“Los palestinos no queremos negar Israel, sólo queremos un futuro”. Un grito al mundo desde Gaza

La versión original de este texto fue publicada en inglés en The Guardian

por Atef Abu Saif
traducción de Gabriela Astorga

Durante el primer viernes de la Gran Marcha del Retorno, fui a la frontera entre Gaza e Israel con mis dos hijos más pequeños, Yasser y Jaffa. Sí, nombré a mi única hija como la ciudad en la que debí haber nacido. Es una pequeña tradición entre palestinos, en especial si el nombre suena particularmente bello. Mis dos hijos ondeaban banderas palestinas en sus pequeñas manos mientras caminaban. Mirando directamente a la barda perimetral, Yasser preguntó: “Papá, ¿Jaffa está detrás de esa barda?” Mi hija estaba confundida por la ambigüedad. Mientras miraba a uno de los francotiradores israelíes, resguardado por su arma en la duna artificial que funge como frontera, imaginé que estábamos en un duelo de miradas. Mis niños no representan una amenaza, traté de decirle con los ojos. Estamos a más de 300 metros. Mis hijos no tienen armas, no tienen piedras, no están aquí para pelear. Es una fantasía, claro. Más tarde ese día, y en las semanas subsecuentes, soldados israelíes usaron fuerza extrema para despejar el área: gas lacrimógeno lanzado por drones, morteros y municiones.

La Gran Marcha del Retorno, la muestra de resistencia pacífica que los habitantes de Gaza han realizado las últimas siete semanas, culminarán en el 70 aniversario de lo que los palestinos llaman Nakba y los israelíes asumen como el nacimiento del Estado de Israel. Las protestas en la frontera han atraído la atención. Docenas de personas han sido asesinadas -incluidos niños y periodistas- y miles más han sido heridas. Cualquier preocupación internacional presumiblemente es por miedo a la escalada militar en la región. Y aunque su preocupación es legítima, también demuestra que las protestas son malentendidas.

La palabra nakba, que significa catásrofe, se refiere al momento en 1948 cuando más de 700 mil palestinos fueron desalojados de sus pueblos -la mayoría fueron destruidos- en lo que se convirtió en la declaración del Estado de Israel. Para nosotros, 1948 es el año cero en la pesadilla colectiva e inevitable que todos los palestinos hemos vivido desde entonces. Todo lo que siguió -los desplazamientos, las guerras, los toques de queda, los interrogatorios, las encarcelaciones, las intifadas, el hambre, la falta de servicios básicos (medicina, electricidad, agua limpia, drenaje), las restricciones de viaje… todo horror vivido por los palestinos- comenzó en ese momento.

Yo pude haber nacido en la villa de mi abuelo en la costa sur de Jaffa. En lugar de eso, nací en un escuálido, sobrepoblado campo de refugiados al norte de Gaza. Mis amigos europeos a menudo dicen: “Y qué, mucha gente más fue desplazada durante las dos guerras mundiales y siguieron adelante para construir nuevas y prósperas vidas”. Y es cierto, pero al menos esos conflictos terminaron, economías enteras se reconstruyeron. Para lo que quedó de Palestina nunca fue posible este final feliz. La mayoría de los países europeos, y por supuesto Estados Unidos, se negaron a reconocer a Palestina como un Estado. ¿Qué oportunidad tenía? Incluso los británicos que dedicaron sus políticas post 1917 a sustituir palestinos por inmigrantes judíos -violando así su propio mandato de preparar al país para la independencia- reconocieron a Israel y aún se niegan a reconocer Palestina sin condiciones.

El hogar de mi familia no me fue del todo extraño. El campo en el que viví –Jabaliya– estaba (aún está) dividido en barrios llamados como los pueblos de donde provenían sus habitantes. Crecí en el barrio Jaffa, escuchando cuentos sobre aventuras de pesca e historias sucedidas en huertos de naranjas -memorias de vida de una de las ciudades palestinas más vívidas durante la primera mitad del siglo XX. Siempre tuve la sensación de que quienes contaban esas historias sufrían dolor físico y real mientras narraban. Los imaginaba con una herida cubierta que sangraba mientras hablaban. No era que vivieran en el pasado, ni que el pasado los persiguiera, sino que el pasado los había abandonado, lo habían perdido de algún modo, y necesitaban confirmar que en efecto había sucedido.

