Marcapasos: 36 años

Ayer fue mi cumpleaños. Y como todo fin/inicio de ciclo, los cumpleaños tienen casi ese carácter obligado de reflexión. Aunque no los míos. Desde siempre, mis celebraciones son espacios de abrazos, pastel, mañanitas y porras, más que una concienzuda evaluación de mi vida: una cumple los años que cumple. Este año la presión aumentó porque hubo un alto riesgo de que no celebrara otro cumple.

Hace aproximadamente año y medio me diagnosticaron hipotiroidismo de Hashimoto (para saber qué es eso píquele por acá), una enfermedad bastante común que ha provocado los meses menos comunes de mi vida.

Ayer cumplí 36 años. Hubo una gran comida con toda mi familia. Hubo muchos abrazos. Mi abuelita cocinó, mi mamá lloró y muchos me agradecieron por seguir por acá. Yo sigo agradeciendo cada abrazo, celebro como si seguir acá dependiera de mí y simulo que ahora no tengo una excesiva conciencia de mi cuerpo.

Ayer fue mi cumpleaños y el 25 de mayo es el Día Mundial de la Tiroides. Ese día también se cumplirán cuatro meses de una cirugía que pudo o no ser provocada por la enfermedad de la tiroides. Pero que, a causa de la anestesia, sí me provocó estar muerta por diez segundos.

Eso de sentirse bien

Aun no estoy muy segura de cómo empecé a estar enferma. Sólo recuerdo que a principios de marzo del año pasado no me sentía bien. Tras meses de algunas molestias que iban de entumecimiento en las manos a dificultad para tragar, dos cosas me convencieron de que algo no andaba bien. Una muy notoria, la otra muy simple. La primera fue que me cansé de escuchar, en todos los tonos, de familiares, amigos, cercanos y apenas conocidos, que estaba bajando de peso. Todos tenían una opinión sobre mi peso. Y la fuerte gripa a inicio de año ya no bastaba para explicar por qué seguía perdiendo kilos en marzo. Luego llegó la segunda cosa: no me podía sonar la nariz.

Desde niña me han obsesionado las narices limpias. No me gusta la sensación tener sucias las narinas y uno de los sonidos que más detesto es el sorbido de los mocos. Por eso, aunque llevaba tiempo de molestias y dolencias, fue la falta de aire para sonarme lo que me puso alerta.

Tengo claro que ese no fue el primero ni el más intenso de mis síntomas. Simplemente, fue lo que ya no pude pasar por alto. Cuando me diagnosticaron, lo primero que me dijo el médico es que no hay enfermedades, sino pacientes. Así, mi vida de paciente empezó cuando no pude hacer una actividad muy mía. No puedo decir que sonarme fuera una actividad vital, pero sí era un pequeño placer cotidiano tener la nariz limpia. Y no poder hacerlo, además del resto de mis dolencias, ya era demasiado.

La Luz

Si bien puede parecer una cosa simple, aceptar que no me sentía bien fue como jalar un hilo de media: de pronto todos los síntomas se acumularon en una enfermedad que me convirtió en un paciente. Empezaron entonces los días buenos, los malos, los peores. Y sobre todo, inició una nueva normalidad en mi cuerpo en que no sentirme bien no era necesariamente extraordinario, y no poder hacer ciertas cosas cotidianas no era tan grave.

Sin embargo, la línea entre sentirme bien y sentirme mal es más bien una difusa escala de grises. Me siguen rondando en la cabeza detalles anecdóticos que, más de un año, seis médicos, varios análisis clínicos, una estancia en el hospital, una cirugía, una complicación, un marcapasos y dos tratamientos después, vale la pena escribir. Quizá porque pertenecen al mundo de lo cotidiano que trastocó la enfermedad. Quizá porque sé que si no los escribo, los olvidaré. Tal vez no quiero darle a la enfermedad el monopolio del año pasado. Tal vez sólo quiero hallar qué contar porque, a pesar de lo sucedido, no, no vi la luz.

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Gabriela Astorga – @Gastorgap

#BallenasBlancas. Rosalind Franklin, fotógrafa del “secreto de la vida”.

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