Marcapasos IV: 20 centímetros

La primera vez que me vi enferma fue, paradójicamente, en un salón de belleza. Había decidido cortarme el cabello tras meses de dejarlo crecer como la hierba. Sin embargo, pasaron semanas antes de ir a una estética. Aún no sé decir si me tardé tanto por desidia, no tener muchas ganas de verme en el espejo por esas fechas o todo era parte de ese extraño abandono del cuerpo que impone el cuidado de una enfermedad.

Al final lo que me llevó a tomar la decisión fue que me enredé en un árbol. Iba apresurada a una cita, intenté rebasar a una persona en la calle y terminé entrelazada en unas ramas. El corte, más que una cuestión de estilo, era ya mera logística.

Me senté en una estética de barrio, ante una señora que me cortaba el cabello de niña. Casi de inmediato, la encargada, una mujer robusta que toda la vida me ha hablado de usted, me llamó. Pedí que me cortara el cabello arriba de los hombros. Ella tomó el espejo y me mostró cómo se me veía el cabello por atrás. Muy seria me dijo: “Se te ha adelgazado y caído mucho”. Yo sabía eso.

Mi apariencia se había modificado lenta, pero constantemente. Además de la evidente pérdida de peso, era difícil ignorar las uñas quebradizas, la piel reseca, los párpados caídos. Lo del cabello era muy notorio. Siempre se me había caído, pero, pese a los cuidados que siempre tenía, ahora era difícil impedir que se cayera o se quebrara. Los chinos de siempre no eran los mismos. Yo lo sabía y no importaba tanto.

Lo que no sabía era que la parte de atrás de mi cabello, sobre la nuca, se había quebrado tanto que medía más o menos 20 centímetros menos que la parte de enfrente. La mujer vio mi asombro y mi susto al ver los mechones.

Dejó el espejo y empezó a cortar en silencio y con eficiencia. Cuando terminó, volvió por el espejo, me enseñó y me dijo: “todavía se nota un poco, pero ya se ve bonito”. Le sonreí a medias. Ella dejó el espejo y, sin decir nada, comenzó a hacerme una trencita sobre la coronilla. Mientras trataba de recordar cuántos años habían pasado desde que alguien me había peinado así, se me salieron las lágrimas. Mi cuerpo estaba enfermo, y nunca me había sentido tan vulnerable. Mi cuerpo estaba enfermo y necesitaba todos los cuidados. Incluso el de una mujer casi desconocida.

Esa fue una de las dos veces que lloré durante año y medio. También fue una de las veces en qué entendí qué significaba dejarse cuidar.

Le pagué rápido a la mujer y caminé a mi casa. Antes de llegar me deshice la trencita. Ya más tranquila, y aún sin verme al espejo, me saqué una foto con el pelo corto y la subí a twitter. Una buena amiga puso casi de inmediato: “Qué bonita”.

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Gabriela Astorga – @Gastorgap

Marcapasos III. 27 días

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