Mi abuela Eisha era una de esas narradoras. Cuando fue obligada a cambiar su espaciosa casa en la playa por una pequeña y blanca tienda de campaña en la arena caliente de Gaza, tuvo que caminar más de 100 kilometros para obtener el privilegio. Siempre que escucho una de sus historias, siento que es mi deber seguir contándolas como ella lo hacía. A los 12 años surgieron mis primeros intentos de escribir: anoté una versión de una historia que ella siempre contaba sobre una visita a su doctor en Jaffa. Luego me di cuenta que había otras historias que podía elaborar y compartir. A consecuencia de Nakba, mi familia está dispersa a lo largo de Gaza y Jordania, al igual que en Jaffa, donde algunos parientes lograron permanecer. La reunificación de la familia, al menos en espíritu, se convirtió en la meta de mi escritura. Mientras Eisha sanaba las heridas de la familia a través del testimonio y los recuerdos, mi misión era regar el presente con esperanza. Escribo para mantener con vida a esta familia. Pero esa es una forma muy personal de sobrevivir. Cada palestino tiene su estrategia especial para que ellos y sus familias puedan seguir adelante. La Gran Marcha del Retorno es una de las raras ocasiones en que la gente encuentra una estrategia colectiva para sobrevivir.

Por supuesto que los manifestantes saben que nadie regresará a ningún lado cuando la marcha termine. Por supuesto que no planean ni pretenden quitar la cerca. Y por supuesto que la protesta no es un intento de remover o negar de alguna forma el Estado de Israel. Cualquiera que sugiera que es esa la intención o expectativa está siendo ridículo. Los manifestantes apenas quieren que sus voces sean escuchadas; sólo quieren que Nakba, y sus décadas de repercuciones, se incluyan en la narrativa del resto del mundo, en vez de ser menosprecida. La esperanza de un día convertirse en un Estado plenamente reconocido (con todas las libertades) es lo que ha mantenido vivos a los palestinos desde hace 70 años -vivos a pesar de las guerras, bloqueos e interminables vejaciones e incertidumbres. Esos 70 años han convertido la Franja de Gaza en una prisión en la que todos cumplen una sentencia de muerte, y los hijos de todos cumplen una sentencia de muerte, y los hijos de sus hijos, y así sucesivamente.

El mensaje de la protesta es simple: no podemos vivir así por siempre. Incluso después de 100 años, palestinos seguirán naciendo con inalienables derechos humanos, por más que los israelíes quieran enterrarlos en la mugre. Israel no puede esperar disfrutar de la paz, estabilidad o prosperidad mientras nosotros seguimos encerrados como animales en una granja. La barda no es sólo una frontera física entre dos naciones. También es una conceptual línea discriminatoria entre dos mundos, dos realidades: la miseria de un mundo es la felicidad del otro, los sueños de los primeros están enterrados bajo siete décadas de arena de los segundos.

Durante el primer día de la Gran Marcha, me reí al ver a unos muchachos rompiendo fotos de Donald Trump. Estados Unidos ha suministrado armas a Israel desde su instauración, y los palestinos conocen bien el rol que Washington ha jugado en fortalecer y mantener la ocupación. Pero lo que es diferente acerca de la decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel consiste en que es meramente psicológica, no tiene mayor consecuencia que ser una provocación.

Es lamentable que un siglo después de la Declaración de Balfour, la comunidad internacional no haya sido capaz de reconocer las necesidades del pueblo palestino, y lo traten simplemente como el enemigo de la fe judía. Los palestinos siempre han sabido distinguir entre los judíos y el gobierno y Estado de Israel. Es una vergüenza que, cuando se trata de criticar a éstos últimos, la mayoría de la comunidad internacional no haga la distinción, y al hacerlo han violado la ética, las normas y las leyes que ella misma ha instaurado.

Al pisotear cualquier vestigio de una narrativa palestina sobre la forma en que el mundo ve Jerusalén, Trump ha hechado una luz sobre la hipocresía de la comunidad internacional hacia Palestina. Y al hacerlo, el juego sigue: pueden salirse con la tuya y preparar el terreno para futuros crímenes.

En los 90, cuando los Acuerdos de Oslo se estaban redactando, mi madre se negó a aceptar los términos. Pero cuando el acuerdo se cerró, ella salió a las calles de Jabaliya a celebrar como todos los demás. Ella creía que tal vez al fin podría abrazar a su hijo (mi hermano Naim) después de ser liberado como preso político, como parte del acuerdo. El ansiado abrazo nunca sucedió: ella murió esperando que el acuerdo se cumpliera. Con los Acuerdos de Oslo, los palestinos aceptaron el mínimo de mínimos: un estado improvisado de sólo el 22% de la patria de sus padres y madres. Y aún así Israel no estaba feliz: quería que compartieramos incluso ese 22%. El camino a la solución de los dos Estados ha sido deliberadamente bloqueado con obstáculos, barricadas, retenes y asentamientos.

Entonces ¿qué sigue? La Gran Marcha del Retorno tal vez termine mañana, pero las preguntas no sólo permanecen sino siguen acumulando presión sobre los perímetros de la prisión de Palestina. Si nada cambia, es difícil imaginar qué nueva dirección tomará esta desesperada nación tras un siglo de abandono político, 70 años de desplazamiento y, para los ciudadanos de Gaza en particular, once años de bloqueo.

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