Marcapasos IX: 1 familiar

La frase es clara y pragmática: “Solamente un familiar”. Indica, por un lado, el número limitado de personas que puede haber en un hospital; por otro, que quien va a un hospital requiere forzosamente de otro alguien. Y, sin embargo, la frase también tiene algo de falso: a veces no hay nadie, a veces hay muchos, no son siempre familiares y siempre necesitamos a más de uno.

Después de uno de los bajones del hipotiroidismo que me mandó a la cama, el médico soltó una frase nueva para mí: “ahora tienes que cuidar eso”. Con “eso” se refería a monitorear mi presión y mi ritmo cardíaco. Ese monitoreo, a la larga, sería lo que identificaría la falla en mi corazón.

El cuidado es un privilegio

Me costó trabajo entender que la enfermedad no iba a adecuarse a mi rutina. Y que cuidarme era algo más que tomarme la medicina. Sobre todo cuando mi cuerpo no respondía del todo a ella. De a poco fui cediendo al descanso que necesitaba y a los límites de movimiento que me imponía la debilidad.

Más trabajo me costó entender que el cuidado no tenía que ver directamente con el cuerpo. Y sucedió cuando menos control tenía sobre el mío. Previo a la cirugía, en el momento más agudo de la crisis, se conjuntaron un montón de cosas para que pudiera recibir la atención que requería. Desde solucionar el pequeño detalle de no tener seguro médico, hasta que alguien me supliera en el trabajo.

Recibí muchas muy distintas maneras de cuidado, que nada tenían que ver con mi salud, pero que me permitieron conservarla. Yo no dejaba de sentirme culpable por saltarme la fila, por el privilegio de ser recomendada. Luego, no sin algo de miedo, acepté que sin esos favores, mis opciones ser reducían bastante. En el estado en el que estaba, ser atendida en un hospital público rápidamente era un privilegio. Pero lo era porque el cuidado, en gran medida, es un privilegio.

Cuidarnos

Nunca vi a un médico sola. Pero desde que le avisé a mi familia, todos me arroparon. Mis consultas, análisis médicos, entrega de resultados o revisiones dejaron de ser mías. A todos lados iba yo con mis papás, mi hermano y mi pareja.

Nada en los servicios médicos está hecho para una red de apoyo. Incluso en el sector privado, todo está hecho para un familiar. Los consultorios tienen dos sillas, las salas de espera son pequeñas, y ni qué decir de la cara de guardias o recepcionistas al ver llegar a un grupo de más de dos.

Pero la enfermedad cansa. En el hospital, la mujer que estaba a mi lado estaba acompañada por otra que llevaba semanas de guardia en el hospital. Y la mañana que se fue a bañar, la llamaron a cirugía. Como el familiar no estaba, no pudieron operarla. Ley de Murphy.

Gracias al cuidado colectivo, aprendí a manejar de manera individual mi enfermedad. Aprender a cuidarme ha sido pasar de la extrañeza de que mi mamá me bañara en el hospital y mi hermano me preparara papillas, a aceptar que pedir un asiento en el metro o tomarme una tarde libre es la mejor manera que tengo ahora de cuidar a los demás.

Tardé casi tres meses en aceptar que algo no andaba bien. Una vez diagnosticada, no se lo dije a mi familia de inmediato. Sólo lo sabía mi pareja. No quería preocupar a nadie. A la fecha me he negado a decirle a mi abuela lo que en realidad pasó. Después de negarlo durante meses, le dije que estaba mal de la tiroides. No me atreví a hablarle del marcapasos. Ella sabe que algo me pasó. Ahora me dice que me veo mejor. Cuando nos despedimos, a veces me retiene la mano un momento y me dice que me cuide mucho. Las dos sabemos que sabemos. Pero nos estamos cuidando y no nos queremos preocupar.
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Gabriela Astorga – @Gastorgap

Marcapasos VIII: 2 meses

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