#LaPrimeraVez que tuve un perro

por Óscar Muciño
@opmucino

Se llamaba Puchi, era raza maltesa, estaba algo loco, era malhumorado, le gustaba la calle, andar en las azoteas, comer ceniza de cigarro, tomar cerveza, los huesos con tuétano, aullar cuando pasaba el gasero gritando y murió atropellado lejos de la ciudad.

Siguiendo aquella frase de sabiduría anónima que dice que las mascotas se parecen a su dueño, lo que a continuación escribiré dirá mucho sobre mí y mi personalidad, o sobre la personalidad de mi familia, pues Puchi fue parte de nuestro colectivo durante casi 15 años.

Puchi fue mi primer y único perro, regalo de un amigo de mi padre que se llama Alonso. Su madre se llamaba Winnie y era la adoración del amigo de mi padre; en realidad la que quería que tuviéramos un perro era mi hermana (a mí francamente me daba igual), ella abogó y rogó a mis papás para que nos dejaran tener una mascota, y como la Winnie acaba de tener una “camada”, se decidió que sí, que adoptaríamos a uno de los cachorros. Cuando fueron por él, yo no fui, mi hermana lo eligió. Era una pequeña bola de pelo con hocico que se tropezaba a cada rato y que en sus primeras noches con nosotros lloraba porque extrañaba a su madre. El primer gesto de buena voluntad que tuve con él fue darle mi oso de peluche, que yo llamaba Memo, para que durmiera con él y no se sintiera tan solo. Funcionó, Puchi dejó de llorar por las noches, se acurrucaba sobre Memo y sentía que no estaba tan lejos de la arrebatada tibieza de su madre.

Yo fui quien propuso nombrarlo Puchi, elegí ese nombre porque en aquellos días estaba enfrascado en una misión por acabar el juego de Súper Nintendo “Yoshi’s Island”, en él aparecía en algunos escenarios un can que ayudaba a Yoshi y que se llamaba Poochy, aunque indiqué el origen del nombre a mi familia, ellos preferían decir que era la unión de los dos equipos de fútbol a los que somos aficionados en mi familia, los PUmas y las CHIvas.

Puchi1

Los animales en sus primeros meses de vida suelen despertar ternura, misma que con el tiempo va disminuyendo, así pasa con los seres humanos también, cuando uno es un bebé recibe mayores atenciones que cuando ya es un niño que rebasa los 6 años. Y a los animales como a los niños hay que domesticarlos, enseñarlos a vivir en sociedad, así le pasó a Puchi quien en sus primeros días en casa se orinaba y cagaba por todos lados, poco a poco tuvo que írsele enseñando los lugares destinados para hacerlo, aprendió pero no siempre cumplió, muchas veces ya grande seguía orinando en donde le viniera mejor, aunque en defensa suya puedo decir que nunca lo hizo sobre las camas, aunque en detrimento suyo debo confesar que varias veces lo hizo en las orillas de los sillones.

En sus primeros días intentamos darle de comer croquetas, las cuales rechazó olímpicamente, se las pusimos con leche y sólo tomaba la leche dejando las croquetas de lado, por ello decidieron que comería pollo o las sobras de la comida. No sabíamos mucho del cuidado de un perro, le dábamos chocolates y pan, aunque sí recibió sus vacunas y cada determinado tiempo era desparasitado. Eso sí, mi padre le dio a probar la cerveza y le encantó, cada vez que llegaba con su cerveza Puchi se acercaba a pedirle saltándole en las piernas, mi padre le ponía en su plato y él la tomaba con sumo deleite. Una vez mi papá se excedió, y Puchi al parecer se sintió un poco ebrio, y al otro día tenía una sed descontrolada, que a la familia le causó gracia: Está crudo, decíamos. Eran días en los que los perros no eran esos seres mimados de ahora, no digo que estuviera bien lo que hacíamos, pero eran tiempos de ignorancia sobre sus cuidados.

Decía que era una bola de pelos, cuando era cachorro ese pelo era de un color grisáceo obscuro, conforme creció su pelo se aclaró y se volvió de color beige. Recuerdo que alguna vez cuando lo llevamos a que le cortaran el pelo, le dejaron unas “botitas” en las patas, una colita rematada con una bolita de pelo y sobre su cabeza una boina. Su incomodidad era evidente, él, que cada vez que se abría la puerta corría hacia ella intentando tomar hacia la calle, cuando tenía ese ridículo corte no quería salir, por eso optamos por un corte de pelo a rape, sin ningún detalle, parecía rata mojada, pero él se sentía más cómodo.

La calle era una de sus debilidades, cuando se escapaba podía irse durante varias horas para luego volver, rascar la puerta y aullar para que le abriéramos. En una de esas expediciones callejeras volvió mal herido, con una mordida grande en su costado, y unas menos graves en sus patas y hocico, nos espantamos mucho, mi madre lo curó poniéndole penicilina en la herida y vendándolo. Incluso recibió la visita de mis primas y tías, quienes platicaban sobre lo acontecido mientras el convalecía acostado.

Gustaba de dormir acostado sobre los pies de cualquier miembro de la familia, yo a veces lo dejaba dormir a mi lado; y cuando mi hermana y yo llegábamos a pelear nos ladraba para mostrar su disgusto por la disputa.

Mis padres se jubilaron hace muchos años y comenzaron a ir con frecuencia al pueblo en el que nació madre. Como yo ya trabajaba y estaba casi todo el día fuera, se lo llevaban con ellos para que no estuviera todo el día solo. En uno de esos viajes se escapó como era su costumbre, pero tardó más de lo acostumbrado en volver, mi madre lo encontró a unas cuadras agonizando, lo había atropellado un camión del gas, uno de esos camiones a los que él les aullaba cuando pasaban por mi casa. Mi mamá se lo llevó a la casa que tenemos en el pueblo, pero ya no había qué hacer, murió, en esa casa está enterrado, inclusive mis padres le mandaron hacer una lápida con su nombre y los años que vivió. Yo no me enteré sino hasta mucho después, cuando fui a visitarlos, ya intuía algo porque cuando llamaba y les preguntaba por él siempre me decían que estaba bien o por ahí andaba, pero en la voz se notaba una inflexión triste. Cuando llegué al pueblo y pregunté a mi mamá por él, ella me dijo siéntate y con lágrimas en los ojos me dijo que lo habían atropellado y que se había muerto. Lloré, lloré mucho, porque lo amaba, aunque hubiera gente a la que le cayera mal porque les había soltado una mordida cuando lo interrumpían en sus momentos de placer y soledad; sentí culpa por las veces que lo traté mal y una gran nostalgia por los momentos lindos vividos con él y por no haberlo visto con vida una última vez, acariciarlo, sentir que lengüeteaba mi mano y observar su cola moverse.

Era mi compañero de soledades y hay días en que lo extraño mucho: la alegría que mostraba cuando llegaba a casa de la escuela, sus ganas de estar conmigo, su sinceridad al acercarse a mí, su franqueza al mostrarme sus enojos. Nunca la he vuelto a sentir y no quisiera traicionar su recuerdo y amor teniendo otro perro.

puchi

Comments

comments