López Obrador: ¿por qué no quiere ser un Presidente polarizador?

por Sergio Pérez Schjetnan
@tobeperez_

A solo unos días de haberse erigido ganador de la elección presidencial, la figura de Andrés Manuel López Obrador ya es la de un mandatario en funciones. Él es el pivote en torno al cual orbitan el debate y la discusión pública. Su presencia es abrumadora. AMLO da la nota todos los días, y todo lo que dice y hace es noticia.

Ahora bien, detrás de la extravagancia mediática del (casi) Presidente electo, se puede leer que el sentido de sus acciones es racional, pues el que López Obrador opaque a quien todavía es presidente en funciones no es obra de la casualidad, sino los primeros atisbos de lo que será el gobierno del líder de Morena.

Como es bien sabido para todo aquel que conoce el fenómeno político, por principio, todo poder trata de ganarse el consenso de la mayoría para que se le reconozca y se le acepte, transformando la obediencia en adhesión. A eso se le llama legitimidad.

López Obrador será el próximo Presidente porque obtuvo el 53% de los votos en una elección democrática, cosa que lo hace ya de por sí legítimo, pero es sabido que él no es un político común y corriente.

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Por un lado, como es lógico, por mero cálculo político, los despliegues mediáticos que hemos visto son producto de un afán para dotarse de legitimidad en torno al 48% de los electores que no lo votaron, muchos de los cuales desconfían de él. Pero las formas y el estilo de Andrés Manuel denotan que hay algo más: la aspiración de generar un consenso casi total a su alrededor, como la figura central, el protagonista de la regeneración del país.

Las reuniones con Peña Nieto, con los gobernadores, con nueve empresarios a los que llamó “minoría rapaz” en campaña y la representación estadounidense (todos los cuales cerraron filas con su presidencia y la Cuarta Transformación de México); la posibilidad de ofrecerle a Meade un cargo; anticipar que ganará menos de la mitad del sueldo de Peña; anunciar que no habrán bonos; y desmantelar la flota aérea. Todas ellas son acciones dotadas de una alta carga simbólica, con las que López Obrador dosifica su legitimidad – uno de los recursos más importantes que tiene un gobierno –, pero también configura aquiescencias en torno a sí, y regenera elementos de la vieja institución presidencial en el marco de su vigoroso liderazgo.

Y es que, ni López Obrador se va a hacer de izquierda radical de la noche a la mañana, ni va a “traicionar” súbitamente a su base. Él quiere a todos contentos bajo el manto de la nueva hegemonía (la suya). Lo que busca es la estabilidad, una reconciliación con todos los grupos de la sociedad civil (los empresarios, nacionales y extranjeros, la clase media, las clases bajas e incluso los grupos subversivos), un nuevo contrato social de corte bonapartista en el que la investidura presidencial esté por encima de todo lo demás, con los rasgos personales que caracterizan su liderazgo, sus términos, su lenguaje y su programa. Veremos si lo logra.

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