camión que nos llevaría al metro Moctezuma y de ahí a ese bosque que ha sido mítico para las escapadas de cualquier habitante de esta mancha de concreto recientemente nombrada CDMX.

En la mochila llevábamos, preventivamente, “ropa de calle”, porque los rumores decían que los policías solían detener a los adolescentes en grupo vestidos de uniforme escolar, no sé si lo sigan haciendo, seguramente sí, pero hace mucho tiempo que no me pongo un uniforme.

En Chapultepec entramos a la feria, nos subimos a varios juegos y varias veces pues había muy pocas personas, por ende, las filas eran inexistentes. Salimos y en los pastos de enfrente jugamos unas cuantas retas con un balón que un compañero llevó, caminamos un poco por el bosque y antes de regresar comimos unos tacos de carnitas en alguno de los mercados aledaños.

Regresé sano y salvo a mi casa, para recibir la noticia que de la Dirección habían llamado a nuestras hogares para avisar de la ausencia en colectivo, pues como puede inferirse se dieron cuenta que nos habíamos ido de pinta, al otro día mis compañeros llegaron ofuscados por el regaño que recibieron, en mi casa, como se puede colegir, no hubo regaño; lo que sí hubo fue un sentimiento de que las experiencias no debían vivirse así, sin riesgo, quedando bien en casa, sin afrontar las consecuencia propias de los actos transgresores, porque para mí era un acto que debía ser transgresor. Así que hace unos meses después volví a irme de pinta, pero esta vez sin avisar.

La Secundaria en la que cursé es la número 85 y se llama República de Francia, por ello llevábamos clases de francés y cada quince días cantábamos La Marsellesa (sus primeras estrofas Allons enfants de la Patrie/Le jour de gloire est arrivé fueron lo único del francés que ha quedado en mí). Además, está ubicada frente al Deportivo Oceanía, lugar con canchas de fútbol, básquetbol, béisbol y alberca, a esta última se podía entrar realizando un pago simbólico. Cuando iba a la República de Francia aún no estaba terminada la Línea B del metro (que corre de Buenavista a Ciudad Azteca, del D.F. pasando por Nezahualcóyotl y terminando en Ecatepec). A veces para evitar el trayecto al puente peatonal, y por ende esquivar a los porros de la Vocacional 10 que nos taloneaban, atravesábamos las vías y el andén de la estación Deportivo Oceanía, todavía en obra negra, para poder tomar el camión.

Esta digresión es para contextualizar que en nuestra segunda escapada de clases hicimos eso, cruzar la obra del metro e internarnos en el deportivo para entrar a nadar en la alberca. Misión exitosa en esa fase. Por desgracia, de nuevo llamaron a nuestras casas y, peor aún, el papá de uno de mis compañeros, por razones que desconozco, supo que estábamos en la alberca y ahí llegó; le gritó a mi compañero y se lo llevó a rastras. Los demás, con miedo nos vestimos rápidamente y nos alejamos, decidimos ir a Plaza Aragón, ahí estuvimos en los videojuegos y caminando por sus alrededores mientras daba la hora de ir a casa y enfrentar el regaño. Cuando llegué a casa, mi mamá ya estaba enterada, me regañó y me preguntó porque lo había hecho sin avisarle, a lo que respondí: por eso, porque quería hacerlo sin tu permiso.

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