“Las marcas de la tortura forman parte de mí, yo soy eso”, Dilma Rousseff llora al recordar la tortura en el Brasil de la dictadura militar

Una vida es un recuento de cicatrices; un Estado puede llegar a ser una máquina de afrentas. Ayer, la Comisión de la Verdad en Brasil entregó un informe de 1,300 páginas que relatan los atroces mecanismos que utilizó la dictadura brasileña (1964-1985) para afianzar su poder y generar terror entre los ciudadanos disidentes.

El informe contabiliza 434 víctimas, entre mortales y desaparecidas, y otorga los nombres de 377 responsables, de los cuales 191 aún viven. El documento resulta un manual de la miseria y el terror; en sus páginas puede leerse el castigo al que fueron somentidos los activistas políticos: a unos los colgaron de un palo mientras sufrían descargas eléctricas, a otros los golpearon hasta la inconciencia; siempre el objetivo del torturador: la confesión, la declaración. Ante el silencio de los detenidos, un disparo en la cabeza. “Él, por así decir, ya estaba muerto señor. Sufriendo. No quiero que piense que soy santito, pero en el fondo fue un tiro de misericordia el que le di”, dice como aspirando al perdón uno de los verdugos, que fueron amparados por la Amnistía de 1979.

Al recibir el Infome de la Comisión, la presidenta Dilma Rousseff no pudo contener las lágrimas, el dolor hace cuerpo y nunca se retira, “Me estoy acordando muy bien del suelo del baño, del azulejo blanco, de la costra de sangre que se iba formando. Las marcas de la tortura forman parte de mí, yo soy eso“, contó la titular del Estado brasileño a la Comisión. Rousseff fue detenida y torturada en una celda en Sao Paulo; no tenía ni 20 años.

Brasil ha dado un paso para laverse las heridas y atenderse como un estado moderno al que el pasado le sirva para mirar al futuro. El gobierno mexicano, manchado por todos lados, debería poner sus barbas a remojar.

Aquí más información sobre la dictadura militar en Brasil.

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