#LaPrimeraVez que supe de la muerte

por Óscar Muciño
@opmucino

El padre de mi madre, mi abuelo, murió un 21 de julio del año 1990. En ese entonces tenía 6 años y seguro ya conocía qué era la muerte, pero nunca la había experimentado en un familiar cercano.

Estaba yo jugando en casa de mi amigo Jonathan, a unas cuantas casas de la mía, estábamos a la mitad de la aventura, solíamos jugar con nuestras “figuras de acción”, recuerdo que él armaba escenografías con los materiales (maderas y fierros) que su papá tenía en el patio y juntos inventábamos las historias que darían hilo a nuestros juegos.

En eso andábamos cuando mi mamá pasó por mí. Yo me negué a irme. Cómo iba a abandonar a la mitad la partida, además no tenía mucho que había llegado a jugar. Por supuesto, mi madre no entendió mis razones porque las suyas eran más poderosas.

Cuando salimos rumbo a mi casa vi movimiento alrededor de ella, un tío estaba ahí con su esposa, y ya dentro, en la sala había maletas hechas y un rostro de aflicción en todos. Se murió tu abuelito y nos vamos a ir a Teotitlán, me dijo mi madre.

A mi abuelo lo quería, aunque aún no era ese cariño sólido que trae el convivir muchos años con los familiares. Yo lo quería porque era mi abuelo, pero también sentía algo raro por él, porque me molestaba mucho, me daba a comer picante (el cual sigue sin gustarme), me jalaba los pantalones con el fin de molestarme y sus maldades eran constantes.

El abuelo murió al caerse en su baño, se subió a la taza para cambiar un foco, se resbaló y en su caída su cabeza golpeó con el inodoro. Un primo de los que vivía en el pueblo fue quien lo encontró. Pronto se dio aviso a los hijos que vivían en otros lados. Uno de ellos era mi mamá.

Salimos rumbo al pueblo en el carro de mi tío Raúl, primo de mi madre. El pueblo de donde es mi mamá se llama Teotitlán y está en el estado de Oaxaca. No es el famoso Teotitlán del Valle, sino Teotitlán del camino a Oaxaca, así se llamaba antiguamente porque estaba justo en la carretera que llegaba a la capital del estado, pertenece a la región de La Cañada. Cuando se construyó la autopista, la gente del pueblo no quiso que pasara por ahí, por razones que nadie ha podido explicarme, esta decisión dejó muchos restaurantes semi-abandonados sobre la carretera. Como ya no estaba en el camino a Oaxaca, el pueblo adoptó el nombre de dos personajes que nacieron en él: los hermanos Flores Magón. Por ello, ahora se llama Teotitlán de Flores Magón.

Otra de sus características es que se encuentra en las faldas de la Sierra de Huautla, poblado famoso por ser la morada de la sacerdotisa María Sabina. Teotitlán, durante finales de los años sesenta y principios de los setenta, era paso obligado para los jóvenes que querían llegar a degustar la “carnita de dios”, los hongos alucinógenos. Mi madre me ha contado que durante su adolescencia supo de varios jóvenes que vagaban por la sierra o por el pueblo, desorientados y ya tocados mentalmente tras un abuso en el uso de lo hongos. Inclusive José Agustín en su libro La contracultura en México escribe que en la cárcel del pueblo podían verse murales psicodélicos pintados por los jóvenes detenidos por la policía antes de poder tomar camino rumbo a Huautla. Luego los pobladores, tanto de Teotitlán como de Huautla, se unieron para correr a los “hippies” y retomar la “tranquilidad”.

Llegamos al pueblo cuando estaba anocheciendo. En la sala de la casa de mis abuelos (casa donde crecieron mis tíos y mi madre) estaba el féretro en el que velaban a mi abuelo, debajo de él estaba acostado su perro “Radio Mil”, en guardia permanente. Nunca había visto a tantos de mis familiares juntos, y menos a todos tristes y acongojados. En realidad, era un poco ajeno al dolor, para mí la muerte de mi abuelo era la oportunidad de visitar a mi primo Beto, dos años mayor, y con el que jugaba muchas de las horas que pasaba allá.

El velatorio pasó como suelen pasar, entre caras largas de los familiares, quienes repartían café, pan, cigarros y aguardiente. Muchos veían el cuerpo de mi abuelo para despedirse, mi mamá me dijo que no lo hiciera, me lo dijo con una frase que ha quedado marcada en mí: “Recuérdalo como era cuando estaba vivo”. Hasta ahora nunca he visto un cadáver en su féretro.

También estaba la visita de los conocidos que llegaban a dar el pésame a la familia. Entre ellos los “borrachitos del pueblo” quienes eran amigos de mi abuelo, y quienes jugaban afuera a las nalgadas, juego tradicional en los funerales del pueblo que consiste en tapar los ojos a alguien para darle una nalgada y que después adivine quién se la dio, si falla vuelve a ponerse, si adivina el que fue descubierto toma su puesto.

Al otro día fue el sepelio, el cuerpo de mi abuelo recorrió en los hombros de sus nietos, yernos e hijos por última vez su pueblo, del que no soportaba alejarse mucho. Las campanas de la iglesia sonaron anunciando ese último viaje por las calles de Teotitlán, eso es algo que tiene la muerte en un pueblo, se reconoce al ciudadano, al que acaba de fallecer, todo parece paralizarse cuando el cortejo fúnebre pasa, no hay muertes que pasen desapercibidas.

Hasta atrás íbamos mi primo Beto y yo, caminábamos a unos cuantos pasos de mi papá. A los dos nos pareció un gran gesto cantarle al abuelo mientras caminábamos rumbo al panteón, y lo único que se nos ocurrió entonar para el momento fue “El último beso”, que en esos años sonaba mucho en voz de Gloria Trevi, cantábamos con firmeza aquella parte de: “por qué se fue y por qué murió, por qué el señor me lo quitó, se ha ido al cielo y para poder ir yo…”, cantamos varias veces hasta que un par de adultos se acercaron a callarnos, porque según ellos estábamos de irrespetuosos. Como si la muerte no se cantara, como si no fuera un homenaje digno de nuestra parte a la muerte de nuestro abuelo. De niño uno acata sin entender muy bien por qué: nos callamos. Pero hasta hoy, ninguno de los dos nos arrepentimos de haber cantado. Nuestro dolor lo único que tuvo fue una canción “pop” que hablaba de la muerte y que decidimos hacerla nuestra para expresarnos, así de escasos de referencias estábamos sobre el concepto de la muerte.

Ahora ya adulto, siempre que muere alguien querido trato de cantar algo que me haga recordarlo, tal vez ya no lo haga a gritos, a veces sólo canto para mí, en un susurro que intenta rendir un último homenaje para que esa muerte no pase desapercibida.

muerte

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