Lo que floreció sobre la muerte. Todos están muertos y la nostalgia por la Movida española

Por Rafael Rodríguez

Hace 40 años, un 20 de noviembre de 1975, el pueblo español escuchaba a su presidente de gobierno, Arias Navarro decir con voz lentísima y entrecortada: “Españoles. Franco… ha muerto. Pero no es la hora del abatimiento y la desesperanza”. ¡Claro que no! Mientras unos imaginaban al dictador sentado en una mesa celestial junto al Cid, Pelayo y los apóstoles para almorzar jamón ibérico; otros hicieron una fiesta. Para ellos fue el momento de remover la hipocresía y liberar la cultura. Saltaron hacia un mar de novedades, creando una ola que en menos de una década llevó a España hacia territorios inéditos. Nuevo cine, nueva música, nuevos bailes, nuevas formas de expresión escrita y visual. A casi cuatro décadas de ese 20 de noviembre, vale la pena recordar lo que floreció sobre la muerte.

Como buen augurio del cambio, en 1974 salió a la luz la revista contracultural: Ajoblanco, dirigida por José Ribas, escritor y activista barcelonés. Aquella empresa editorial sirvió como rompehielos para abrir camino a la voz de la juventud inconforme. Ajoblanco lo tuvo todo, menos pelos en la lengua: un gran diseño, un excelente contenido y una gran recepción; aunque, dejó de existir pronto, recién comenzada la década de los ochenta. Para entonces, la revista ya no era necesaria, pues surgieron nuevos canales de expresión para la difusión artística e intelectual.

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También al límite de la década de los setenta, en diciembre del 79, otra muerte abonó el terreno para el gran movimiento juvenil de final de siglo. En un accidente de tráfico, murió Canito, baterista de Tos (después, Los Secretos). En su homenaje, el 9 de febrero de 1980, se reunió la crema y nata del rock y el punk español: Alaska y los Pegamoides, Los Bólidos, Los Solitarios, Mario Tenia, Mermelada, Nacha Pop, Paraíso y Trastos. El evento descaró la escena musical del underground, para colocarla en el centro de atención de todo el país y del mundo, durante dos décadas; pero, sobre todo, dio el banderazo oficial a la Movida. Desde entonces la música se convirtió en un canal muy útil para articular otras expresiones artísticas y para reconstruir vínculos sociales rotos. Desde luego, el medio idóneo para todo ello fue la noche, sus bares y sitios de baile. El barrio de Malasaña en Madrid concentró (y aún conserva) buena cantidad de estos espacios: La vía láctea, El penta, Louie Louie, El Tupperware.

De día, la Movida madrileña tenía sede en el tianguis del Rastro, donde el fotógrafo Alberto García Alix (aún activo) distribuía fanzines y cómics americanos. Él también estuvo en el epicentro de la Movida. Sus fotografías son un fiel testimonio de los ochenta y noventa en España; suelen retratar la dureza de la vida, pero también la dicha y la belleza que aparecen de pronto, entre el caos, el dolor y la marginalidad.

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En el cine fue crucial el talento y la actividad incansable de Pedro Almodóvar. Probablemente el segundo cineasta español de proyección internacional, después de Luis Buñuel (quien tuvo que realizar la mayoría de sus películas fuera de su país debido al golpe franquista). En 1980 se estrenó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Aunque ésta no lució en el resto del mundo como Tacones lejanos (1991) o Todo sobre mi madre (1999), sí fue una válvula de escape de la narrativa audiovisual, al contar una historia nada tradicional, con personajes excéntricos en situaciones delirantes y llenas de humor, que sirvieron de espejo a relatos y fantasías que la sociedad tuvo que esconder en su imaginación durante el régimen de Franco.

Música y cine sostuvieron un idilio en este momento clave para esa generación de crepé y neón, a la que pertenecen Lupe y Diego, integrantes de Groenlandia, banda cuya historia cobra vida en Todos están muertos (Beatriz Sanchis, 2014). Esta cinta de reciente manufactura y próxima a estrenarse en México, recupera con nostalgia los sueños y emociones de la escena que conmemora cerca de cuarenta años de haber contribuido a transformar la vida cultural de un país ávido de otras cosas.

Con el fallecimiento del dictador, la juventud devolvió a España al panorama artístico y de vanguardia, y ejerció una libertad que ninguna sociedad debería perder: la de contar y escuchar lo que se les dé la gana.

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Todos están muertos estará disponible en cartelera muy pronto, síguele la pista en Facebook y en Twitter

 

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